Los Asesinatos de la Granja (Los Crímenes de Yorkshire 8) Capítulo 73
71%

Capítulo 73

E ran casi las nueve y cuarto y Yorke se subía por las paredes.

¿Dónde estaba?

El sargento detective Greg Collins no dejaba de intentar tranquilizarlo desde el asiento del conductor del Vauxhall Vivaro sin distintivos.

—Debe de haberse quedado atrapada en un atasco, señor.

Era una excusa poco convincente, porque no contestaba al teléfono.

No le había enviado ningún mensaje desde antes de las ocho. Y tampoco había respondido al que él le había mandado sobre las ocho y dieciocho.

Ni siquiera figuraba como leído.

Mantuvo la mirada fija en Mark Hollow, sentado en su Volvo blanco, aparcado cerca del Costa Coffee.

Negó con la cabeza.

—Nunca llega tarde. No para algo así.

Recorrió con la mirada el aparcamiento del área de servicio. El ajetreo de un viernes por la noche: familias que volvían a casa de sus escapadas de mitad de trimestre, camiones que repostaban para viajes nocturnos.

Después volvió la vista hacia el Volvo blanco, estacionado solo en un extremo del aparcamiento, con el motor en marcha y los faros apagados.

—Esto no está bien.

Alargó la mano hacia la manilla.

—Señor... quizá deberíamos esperar un par de minutos más... Puede que esté hablando con sus hijos o algo así.

Yorke apretó la mandíbula. Collins lo decía con buena intención. Pero no la conocía como él. Gardner llegaría tarde a su propio funeral antes que faltar a una reunión como aquella.

—No. Algo va mal.

Recorrió sus contactos hasta encontrar al inspector Adam Dawson.

—Adam. Necesito que vayas a casa de Emma ahora mismo. Algo va mal...

—¡Señor!

Collins se había inclinado hacia delante y escudriñaba a través del parabrisas.

—El Volvo. Ha abierto la puerta.

Yorke levantó la vista. Todas las luces del vehículo estaban encendidas.

—Estaré allí en diez minutos —dijo Dawson antes de colgar.

Mark bajó del coche, se desperezó y encendió un cigarrillo.

—Mal vicio —dijo Collins.

—Tiene cáncer de páncreas y documentos que provocarían un terremoto devastador en el mundo empresarial. ¿De verdad crees que eso encabeza su lista de problemas pendientes? —dijo Yorke.

Volvió a llamar a Gardner. Sonó cuatro veces y saltó el buzón de voz. Oyó su voz, serena y profesional, pidiéndole que dejara un mensaje.

No dejó ninguno.

Miró el reloj y sintió que se le encogía el estómago.

Algo había salido terriblemente mal.