Los Asesinatos de la Granja (Los Crímenes de Yorkshire 8) Capítulo 72
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Capítulo 72

K eith no era de los que se dejaban vencer por la irritación, pero sabía reconocer su presencia, del mismo modo que uno podía reparar en una mosca sin molestarse en espantarla.

Hacer de repartidor no ocupaba precisamente el primer puesto en su lista de cosas que hacer antes de morir, y sabía que su hermano le estaba dando papeles secundarios en aquella misión.

Aun así, no hervía de rabia.

Eso era cosa de otros. De gente como Craig, por ejemplo, a quien se le encendía la cara mientras le palpitaban las venas del cuello y las muñecas.

Y luego venía aquel temblor de manos, mientras trataba desesperadamente de contenerse para no arremeter contra alguien.

Por lo general, contra él.

En cierto modo, Keith envidiaba bastante a quienes podían irritarse, hervir de rabia y acabar estallando.

Para él, todo aquello era como llevar una piedra en el zapato. Se notaba. Tenía remedio. Nada más.

Bastante aburrido.

Si pudiera perder el control como Craig, ¿qué ocurriría entonces?

Cuando su hermano había declarado:

—Keith. Mirarás al frente en todo momento. No interactuarás con ella. Al menos hasta que estemos a salvo y lejos de aquí. ¿Ha quedado claro?

Resultaba bastante ridículo, la verdad, que su hermano interviniera y tomara el control cuando había sido Keith quien por fin había puesto en marcha toda aquella maniobra evasiva.

Aun así, no hubo ningún estallido, solo una petición formulada con calma:

—Después de que Tye cambie las matrículas, ¿podré mirarla?

—¿Por qué? —A su hermano se le había encendido la cara.

Irritado de nuevo.

—¿Por qué tienes que ser siempre así? —Las venas le palpitaban.

Hirviendo de rabia otra vez.

Miró de reojo a Tye, el conductor, sentado a su lado. Del tipo callado. La vista fija en la carretera, las manos a las diez y dos, como si estuviera examinándose del carné de conducir.

Una tercera persona. Habían cumplido juntos más de diez misiones y jamás habían contado con una tercera persona.

—Control quiere que fogueemos a alguien nuevo —había dicho Craig—. Que le enseñemos cómo funciona esto, ya sabes.

Normalmente resultaba difícil saber cuándo mentía su hermano. O decía muy poco, sin dejar traslucir nada, o hervía de rabia y entonces hablaba y actuaba con tal fuego y furia que era imposible poner en duda su sinceridad.

Pero aquello era mentira.

Tye estaba allí porque Craig ya no confiaba en él.

Porque no creía poder controlarlo solo.

—Se supone que es competente —había dicho Craig.

El competente Tye.

Desde luego, era anónimo. Una presencia sin forma en medio de su silencio.

Probablemente aquello era lo que su hermano había estado buscando desde el principio. De ser así, saltaba a la vista por qué Keith había sido una decepción tan grande para él.

Bueno. Si Tye resultaba ser el sustituto de Craig, Keith exigiría trabajar solo. Y, si eso no era aceptable, quizá se limitara a matarlo. Un accidente de coche, tal vez. O una caída. Algo que pareciera fruto de la mala suerte. Algo que no desatara la ira de Control.

Quería volverse para mirar a Gardner, pero decidió seguirle el juego a su hermano. De momento. De todos modos, le costaría verla a través de la rejilla. Trató de escuchar lo que decían, pero el viejo traqueteo del motor diésel ahogaba casi todas sus palabras.

En lugar de eso, se refugió en sus recuerdos de la inspectora jefa Emma Gardner.

Autora de correos electrónicos nunca enviados que hablaban de soledad y miedo, y de un amor que no se atrevía a confesar.

Craig no tenía ni idea de lo unido que Keith se sentía ahora a ella. El tiempo que habían pasado juntos en su casa, en el sofá, cuando había indagado en sus anhelos y deseos en el portátil, había cristalizado su relación.

—Necesito mirarla antes del final, hermano.

Craig no había respondido.

Keith sabía que su hermano quería matarlo. ¿Cómo no iba a saberlo? En más de una ocasión lo había sorprendido inclinado sobre él con una almohada.

Keith no había creído ni por un segundo que su hermano fuera capaz de llevarlo a cabo.

El hermano al que había conocido en otros tiempos —el soldado intrépido, el legendario limpiador— había desaparecido.

En cierto modo, casi deseaba que Craig lo hiciera.

No porque quisiera morir, sino para que demostrara que Keith se equivocaba.

Para demostrarle que el hombre al que había conocido y respetado seguía allí.

Pero, por supuesto, no era así.

Craig no era más que un viejo que pensaba y sentía demasiado.

¿Por qué se molestaban siquiera en sacar a Gardner de su casa?

Deberían haberlo hecho allí.

Él lo habría prolongado.

Podrían haberse divertido un poco antes.

Pero Craig, que pensaba y sentía demasiado, no quería convertir su casa en un baño de sangre.

—Porque sus hijas también han vivido allí —había dicho—. Es donde están sus recuerdos. Imagínate saber lo que le ocurrió a tu madre en un lugar con tanto significado y tan importante para ti.

Craig estaba imponiendo límites, pero ¿por qué tenía que haberlos?

Recordó a Timothy Drake, grabándose aquella palabra en el brazo, letra a letra, mientras el rostro de su hija llenaba la pantalla.

Había mucho que saborear.

T-R-A-I-D-O-R. Siete letras. Cada una, una eternidad.

Había sido hermoso.

Aquello también podría haberlo sido.

Sin límites.

Si Craig lo hubiera matado, habría sido una traición menor que aquello. Una tercera persona, papeles secundarios y reglas que le prohibían interactuar.

Intentó escuchar de nuevo. Nada salvo el ruido del motor.

Así que cerró los ojos y pensó en Gardner.

En aquel momento a las puertas de Barry’s, cuando había visto el terror en sus ojos.

Y en aquel otro momento en que ella lo había llamado «Paul» mientras dormía.

No tenía precio.

Antes de que muriera, quería hablarle de aquellos correos. Quería contemplar su rostro cuando se enterase de que había leído hasta la última palabra. Cada confesión patética. Cada declaración de amor por aquel hombre.

Estuve en tu casa, Emma. Me senté a tu lado mientras dormías. Leí tus palabras. Toqué las fotografías de tus hijas.

Y tú nunca lo supiste.

Sonríe y el mundo sonreirá contigo.

Ese era el momento que ansiaba. No la muerte —matar podía hacerlo cualquiera—, sino la comprensión. La terrible comprensión que iría abriéndose paso en ella: que nunca había estado a salvo. Que nadie estaba a salvo jamás.

Que él estaba en todas partes y siempre lo había estado.

Pensó en la granja de Bosnia. En las chicas. En cómo habían gritado y luego en cómo habían dejado de gritar.

Pensó en el aspecto que tendría el rostro de Gardner cuando por fin comprendiera lo que estaba ocurriendo. Cuando se diera cuenta de que nadie iba a acudir. Cuando él le prometiera que visitaría a sus hijas y que también conocería a aquel enigmático Paul Riddick.

Seré lo último que veas.

Keith Webb permaneció sentado en silencio. No estaba irritado. No hervía de rabia. No amaba.

Pero sentía que era la única persona del mundo que sonreía.