Capítulo 71
C raig estaba sentado frente a Gardner —inspectora jefa y madre entregada de dos hijos—, tratando de comprender cómo había acabado en aquella situación.
Se había alistado para hacer limpieza. Traidores. Agentes dobles. Gente que vendía secretos al enemigo y ponía en peligro la vida de soldados como el que él había sido.
Y ahora míralo.
Periodistas. Denunciantes. Una mujer cuyo único delito había sido hacer preguntas.
Se rascó la barba. Llevaba tres semanas sin afeitarse para prepararse para aquella noche.
Le picaba sin cesar; no le gustaba, pero le cambiaba la cara.
Eso y las gafas de montura gruesa. No quería volver a usar máscaras.
No después de la última vez. Habían sido horribles en aquel día de calor, y aún podía olerlas ardiendo.
—Pareces un hombre lleno de remordimientos —dijo Gardner.
Le sorprendió que lo hubiera calado con tanta claridad, pero mantuvo el rostro impasible.
—No hables —dijo, bajando la mirada hacia la pistola que empuñaba.
El arma nunca le había pesado tanto.
¿Cuándo te convertiste en alguien que asesina a madres?
Notaba los ojos de ella clavados en él, usando su propio silencio en su contra.
Observándolo. Evaluándolo. Tenía una mirada inteligente. Mirada de detective. Era lógico, dado su rango.
Buscaba el punto débil de la situación.
Ya lo había encontrado, y lo sabía.
Él nunca se había sentido más débil.
¿Quizá es eso lo que quiero? ¿Quizá espero que haga algún movimiento para no tener que acabar con esto?
—¿Matas a traidores? —preguntó Gardner.
No piques. No lo hagas.
—Encomiable —dijo ella—. Al fin y al cabo, de no ser por ti, Grace Drake tendría padre y Sophie Spring, madre. Ah, sí… Desde luego, haces del mundo un lugar mejor.
Sigue. Como si te necesitara. Ya he muerto por dentro mil veces por mi cuenta.
—Y ahora vas a hacerles lo mismo a mis hijos.
Él levantó la mirada. ¿De verdad tenía que cargar con toda la responsabilidad?
—Podrías haberlo dejado estar. Deberías haberlo hecho —dijo.
—Lo hice… —dijo Gardner—. Pero entonces fuiste a por mis hijos el día de Navidad.
Él tragó saliva.
—Mis hijos… Animal desalmado.
Él se estremeció.
—No fui yo.
Era la primera vez que sus emociones lo traicionaban de verdad. Se apresuró a dominarlas.
—Ahora cállate.
—¿Así que no fuiste tú? Te había tomado por el hombre del BMW azul oscuro que seguía al otro, que se disfrazó de Bernie aquel día en la catedral. Desde luego, parecía que estabas implicado en aterrorizar a niños...
—Intenté impedirlo, ¿vale? —siseó—. Yo no hago esas cosas. Prometí que tus hijos estarían bien, y hablaba en serio.
Bajó la mirada.
Era muy fácil culpar a su hermano, pero lo cierto era que aquello era tan culpa suya como de él.
Debería haberle parado los pies mucho antes.
Keith había vuelto a arrastrar a Emma Gardner al asunto con sus provocaciones, pero jamás habría podido hacerlo si Craig hubiera desobedecido los deseos de su madre y le hubiese puesto una almohada sobre la cara años atrás.
—A vosotros os da igual a quién hagáis daño —dijo Gardner.
Craig suspiró. Sabía que ella lo estaba manipulando. Tenía un instinto agudo. Había detectado la debilidad y estaba aprovechándola. Necesitaba que se callara.
Pero aquel momento, aquel contraataque, le parecía limpio. Y justo.
Debería apoyarle la pistola en la cabeza y exigirle que guardase silencio. Pero ella estaba hurgando en sus pecados como nadie lo había hecho jamás, salvo él mismo, y, sin aquello, ¿cómo iba a poder aspirar de verdad a encontrar refugio?
—Decirme en mi propia casa que alguien va a hacer daño a mis hijos. ¿En qué clase de monstruo te convierte eso?
Él la miró. Quiso intimidarla con una expresión, pero entonces vio a su propia hija devolviéndole la mirada, reprendiéndolo por lo que le había hecho a Alan.
Aquel día se lo había dicho sin rodeos: «Sé que tienes buenas intenciones, pero no puedo permitir que un hombre como tú forme parte de la vida de Kelly ni de la mía».
—No hay nadie vigilándolos —dijo.
Acababa de renunciar a su baza. Ahora ve con pies de plomo, Craig.
Miró hacia la rejilla. Alcanzaba a ver la nuca de su hermano en el asiento del copiloto. No podían oírlo por encima del traqueteo del motor diésel. Esa era la única razón por la que estaba hablando.
—¿Está bien Melvyn Rhodes? —siseó Gardner, refiriéndose al vecino, aquel a cuyo nombre iba dirigido el paquete.
—Claro.
Él frunció el ceño.
—Usamos su nombre. Contable jubilado, vive solo, colecciona trenes en miniatura… No hacía falta hacerle daño.
—Entonces, ¿qué hay en la caja?
Él se encogió de hombros.
—Piedras. Ladrillos.
—¿Has pensado que alguien habrá visto esta furgoneta, que quizá me haya visto subir y haya apuntado la matrícula?
Él asintió.
—Claro.
No le dijo que cambiarían las matrículas dentro de treinta minutos.
Gardner siguió provocándolo. Creía que estaba explotando sus grietas, pero lo cierto era que ya las habían explotado hacía mucho.
Estaba cansado y harto de todo aquello.
Ella le preguntó:
—¿Tienes hijos?
—Una hija —dijo—. Y una nieta. Kelly.
Gardner guardó silencio.
Un asesino profesional no te habla de su familia a menos que ya haya dejado de importarle las reglas.
Ella ya no estaba explotando una grieta.
Él había abierto una puerta.
Bueno, daba igual.
En casa de ella, al ver las fotografías de la pared —sonrisas melladas, vacaciones en la playa, mañanas de Navidad—, había sabido que jamás sería el hombre que les arrebatara a su madre.
Solo que aún no se lo había reconocido a sí mismo.
¿De qué servía jubilarse cuando cargaba con tanto peso? Pesaba lo suficiente para hundirse hasta el fondo del lago bajo la mirada de la garza.
Nadie acudiría en su ayuda. ¿Por qué iban a hacerlo?
Había contemplado cómo ardía una granja llena de niños.
Era un monstruo.
Gardner lo había llamado así.
Y no se equivocaba.