Los Asesinatos de la Granja (Los Crímenes de Yorkshire 8) Capítulo 70
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Capítulo 70

L a furgoneta estaba vacía.

Sin asientos. Sin carga. Solo paredes de metal y suelo de goma.

Olía a desinfectante, lo que le recordó a un hospital y despertó en ella pensamientos horribles sobre delincuentes limpiando escenas del crimen.

Esperaba encontrar a un hombre en la parte delantera, pero había dos. El de la gorra del Southampton ocupaba el asiento del copiloto. Ambos miraban al frente y no reaccionaron cuando ella entró.

Miró hacia atrás, hacia la puerta abierta de la furgoneta, buscando al hombre que acababa de encañonarla. No estaba allí, y alcanzaba a ver la calle desierta flanqueada por farolas.

¿Debía echar a correr?

Apenas se le había pasado por la cabeza cuando regresó el hombre de la ajada gorra de béisbol, cargando con la gran caja que había servido para hacerla salir de casa. No parecía costarle ningún esfuerzo, algo sorprendente dado su peso.

La dejó en la furgoneta.

—Entonces no era para el vecino —dijo ella.

Él no respondió. Subió a la furgoneta.

—Siéntate.

—¿Dónde?

Señaló con la cabeza el suelo de goma del lado en el que se encontraba.

—Hay una barra a la que agarrarse, pero iremos despacio.

Ella se sentó y se aferró a la barra.

Él cerró las puertas y las luces del interior se apagaron.

Su corazón, que ya latía desbocado, parecía ahora a punto de estallar.

Su secuestrador se sentó frente a ella, en paralelo al conductor.

Miró su reloj, pero no pudo ver la hora con aquella luz tan tenue.

Calculó que faltaban cuarenta minutos para su cita con Mark.

Y cuarenta minutos para que Yorke supiera con certeza que algo iba muy, pero que muy mal.

La furgoneta se puso en marcha. Despacio, tal como había prometido.

El hombre sentado frente a ella no la apuntaba con la pistola, sino que la sostenía sin tensión con una mano mientras se aferraba a la barra con la otra. El cañón apuntaba al suelo. Tenía el pulgar apoyado en el armazón, no en el gatillo.

Estaba aterrada, pero contaba con años de instinto y experiencia.

Ahora más que nunca, los necesitaba. Dejarse llevar por el pánico no solucionaría nada.

Evaluó la situación.

Eran tres. Demasiados para un único objetivo, razonó. Eso hacía dudar de que hubiera también alguien vigilando la casa de Barry y a los agentes apostados fuera, tal como el hombre había amenazado.

No se imaginaba a tres personas encargándose de un trabajo, y mucho menos a cuatro.

Así que quizá la amenaza contra los niños fuera un farol.

Quería creerlo. Lo deseaba con todas sus fuerzas.

Pero quererlo no equivalía a saberlo, y aquellas personas disponían de los medios necesarios para asesinar a una familia de cuatro miembros, envenenar a un hombre en una catedral llena de gente y reducir a cenizas la casa de una mujer.

Si necesitaban a un cuarto, contarían con un cuarto.

No podía permitirse dar por sentado que sus hijos estaban a salvo.

Miró a los dos hombres de la parte delantera. Uno de ellos podía ser Bernie.

Estudió al copiloto: el repartidor de la gorra del Southampton. Su constitución encajaba: fuerte y compacta. Solo había visto el verdadero rostro de Bernie durante un segundo, meses atrás, por el retrovisor, mientras él pasaba por detrás de su coche. Pero su complexión coincidía.

Podía ser él. No tenía forma de estar segura.

La incertidumbre era peor.

No se habían comunicado entre ellos. Ni una palabra. Ni un gesto de asentimiento. Ni una mirada.

Eso era lo que no encajaba.

En una operación profesional siempre había algún tipo de comunicación: una señal para indicar que todo estaba despejado, una confirmación de la ruta, un aviso de situación.

Entre esos hombres no había nada. El silencio que reinaba entre ellos no era profesional, sino hostil. No confiaban los unos en los otros.

Y el hombre sentado frente a ella no daba el perfil.

Sabía manejar un arma, pero no parecía un asesino. Reconoció lo absurdo de aquella idea en cuanto se le ocurrió: ese hombre le había puesto una Glock en la cara cinco minutos antes. Claro que era un asesino.

Pero una cosa era tener la capacidad y otra, las ganas.

Ese hombre no tenía ganas de hacerlo.

Lo cual no era necesariamente bueno.

Los sádicos se demoraban. Disfrutaban. Alargaban el momento. Había visto las pruebas en cada víctima: los cortes, el estrangulamiento, las quemaduras. Quienquiera que hubiera hecho aquellas cosas se había tomado su tiempo.

Los hombres como aquel podían acabar con ella en un abrir y cerrar de ojos.

Y la gran pregunta era: ¿por qué ahora? ¿Por qué esa noche?

¿Se habían enterado de su cita? Parecía posible. En tal caso, ¿corría peligro Mark Hollow? ¿Corría peligro Yorke?

No tenía forma de advertirlos. Su teléfono se había quedado en casa, sobre la mesa de centro. Ojalá hubiera podido cogerlo.

Permaneció sentada con las manos sobre el regazo, sintiendo la vibración del motor a través de la goma bajo su cuerpo.

La furgoneta giró a la izquierda y después recorrió un largo tramo recto.

Se preparó para un giro a la derecha, apretando el hombro contra la fría pared de metal.

Intentó seguir mentalmente los movimientos, pero no tardó en perder la cuenta.

Aguzó el oído en busca de cualquier sonido reconocible: el cambio del firme que indicaría que habían llegado a la ronda, el estruendo de un puente, el tañido lejano de la catedral. Pero el ruido del motor lo engullía todo.

El frío empezaba a ascender desde el suelo, atravesaba la goma y se le metía en las piernas. El olor a desinfectante se había mezclado con el del diésel. El abrigo, que le había dado demasiado calor dentro de casa, no era suficiente.

El hombre sentado frente a ella no apartó los ojos de su rostro en ningún momento.

Seguía pareciendo cansado. Incluso triste. Las arrugas de su cara se habían acentuado bajo la débil luz que se filtraba por la mampara de la cabina. Cambió el peso del cuerpo al tomar una curva, pero su expresión permaneció inmutable.

Ella le sostuvo la mirada. Él no se dejó intimidar. La mantenía como quien sujeta una puerta: sin esfuerzo, pero movido por una especie de obligación fatigada.

A pesar de todo su análisis, veía muy pocas oportunidades.

Necesitaba más.

Y las necesitaba pronto.

Al final, dijo:

—Parece un hombre consumido por los remordimientos.