Capítulo 68
G ardner terminó la videollamada por FaceTime con sus hijos con cierto alivio.
Ocultar lo que sentía había sido una de las cosas más difíciles que había tenido que hacer en su vida. Y eso que tenía experiencia con escenarios de crímenes, depósitos de cadáveres y aquellas visitas para comunicar una muerte que te destrozaban el alma.
Mientras bebía un vaso de agua para aliviar la sequedad de garganta, reconoció el temblor que llevaba dentro: aquella vibración de baja frecuencia que nunca acababa de aflorar.
Esperaba no tener que volver a sentirla en mucho tiempo después de aquella noche.
El reloj vibró. Las ocho.
Una hora para subir al Volvo blanco de Mark, en el extremo del aparcamiento, cerca del Costa.
Veinte minutos para salir.
Volvió a revisar el bolso que había dejado junto a la puerta.
Un portátil desechable. Cuando Mark le entregara los documentos físicos, lo fotografiaría todo, lo subiría a la nube y guardaría también una copia allí.
Mark había calificado las pruebas de «demoledoras». Tomaría todas las precauciones necesarias para que sobrevivieran a aquella reunión y acabaran en manos de la SEROCU.
A falta de trece minutos, pensó en el mensaje para Riddick.
¿Debería añadir algo? ¿Y si no regresaba? ¿Debería enviarlo?
Decidió no hacer nada.
Yorke tenía su contraseña. Si ocurría lo peor, podría acceder al correo electrónico. Se encargaría de que Riddick lo recibiera.
Se sentó en el sofá y tamborileó con los pies en el suelo, inquieta.
No bastaba.
Se levantó y se puso a caminar de un lado a otro, de un lado a otro.
Tenía calor con aquel abrigo grande de bolsillos profundos, pero fuera hacía frío.
Yorke había querido que se pusiera un chaleco antipuñaladas —le había llevado uno aquella mañana—, pero ella había decidido prescindir de él. Era demasiado incómodo.
Ya sentía que se asfixiaba.
Consultó el móvil. Ocho minutos y aún no había recibido la confirmación de Yorke.
Había dicho que le avisaría cuando el equipo estuviera en posición.
Dejó el móvil en la mesa de centro, volvió a sentarse y se quedó mirándolo.
Intentó obligarlo mentalmente a vibrar.
No lo hizo.
Siguió mirándolo.
Lo cogió. Volvió a dejarlo.
Contrólate, Emma.
Seis minutos.
Cerró los ojos. Dejó que el silencio se posara a su alrededor—
Tres golpes secos resonaron en la puerta.
Se le encogió el pecho.
Abrió los ojos, intentando tomar aire.
Otros tres golpes, aún más fuertes.