Los Asesinatos de la Granja (Los Crímenes de Yorkshire 8) Capítulo 67
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Capítulo 67

Y orke respondió al tercer tono.

—¿Emma?

—Escúchame antes de que te pongas como un loco. Creo que tengo algo.

—Te escucho… —dijo él, pero ella podía oír las palabras que se formaban tras su silencio: Pero estoy a punto de volverme loco, Emma .

Le habló de sus pesquisas y de la llamada con Mark Hollow, y luego se preparó para lo peor.

Sorprendentemente, él no arremetió contra ella con toda la artillería. En lugar de eso, la sometió a un largo silencio cargado de ansiedad.

Cuando empezó a sentirse culpable, que era sin duda lo que él pretendía, recordó algunas de las palabras de Mark:

Siempre era más fácil hacer la vista gorda ante las cifras, decirte que no sabías para qué era el dinero; pero, a medida que envejeces y el dinero, ganarte la vida y todas esas cosas que valorabas pierden importancia, esas cosas que siempre supiste, pero te negaste a reconocer...

Bueno, te infectan. No tardan en apoderarse de ti.

Llenan tu conciencia. Tus sueños. Todos y cada uno de los momentos que pasas despierto.

—No me puedo creer esto —dijo Yorke.

—Lo sé —dijo ella—. Pero esto es lo correcto, Mike.

Más que cualquier otra cosa. ¿Sabes qué fue lo último que me dijo Mark?

Dijo que, cada vez que ve una explosión en otro país, que oye hablar de la muerte de un niño o de otra persona inocente, se ve a sí mismo sentado ante un ordenador, convirtiendo esas atrocidades en algo binario, en algo distante y aceptable. Ya no quiero ser esa persona.

—No, lo entiendo. Y yo tampoco quiero serlo, Emma. Pero nadie puede hacer nada cuando está muerto.

—Cierto —siseó Gardner—. Como Tanya, Crabtree, Drake y Spring. Como Lucy y Phil. ¿A cuánta gente más vamos a dejar que silencien antes de asestar el golpe?

Durante el siguiente silencio, oyó cómo se aceleraba la respiración de Yorke. Debía de estar caminando de un lado para otro.

—Dame los detalles —dijo Yorke.

—El área de servicio de Fleet. En la M3. Mañana a las nueve de la noche.

—Vale, dame el correo electrónico y quedaré con él.

Ella puso los ojos en blanco.

—No, Mike.

—Emma…

—No.

Oyó que lanzaba algo al otro lado de la habitación.

—Entonces, ¿para qué demonios me lo cuentas si no puedo participar?

—Puedes participar. Puedes cubrirme las espaldas, pero no voy a desperdiciar esta oportunidad. Me reuniré con él tal como estaba previsto. No vamos a asustarlo.

—Si esto es verdad y no una especie de trampa…

—Es verdad. Se mostró tajante.

—Llevas meses encerrada, escondida, Emma… ¿Cómo podemos estar seguros de que no tienes el juicio nublado?

—Claro que lo tengo nublado, Mike. No veo a mis hijas desde Navidad. Duermo en el sofá porque bebo demasiado. No hay nada lúcido en mi juicio. Pero solo necesité cinco minutos con ese hombre para saber que no necesito tenerlo. Esto es real.

—Confiaré en ti. Puedes reunirte con él, pero solo si aceptas algunas condiciones. Mañana habrá vigilancia en el área de servicio de Fleet antes de que llegues.

Ella negó con la cabeza.

—No quiero…

Él la interrumpió.

—No estaremos allí. Seremos yo y otra persona. De paisano.

—Sigo sin estar segura.

—No voy a arriesgar tu vida. ¿Me oyes? Alzó la voz. Ella no estaba segura de que alguna vez le hubiera alzado la voz.

—Vale, pero nada más —dijo Gardner.

—La respuesta armada estará cerca.

—Mike…

—No en el área de servicio de Fleet, pero sí cerca.

Ella suspiró. No tenía sentido seguir discutiendo. De todas formas, él ya conocía los detalles. Además, tenía razón. Si existía la más mínima posibilidad de que fuera una trampa o de que alguien hubiera interceptado de algún modo la cita, necesitaría ayuda.

Después de la llamada, Gardner permaneció un buen rato inmóvil en medio del silencio, mirando fijamente el teléfono.

Miró el portátil. El rostro demacrado de Mark Hollow había quedado congelado en la pantalla, en el punto en que había terminado la llamada.

Dios, necesitaba una copa.

Pero ni hablar.

Mañana tenía que estar en plena forma.

Se acercó a las fotografías de sus hijas que colgaban de la pared. Rose y Anabelle, sonrientes.

Advirtió que una estaba torcida.

Se detuvo. Qué raro.

La enderezó.

Tocó los rostros de sus hijas.

Yorke tenía razón: todo aquello suponía un riesgo enorme.

—Pero ya no puedo seguir viviendo con miedo —les dijo a sus hijas.

—Y desde luego no puedo vivir sin vosotras.