Capítulo 66
L a periodista freelance Hanna Bolton creía firmemente que los contratistas de defensa y el Gobierno debían rendir cuentas.
Era meticulosa en sus investigaciones y hábil a la hora de formular preguntas en apariencia inocentes que no hacían saltar demasiadas alarmas y le proporcionaban un punto de apoyo para seguir investigando.
Valiéndose de una dirección IP imposible de rastrear, Gardner había enviado treinta y nueve correos electrónicos como Hanna Bolton durante las tres semanas anteriores.
Todos ellos a antiguos empleados de Aegis Dynamics.
Si COLSIS conseguía eliminarla, estaría bien dejar algo tras de sí, algo con lo que asestarle un buen golpe a Fairweather y vengar a Phil y Lucy. Confiaba en que Yorke cumpliría, pero más valía asegurarse por partida doble.
Además, ¿qué otra cosa podía hacer con todo aquel tiempo libre? Y estaba completamente segura de haber borrado cualquier rastro que condujera hasta ella.
Así que, haciéndose pasar por Hanna, envió treinta y nueve correos.
A antiguos empleados de Finanzas, Recursos Humanos y cualquier departamento imaginable.
Eran principalmente trabajadores de nivel intermedio que habían abandonado la empresa en los últimos quince años.
Seguro que alguno vivía bajo el peso de la culpa.
Treinta no habían contestado.
Tres se habían negado educadamente, con respuestas del tipo: «No sería apropiado hablar de antiguos empleadores. Mucha suerte con su investigación».
Otros tres habían respondido al principio a algunas preguntas en apariencia inocentes, pero, cuando ella había empezado a presionarlos, habían guardado silencio.
Dos habían amenazado con emprender acciones legales.
Bien entrado febrero, Gardner casi había desistido y vuelto a enterrar a Hanna, hasta que su perseverancia por fin dio fruto.
Señora Bolton:
No es usted la primera persona que hace estas preguntas ni será la última.
La mayoría de la gente, como sin duda estará descubriendo, será reacia a responder.
Hace unos años hablé brevemente con alguien, extraoficialmente. Una mujer de Yorkshire. Creo que tenía un pódcast... ¿O era un blog? Algo en internet. Me enteré de que había muerto. Espero que fuese una desagradable coincidencia, pero cuanto mayor me hago, más cínico me vuelvo.
Teniendo eso en cuenta, ¿está segura de que sabe dónde se está metiendo?
Doy por hecho que sí, así que voy a poner mis cartas sobre la mesa:
Me estoy muriendo. Cáncer de páncreas. Me dicen que me quedan semanas, no meses.
Lo extraoficial podría pasar a hacerse público, con usted, si quiere.
Sería un descomunal «que os jodan» dirigido a la empresa para la que trabajé la mayor parte de mi vida y de la que he recibido una buena pensión... pero, a fin de cuentas, quizá me ayude a morir con la conciencia más tranquila.
Seamos sinceros: ¿qué puede haber mejor que un denunciante moribundo?
Entonces, ¿qué me dice? Aunque antes necesito verla, y no solo por el inmenso placer que me produciría mirar a los ojos a la persona que va a acabar con ellos, sino para comprobar si es usted real o no.
Debajo encontrará un enlace para una videollamada. Supongo que utiliza una VPN. Si no es así, hágalo. A mí no me queda mucho tiempo en este mundo, pero espero, y ruego, que a usted sí.
Atentamente,
Mark Hollow.
A Gardner le temblaban las manos mientras lo leía por segunda vez.
Cuando se disipó la emoción inicial, se impuso la paranoia.
Podía ser una trampa. Podían estar intentando hacerla salir de su escondite.
Respiró hondo varias veces y sopesó todas las precauciones que había tomado.
Estaba en un canal cifrado que pasaba por tres servidores distintos. Probablemente conocía mejor que Mark Hollow el inmenso peligro de lo que estaba haciendo.
Desactivó la cámara del portátil.
Después hizo clic en el enlace.
Había investigado a fondo a todas las personas con las que se había puesto en contacto.
Sabía que Mark Hollow rondaba los setenta y vivía solo.
Había encontrado antiguas fotografías de empleados de Aegis en programas de conferencias archivados y documentos del registro mercantil: retratos granulados, pero suficientes para reconocer una cara.
Cuando se estableció la conexión, lo reconoció, aunque vio que tenía el rostro demacrado. El cáncer se hacía visible en el tono amarillento de su piel, en las sombras bajo sus ojos, en la forma en que los pómulos se marcaban contra una carne que parecía demasiado fina para contenerlos.
Bien, esa parte de su historia encajaba.
—No puedo verla, señora Bolton.
—Lo sé. Y no podrá, Mark. Todavía no. —Lo dejó ahí, con la esperanza de que él lo entendiera y no colgara.
Su risa fue débil.
—Bravo por su prudencia. Aunque no tardé mucho en descubrir que estaba utilizando la identidad de una joven muerta.
Todo su cuerpo se quedó paralizado. De no haber sido así, quizá habría cortado la llamada por puro instinto.
—Pero no se alarme. Soy más diligente que la mayoría. Puede que otros no tengan tanta paciencia. Y, aunque me queda poco tiempo, como podrá deducir con solo mirarme, parece que ahora dispongo de más tiempo libre que nunca: sentado, sin hacer gran cosa.
Gardner respiró hondo. Sabía que era una insensatez, pero había algo en él —sus gestos, su tono de voz, la tragedia manifiesta que arrastraba— que la impulsaba a confiar aún más.
Pese a todo, estaba decidida a guardar tanto silencio como fuese posible, al menos hasta disponer de más pruebas que respaldaran sus impresiones.
—Está muy callada, señora Bolton. Todo apunta a que comprende lo que hay en juego.
—Sí. Más que la mayoría.
—No es la primera vez que salgo de entre las sombras. Aunque creo que podemos estar bastante seguros de que será la última. Pero la vez anterior murió una joven. Una mujer de Yorkshire. Una podcaster...
—Espere. —Gardner inspiró bruscamente. —¿Cómo se llamaba?
—Se llamaba Tanya Reid.
Gardner cerró los ojos.
La fuente de Tanya. Él era la fuente de Tanya.
La podcaster que había dedicado años a reunir pruebas contra Aegis. La que había llamado a Gardner al amanecer con las revelaciones sobre Pendleton. La que había sido asesinada y reducida a cenizas en el incendio de una casa.
—Dios mío —dijo Gardner.
—De acuerdo, ¿la conocía?
Gardner no respondió, pero las probabilidades de que aquello fuera una trampa se habían desplomado.
—Me lo tomaré como un sí. La pobre tomó todas las precauciones y no sirvió de nada. Aun así, la encontraron, ¿verdad?
Hubo un momento de silencio antes de que Mark tosiera. Cogió un pañuelo para secarse el sudor de la frente.
—Para mí no hay ningún riesgo. No de verdad. Semanas. Quizá un mes. Pero usted... ¿lo comprende de verdad?
—Sí, lo comprendo —dijo Gardner.
—Usted no es solo periodista, ¿verdad, Hanna? —Había utilizado su nombre de pila con tanta despreocupación como si ella se lo hubiera dicho, aunque, por supuesto, no había sido así. Él también la había investigado a fondo.
—No.
—Sospecho que en su caso la cosa llega más arriba.
Ella tragó saliva. Se contuvo justo antes de decir: Soy una oficial de policía de alto rango .
—Así es. Mucho más arriba. Con esa información, puedo asegurarme de que se haga.
—De acuerdo. —Bajó la mirada un momento, sumido en sus pensamientos.
Ella le concedió ese tiempo.
Cuando levantó la vista, Mark sonreía. La sonrisa acentuaba todos los huesos de su rostro demacrado.
—Entonces, ¿está lista para joderlos?