Los Asesinatos de la Granja (Los Crímenes de Yorkshire 8) Capítulo 65
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Capítulo 65

—¿ C raig? —dijo Keith por tercera vez.

La llamada se cortó.

Keith esperó un momento por si Craig, o quienquiera que fuese, volvía a llamar.

Cuando quedó claro que eso no iba a ocurrir, regresó al salón de Gardner.

La inspectora jefa no se había movido.

Por desgracia, no será hoy, dormilona, pero sé que ya no falta mucho.

Se quedó allí un rato, contemplándola, antes de centrar su atención en las fotografías de la pared.

Rose. Anabelle. Fotos del colegio: uniformes iguales. Rose tenía la nariz de su madre. Unas vacaciones en la playa: arena en las rodillas, helado en la cara. Otra mañana de Navidad, de años atrás.

Rose estaba sentada, rodeada de papel de regalo.

Le acarició el rostro a través del cristal. Recorrió la curva de su mejilla. La línea de la mandíbula. Deslizó la yema del dedo arriba y abajo por una de sus coletas.

No pudo evitar imaginársela fría. Inmóvil.

Con una sonrisa de verdad en la cara.

No una máscara.

Una sonrisa auténtica, sincera, porque todas las sonrisas que aparecían al final eran auténticas y sinceras.

El fingimiento se desvanece.

De verdad eres una preciosidad.

—¿Paul? —dijo Gardner.

No lo sobresaltó, pero sí le llamó la atención. Fijó la mirada en ella.

—¿Paul? —Su voz sonaba aturdida y confusa.

Miró el cuchillo que sostenía. No soy el hombre del correo electrónico, pero soy tan importante para ti como él, Emma. De hecho, más.

—¿Paul?

Otra vez. Qué ridículo. Tenía los ojos cerrados.

Podía divertirse un poco con aquello. Decir que sí. Ver cómo la esperanza se transformaba en horror.

Perforarle ambos pulmones antes de que tuviera ocasión de volver a respirar.

Ella abrió los ojos. A medias. Vidriosos y desenfocados.

Keith no se movió. No respiró. Permaneció a poco más de un metro de ella, bajo la luz de la lámpara, con el cuchillo pegado al costado, y observó cómo sus pupilas intentaban encontrar algo en lo que fijarse.

La habitación contuvo el aliento.

Ella parpadeó. Despacio, con pesadez. Su mirada vagó por el techo, por la pared, por el espacio donde él se encontraba.

Él contó los segundos. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco.

A Gardner se le comenzaron a cerrar los ojos.

Seis.

Ya estaban cerrados.

Y ella siguió durmiendo.

Él exhaló por la nariz. Despacio, de forma controlada. El cuchillo permanecía firme en su mano. Nunca había temblado. Nunca lo haría.

Se volvió y descolgó la fotografía de la pared. Rose y Anabelle en la playa. Se la acercó a la nariz. Inspiró.

Imaginó la sal y la crema solar y sostuvo la fotografía durante largo rato.

Después volvió a colocarla en la pared.

Se dirigió a la puerta de la cocina, se detuvo y miró atrás, sabiendo que la próxima vez que la viera la desharía y la esparciría por toda aquella casa.

Salió a la noche.

El frío le golpeó la cara, el cuello y la piel de las muñecas. Después del calor de la casa, fue como meterse en el agua. Su aliento formó una nube blanca. A lo lejos ululó un búho.

Caminó hasta el coche. Entró. Arrancó el motor.

Sonrió.

Sonríe y el mundo sonreirá contigo.