Capítulo 64
N o fue hasta que oyó responder a su hermano cuando Craig se dio cuenta de que aquello había sido un error.
Tenía que pensárselo bien. Contárselo sin más a Keith supondría ponerle la tentación delante. Era mejor elaborar primero el plan.
Colgó.
Se sentó en el sillón junto a la ventana, con el teléfono en el regazo y el lago invisible al otro lado del cristal.
En su reflejo vio a un anciano que le devolvía la mirada.
ACTIVO.
Sabía que ese día acabaría llegando. Lo sabía desde el día en que había aceptado el último encargo: el que supuestamente iba a liberarlo.
Cuatro objetivos más. Y después, fuera. Ese era el trato.
Tim Drake. Un corte en el cuello de su hija hecho con el cuchillo de Craig.
Harriet Spring en aquel aparcamiento. Su hija en el asiento trasero, aferrada a un conejo de peluche mientras miraba a Craig aterrorizada.
El profesor Crabtree en la sala capitular. El lento envenenamiento. Aquel hombre elegante e inteligente, reducido a temblar, sudar y preguntarle a Craig por qué.
Todos cerrados. Todos terminados.
Y ahora Gardner.
Hizo girar el teléfono entre las manos. La fotografía de la garza seguía allí, justo detrás de la lista. Paciencia. Quietud. Una criatura que aguardaba hasta que llegara el momento oportuno.
¿Eso es lo que soy?
Dejó el teléfono boca abajo en el brazo del sillón.
Los rostros acudían a él, quisiera o no.
El hombre de Kabul que le había suplicado: Craig recordaba el polvo de sus rodillas y el sonido que hacía su frente al golpear contra el suelo.
La esposa del periodista en su cocina, todavía con una cuchara de madera en la mano, que había visto demasiado y sabía demasiado poco.
El activista de un aparcamiento de varias plantas que había hecho una pregunta de más y murió con expresión perpleja, como si el mundo, sencillamente, hubiera dejado de tener sentido.
Aquel era un trabajo en el que no convenía ponerse límites.
Lo de no matar niños era una cosa —y lo había dejado claro—. Lo de las mujeres, en los tiempos que corrían, era difícil de justificar, así que había cruzado aquella línea hacía mucho.
Pero nunca había atentado contra nadie de la policía.
Había sido más fácil cuando era joven. Los traidores a la patria eran objetivos fáciles: merecían morir. Causaban estragos en la vida de todo el mundo.
Más adelante comprendió que solo era una excusa.
Gardner no era una traidora. Había leído el expediente. Había pasado horas con ella en la furgoneta. Había oído su voz en la oscuridad —firme, humana, aterrorizada— y lo había sabido.
Era una inspectora jefa íntegra que buscaba la verdad sobre sus compañeros muertos. Sobre organizaciones corruptas que ganaban dinero con las armas, la guerra y las drogas.
Sobre la podredumbre que se ocultaba en el corazón de todo.
Era, en otras palabras, exactamente la clase de persona que tanta falta hacía en el mundo.
Y Craig iba a matarla.
Porque, si no lo hacía, jamás podría retirarse. Jamás podría recorrer los montes sin mirar por encima del hombro. Jamás podría abrirle la puerta a Kelly.
Tenía obligaciones.
Volvió a coger el teléfono. Miró la garza.
¿Qué esperas? ¿Un pez? ¿La salvación? ¿Alguna señal de que es seguro moverse?
Nunca sabría la respuesta a esa pregunta.
Volvió a dejar el teléfono y contempló la ventana oscura hasta que su propio reflejo desapareció y no quedó nada salvo la noche.