Capítulo 61
K eith abrió la caja que tenía sobre el regazo y rebuscó entre su contenido hasta sacar una fotografía de tres niños. Todos ellos con una espléndida cabellera rubia.
Era una lástima lo de la mancha de sangre. El objetivo había apretado la foto contra el pecho mientras moría.
Aun así, en cierto modo, el momento había sido tan hermoso como conmovedor, y podía soportar la mancha de sangre.
Los niños se habían ido con su madre a visitar a unos parientes en el sur, pero había conseguido un recuerdo. Lo alzó. Una cinta beige para el pelo de una niña. Bajo la luz del teléfono, distinguió varias hebras rubias enredadas en ella.
Sonríe y el mundo sonreirá contigo.
Cerró la caja y la dejó en el asiento del acompañante.
En conjunto, una distracción agradable y oportuna.
Habían pasado seis semanas y no tenía noticias de su hermano, lo cual significaba que Gardner seguía sin estar Activa.
Era frustrante. Sus esfuerzos durante la Navidad habían sido brillantes, pero no habían acercado en absoluto el desenlace.
Para colmo de males, no tenía acceso a Rose ni a Anabelle.
Había pasado muchas veces en coche por delante de la casa de Barry Gardner, pero los coches de policía sin distintivos seguían allí.
A diferencia de aquí.
Con los prismáticos, Keith observó el salón de Gardner a través de una rendija entre las cortinas.
Dormía en el sofá. En la mesa de centro, junto a ella, había una botella de vino vacía y otra a medio beber.
Esa noche, Keith no había llegado con intención de entrar.
Pero las intenciones cambiaban a menudo.
Sobre todo las suyas. En especial cuando se presentaba una oportunidad.
Al fin y al cabo, los borrachos dormían profundamente.
También estaba seguro de que ella no había conectado la alarma.
¿Qué era lo que se decía de los caballos regalados?
Condujo hasta una calle adyacente que discurría por detrás de las casas. No había nadie.
Tocó la pistola que guardaba en la guantera.
Pero en su lugar escogió el cuchillo de caza encajado debajo.
Se puso el pasamontañas, respiró hondo y se adentró en las sombras.
La puerta trasera era vieja y la cerradura daba vergüenza.
Tardó once segundos en forzarla.
Entonces se encontró de pie en la oscuridad de una cocina, mientras se le acostumbraba la vista. Un fino halo de luz perfilaba la puerta que daba al salón.
Permaneció allí un rato. El zumbido del frigorífico. El tictac de algún reloj. El correteo de algún animal en el exterior.
Siempre había tenido buen oído para los sonidos más leves.
Entonces captó su respiración en el salón.
La inspectora jefa Emma Gardner está a seis metros. Al otro lado de esa puerta. Respirando. Viva. Y no sabe que estoy aquí.
Respiró hondo.
Mi mera presencia me hace poderoso.
Hizo girar el cuchillo en la mano. Contempló cómo la hoja atrapaba la luz.
Como un dios.
Ya en el salón, la vulnerabilidad de ella lo decepcionó de pronto.
Estaba acurrucada en el sofá, con un brazo bajo la cabeza y el otro colgando hacia el suelo. Tenía el rostro relajado y sereno.
Parecía débil.
Extendió el cuchillo hacia ella y le apuntó con la punta.
Si tan solo… Si tan solo…
Oyó la voz de su hermano en la cabeza: Pendiente no es lo mismo que Activa .
Pero lo estará , pensó.
Si te precipitas , dijo su hermano, te pondrás en el punto de mira .
Tal vez.
Hizo girar la hoja en el aire. Esta atrapó la luz de la lámpara de pie que había en un rincón del salón.
La idea de cortar a alguien nunca le había resultado tan atractiva.
Solo un poco de diversión. Ver su sangre… Ver sus ojos… Hacer que repare en mí, que comprenda qué está pasando y por qué estoy aquí. Después me marcharé. Podré ser paciente hasta que llegue el momento de verdad.
La respuesta de su hermano fue tajante: ¿Y crees que quienes nos pagan aceptarán sin más un poco de diversión?
Se sentó con un suspiro. Aguafiestas.
El cojín del sofá se movió bajo su peso. La miró, deseando que se removiera. No lo hizo.
Se acercó más. Lo suficiente para oler el vino en su aliento. Lo suficiente para sentir el calor que irradiaba su cuerpo.
Vamos. Despierta.
Si lo hacía, le rajaría la garganta y después sacaría fotografías para que los niños pudieran verlas más adelante.
No me dejes elección.
Ni un movimiento.
Volvió a suspirar.
Sus ojos se posaron en el portátil abierto sobre la mesa de centro, entre la botella de vino vacía y la que estaba medio llena.
Movido por la curiosidad, alargó el brazo para cogerlo. Vio que Windows solicitaba reconocimiento facial, así que lo sostuvo frente al rostro de ella.
Sus facciones se iluminaron por un instante con una luz blanca azulada, fantasmal.
Parecía muerta para el mundo.
El portátil se desbloqueó con un clic.
Se lo colocó sobre el regazo y vio en la pantalla un correo dirigido a un tal Paul Riddick. Era un borrador sin enviar. Se desplazó hacia abajo.
Un correo larguísimo.
Y tú ¿quién podrías ser, Paul?
No necesitó leer mucho para saber que aquello era una mina de oro.
Meses de reflexiones sobre la investigación de Aegis Ltd, COLSIS Ltd y los asesinatos recientes. Sacó varias fotografías y se las envió de inmediato a Control.
Si aquello no ponía las cosas en marcha, nada lo haría.