Los Asesinatos de la Granja (Los Crímenes de Yorkshire 8) Capítulo 59
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Capítulo 59

M ovimiento en las verjas.

Keith bajó los prismáticos. Cogió el teléfono.

Las verjas de hierro forjado negro empezaban a abrirse.

Ahí viene.

Observó cómo salía el Ford azul oscuro.

Ella giró para incorporarse al camino. Pasó por delante de su posición sin verlo; a través del parabrisas, su rostro se veía pálido y demacrado, con la mirada fija en la carretera.

Aún creía que quedaba algo que salvar.

Levantó el teléfono. Sacó tres fotografías en rápida sucesión.

Después abrió la aplicación cifrada y escribió:

GARDNER visitó la finca FAIRWEATHER. Día de Navidad. 37 minutos dentro. Salida: 13.42.

Adjuntó la mejor fotografía: aquella en la que se apreciaban el enrojecimiento alrededor de sus ojos y la tensión de la mandíbula.

En la lista figuraba como VIGILAR. Aquello la haría subir de categoría.

Pulsó enviar y vio desaparecer el mensaje.

Pensó en sus hijas.

Rose y Anabelle.

Sus rostros tras la ventana la mañana de Navidad, iluminados por las luces navideñas, ajenos al ojo de la cámara.

Unas niñas preciosas.

Rose, sobre todo.

Monísima x

Cuando era más joven, se había preguntado muchas veces qué aspecto tendrían muertas las chicas que le habían hecho daño. Francesca. Louise.

Sobre todo Francesca y sus coletas.

Y después llegaron Bosnia. Y la granja. Y las chicas ardiendo en las ventanas.

Había sido todo cuanto había imaginado.

Así que ahora pensaba en Rose y Anabelle.

Se preguntó qué aspecto tendrían en medio de un incendio.

Paciencia, se dijo. Paciencia.

Arrancó el motor.

Fuera, un zorzal cantaba en algún lugar del seto. El sol de invierno era débil, pero estaba ahí, y transformaba la escarcha de las ramas desnudas en algo que parecía casi hermoso.

Keith no reparó en nada de aquello.

Se incorporó al camino y condujo hacia Salisbury.

A su espalda, las verjas de la finca de Fairweather se cerraron con un suave clic automático.