Los Asesinatos de la Granja (Los Crímenes de Yorkshire 8) Capítulo 57
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Capítulo 57

S onríe y el mundo sonreirá contigo.

Eso era lo que solía decir su madre.

Lo decía con cariño. Todo lo decía con cariño.

Keith había aprendido muy pronto que nada ocultaba mejor una mentira que una sonrisa.

Y él debía saberlo: llevaba más de treinta años practicando.

Comprobó su reflejo en el retrovisor. Ajustó la expresión. Ensanchó la sonrisa hasta enseñar los dientes.

Así. Perfecto.

Tenía diez años cuando aprendió por primera vez lo que significaban las sonrisas.

Dos niñas —Francesca y Louise— le habían sonreído antes de conducirlo hasta un pequeño bosque situado detrás de su colegio de primaria.

Había creído que querían jugar.

Con aquellas sonrisas, ¿cómo iba a pensar otra cosa?

No habían dejado de sonreír mientras le hacían daño. Lo habían insultado. Le habían aplastado la cara contra el hormigón mientras él gritaba.

A veces se preguntaba cuánto había de real en sus recuerdos.

Cuando lo desnudaron y le hicieron daño, sus sonrisas no flaquearon. Ni una sola vez. Francesca parecía la más feliz de todas, de pie sobre él, acariciándose sus preciosas coletas, con los dientes blancos y relucientes.

Incluso cuando se marcharon y lo dejaron sangrando en el suelo, habían vuelto la cabeza para mirarlo con enormes y radiantes sonrisas.

En sus recuerdos, aquel día se enamoró de Francesca. Desde entonces, nunca había sido capaz de separar del todo ambas cosas.

Pero, una vez más, no sabía cuánto había de verdad en todo aquello.

Había pasado tanto tiempo llevando su propia máscara que también sus recuerdos llevaban una.

Apartó el recuerdo.

Keith observaba desde lejos la finca de Neville Fairweather con los prismáticos.

Veía las verjas y, más allá, la imponente casa.

También veía el coche de Gardner.

Bajó los prismáticos y sonrió.

Aquella era una sonrisa de verdad. Podía dar fe de ello.

Al fin y al cabo, Gardner había mordido el anzuelo.

Pasara lo que pasase en aquella casa —le contara Fairweather lo que le contase, o no le contara—, ella había vuelto a entrar en el juego. Su propia furia había conseguido lo que la tarjeta de Keith jamás habría logrado por sí sola.

Se recostó en el asiento.

Veamos qué hace con esto, inspectora jefa Gardner.