Capítulo 56
A medio camino de Ramsbury, Gardner reconoció que lo que estaba haciendo en aquel momento era una temeridad.
Al final parece que no somos tan diferentes, Paul.
Pero ¿quién podía reprochárselo?
Una puerta de madera.
Eso era todo lo que se había interpuesto entre unos asesinos y todo cuanto ella amaba en el mundo.
Yorke había enviado agentes para vigilar a Barry y a los niños. Sin embargo, no le había dicho adónde iba.
Si lo hacía, se pondría hecho una furia.
Para comérselo x
Cabrón.
Pisó el acelerador con más fuerza.
Antes de que el miedo adquiriese proporciones abrumadoras y de empezar a tomar sertralina, pasaba con frecuencia en coche por delante de la mansión color miel de Ramsbury.
Georgiana. Simétrica. Una imponente casa de piedra, con ventanas ajimezadas y tejado de pizarra, rodeada de una finca que descendía en suaves ondulaciones hasta el río Kennet. Distaba mucho de ser la más grandiosa del condado: no había columnas, ni estatuas, ni piscinas visibles desde la carretera.
Aun así, a la mayoría se le saltaban las lágrimas de envidia.
A Gardner no.
A ella se le llenaban los ojos de lágrimas de asco.
Se detuvo ante el portón. De hierro forjado negro, con casi dos metros y medio de altura, estaba flanqueado por pilares de piedra coronados por leones erosionados por la intemperie. Una cámara de seguridad giró para seguir su aproximación. En el interfono brillaba una lucecita verde.
Pulsó el timbre.
Estática. Después:
—¿Sí?
La voz era masculina. Profesional. Familiar. Recordó al guardia de seguridad de aquel día en la catedral, cuando Fairweather se dedicaba a camelarse a la multitud.
—¿Feliz Navidad, Graham?
Hubo una pausa. Lo había recordado bien y estaba claro que lo había descolocado.
—¿Quién es?
—Inspectora jefa Emma Gardner. Nos conocimos en el acto de la catedral. Entonces intentó impedir que me acercara a su jefe. —Se inclinó hacia el interfono—. Voy a darle otra oportunidad.
—Señora, ¿puedo preguntarle por qué...?
—Abra el puto portón, Graham.
El silencio se prolongó. La rabia abrasadora había vuelto.
—Ahora.
—No puedo hacerlo, inspectora jefa Gardner.
—¿Se niega a permitir la entrada a la policía?
—¿Tiene una orden judicial?
—Abra el portón y se la enseñaré.
—Sin una orden judicial, me temo que no puedo.
—¿Por qué? ¿Qué se trae entre manos? A mí me parece sospechoso. Quizá merezca la pena conseguir una orden judicial y traer a todo el cuerpo de policía hasta su jardín.
Oyó cómo suspiraba.
—El señor Fairweather está celebrando la Navidad con su familia, inspectora jefa Gardner.
—Me alegro por él. Yo tenía un plan parecido. Abra el portón o lo atravesaré con el coche.
—No podrá...
—Moriré en el intento. Quedaré hecha pedazos en la puerta de su jefe. Supongo que entonces tendrán aquí a la prensa además de a todo el cuerpo.
Ya estaba dando marcha atrás cuando él respondió y no oyó lo que dijo.
No fue hasta que hubo retrocedido diez metros cuando se planteó si de verdad sería capaz de hacerlo.
Desde luego, adrenalina no le faltaba.
Si moría ahora, su familia estaría a salvo.
Graham estaba detrás del portón, agitando los brazos.
Gardner sacó la cabeza por la ventanilla.
—¡Déjeme preguntárselo!
Ella asintió.
Pasaron tres minutos. La cámara de seguridad la observaba. Un petirrojo se posó sobre uno de los leones de piedra, la contempló con un ojo negro y luego echó a volar.
El portón se abrió.
La casa se hacía más grande a medida que avanzaba por un camino flanqueado de árboles.
Tenía tres plantas, no dos, con un bloque de establos a un lado y lo que parecía un invernadero reconvertido al otro. Las glicinias trepaban por las paredes, desnudas ahora en invierno.
Se detuvo frente a los escalones de piedra y apagó el motor.
De inmediato aparecieron dos vehículos: Range Rover Defender negros, con cristales tintados, parachoques reforzados y el discreto abultamiento de los neumáticos antipinchazos. Flanquearon su coche y la encerraron.
Era de esperar.
Graham bajó del primer vehículo. Del segundo salió un hombre más joven —treinta y tantos, cabeza afeitada y un torso demasiado musculoso para sus piernas delgadas—.
Gardner salió del coche y se preparó para afrontar el frío. Allí hacía más frío que en Salisbury y la escarcha era más espesa.
Prefería vérselas con ellos antes que con Bernie y su acompañante.
Los dos hombres se acercaron. Ella no se movió.
Antes de que llegaran hasta ella, se abrió la puerta principal, en lo alto de los escalones.
Fairweather salió.
Llevaba un jersey navideño rojo con un reno cuya nariz de pompón parpadeaba en rojo.
Graham se desvió hacia los escalones.
—Señor, quizá no debería acercarse tanto...
—Graham —dijo Fairweather con voz lo bastante alta para detenerlo en el tercer escalón—. No estoy precisamente ante una multitud en Kabul. Baja el tono.
—Está alterada...
—Yo también. Ahora, vete a la mierda —dijo, pasando a su lado.
Se acercó hasta plantarse delante de ella. Gardner respiró hondo varias veces.
—Feliz Navidad, inspectora jefa... Supongo que es importante.
¿Importante?
Lo agarró del brazo.
Se lo retorció detrás de la espalda.
Y lo estampó contra el capó de su coche.
—Eh... —El guardia más joven avanzó hacia ella.
—¡Inspectora jefa! —gritó Graham—. ¡Deténgase!
Sabía que la tenían encañonada, pero tenía a aquel cabrón justo donde quería.
—¡Suéltelo, inspectora jefa! —gritó Graham—. ¡Ahora!
—Será mejor que le hagas caso —dijo Fairweather, con la voz amortiguada por el capó.
Ella se inclinó sobre él.
—¿Por qué iba a hacerlo? —le siseó al oído—. Dime una cosa: si muero ahora mismo, ¿mis hijos estarán a salvo?
—Será mejor que me cuentes qué te preocupa, Emma.
—Soy inspectora jefa —dijo en voz alta, para que la oyeran los dos guardias de seguridad—. Tengo autoridad para detener a este hombre. Supongo que esto estará quedando grabado. Más os vale no abatir a tiros a una agente de policía.
—Ingenioso —dijo Fairweather—. Pero es probable que te cueste el puesto.
—Me da igual, Neville —volvió a sisear—. Los dos hombres que mataron al profesor Crabtree han estado esta mañana en casa de mi exmarido. Donde se alojan mis hijos. No estoy segura de que siguieran vivos si yo no hubiese llegado cuando llegué.
Él intentó sacudir la cabeza.
—Imposible.
Gardner le apretó más el brazo y él gimió.
—Es posible —dijo ella.
—Me estás rompiendo el brazo.
—Has intentado matar a mis hijos.
—No he hecho nada semejante. Jamás lo haría. Nunca os haría daño ni a ti ni a tus hijos.
—Eso dijiste en la catedral y, sin embargo, aquí estamos...
Él gimió de dolor.
Gardner aflojó la presión. Le soltó el brazo. Retrocedió.
Levantó las manos y miró alrededor.
Tanto Graham como el hombre más joven la apuntaban con sendas Glock compactas.
Fairweather se enderezó. Se frotó la muñeca. Movió el hombro. La nariz de pompón del reno de su jersey se encendió y volvió a apagarse.
Gardner lo miró. Intentó contener las lágrimas, pero ya habían asomado.
—Paré, maldita sea. Paré por completo.
—Lo sé, Emma.
—¿Por qué ha ocurrido esto?
—Es complicado.
—Pues hagamos que deje de serlo.
Fairweather suspiró.
—Entra e intentaré explicártelo lo mejor que pueda.
Gardner respiró hondo y asintió.