Capítulo 52
P ero Keith no llamó.
Se quedó allí plantado, sin más.
¿Qué coño estás haciendo?
El momento se alargó. Parecieron minutos, aunque en realidad probablemente solo fueron unos segundos. Entonces Keith alargó el brazo y tocó la madera. La palma apoyada. Los dedos extendidos. La cabeza ladeada, como si escuchara un latido.
A Craig le sudaba la mano sobre la pistola.
¿Marcando su territorio?
Ya basta...
La voz de su madre: —Ni se te ocurra, Craig. Piensa en lo que prometiste.
—Llama, cabrón —susurró, apartando aquella voz de su mente. Las vidas de dos niñas pesaban más que aquella promesa—. Llama de una vez. Dame un motivo.
Pero Keith seguía sin llamar. Bajó la mano y dio un paso atrás. Metió la mano en el bolsillo.
¿Tu arma?
Ya está. Esto es...
Keith sacó un sobre.
A Craig se le cortó la respiración.
¿Qué?
Keith se agachó. Sus movimientos eran precisos, deliberados. Introdujo el sobre por la ranura del buzón y lo sostuvo allí, como si se resistiera a soltarlo.
Entonces lo soltó.
Keith se incorporó. Se sacudió las rodillas. Se volvió de golpe.
Sus miradas se cruzaron.
Keith sostuvo la mirada de Craig, con una expresión indescifrable. Ni sorpresa. Ni alarma. La de un hombre que siempre había sabido que Craig estaba allí, que quizá no esperaba menos.
Luego emprendió el camino de vuelta por el sendero. Sin prisas. Como un hombre que acababa de entregar una tarjeta de Navidad a un vecino.
A Craig le temblaban las manos.
Oyó un motor y miró a la derecha.
Un coche aceleraba hacia él.