Los Asesinatos de la Granja (Los Crímenes de Yorkshire 8) Capítulo 53
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Capítulo 53

G ardner estaba ya lo bastante cerca para ver que era un hombre plantado en la calzada, justo enfrente de la casa de Barry.

Pisó el acelerador.

El hombre miró hacia ella y volvió a ocultarse detrás de una furgoneta.

Al ponerse a su altura, Gardner frenó y vio salir a un segundo hombre del camino de entrada de Barry. Se movía deprisa y cruzó la calzada por detrás de su coche. Constitución fuerte. Pelo bien arreglado. Unos cuarenta años. Se movía con una soltura que no encajaba con su velocidad.

Lo vio por el retrovisor justo antes de que llegara al Audi.

Él miró atrás.

Y ella le vio los ojos.

Bernie. ¡Pero qué…!

Se había metido en el coche antes de que ella terminara de pensarlo.

El terror se apoderó de ella.

Sus hijas.

Giró bruscamente hacia el camino de entrada de Barry y clavó los frenos, rozando por centímetros el Volvo de Barry.

Abrió la puerta de golpe y alcanzó a ver por última vez el Audi de Bernie mientras pasaba de largo: silencioso, sin prisas, como si todo lo ocurrido aquella mañana no significara nada.

Se volvió hacia la casa.

El sendero. La puerta principal. Había salido de allí. De aquella casa. Donde se alojaban sus hijas.

¡Dios, no…!

Con el corazón desbocado, se precipitó hacia la puerta.

Entonces las vio.

Las caras de sus hijas en la ventana. Sonriendo de oreja a oreja. Golpeando el cristal. Saludándola con la mano.

Están bien.

Están bien.

Tuvo que apoyar una mano en el marco de la puerta para no perder el equilibrio.

Están...

A su espalda, otro motor —ruidoso, bronco, áspero— aceleró con fuerza. Gardner se volvió de golpe.

Un BMW azul oscuro salía de detrás de la furgoneta. El primer hombre. Corrió hacia la calzada, desesperada por distinguir la matrícula.

Demasiado tarde. Ya había desaparecido.

Contuvo las náuseas. No iba a vomitar allí fuera; no delante de sus hijas, no aquel día.

Regresó a la puerta, con la imagen de los dos hombres de la catedral grabada en la mente. La imperturbable paciencia de aquellos hombres de ojos muertos. La forma en que la habían observado.

Han venido a por mis hijas.