Capítulo 50
P istola en mano, Craig salió del coche. La mantuvo pegada al muslo derecho, con el cañón apuntando hacia abajo.
Si alguien mira por la ventana, me verá.
Las vidas de aquellas dos niñas hacían que mereciera la pena.
Su aliento se condensó en el aire. Pese al frío, el sudor ya había empezado a resbalarle por la espalda.
Keith iba delante de él, cruzando la calle. Sin prisa. Como si nada.
El muy cabrón parecía un hombre que hubiera salido a dar un paseo la mañana de Navidad.
Craig siguió por la acera opuesta a la casa de Barry, procurando que hubiera coches aparcados entre él y su hermano, preparándose para lo que se avecinaba.
Si entra, voy detrás.
Un perro ladró en algún lugar.
Se sobresaltó. Miró a su alrededor. No logró localizar de dónde procedía.
Concéntrate.
Volvió al acecho de su hermano y a su promesa.
Te juro que, si tocas a esas niñas...
Un repentino estallido de música procedente de una casa a su espalda le hizo dar un respingo. No era una canción navideña, sino algo contundente, dominado por los graves. Alguien iba a contracorriente.
Se serenó. Siguió avanzando.
Al otro lado de la calle, Keith ya había dejado atrás el portón de entrada y recorría el sendero que llevaba a la casa de Barry.
Craig se detuvo detrás de una furgoneta aparcada, veinte metros más atrás.
El corazón le golpeaba las costillas con tanta fuerza que podía sentirlo en la garganta.
Vio a su hermano pasar junto al muñeco de nieve de plástico con la nariz torcida. Luego junto a un contenedor de reciclaje que tenía un lazo pegado a la tapa.
Keith llegó a la puerta principal.
Craig salió de detrás de la furgoneta y se adentró en la calzada. Se quedó inmóvil.
Llama y disparo.
Llama y pongo fin a esto.
Llama y... bueno, madre, perdóname.