Los Asesinatos de la Granja (Los Crímenes de Yorkshire 8) Capítulo 47
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Capítulo 47

G ardner escuchaba a Wizzard, Mariah Carey y Chris Rea; la misma lista de reproducción que sonaba en todas las comisarías desde noviembre.

Las carreteras estaban casi desiertas. Pasó junto a una mujer que paseaba un terrier, con el pañuelo navideño rojo empezando ya a soltársele.

Un niño de unos diez años avanzaba tambaleándose por la acera en una bicicleta nueva, con el terror concentrado de quien todavía no le ha cogido el tranquillo, mientras su madre trotaba a su lado.

Dejó que Chris Rea terminara.

Pensó en Rose.

Durante la última semana, había dado muestras de que su descontento empezaba a disiparse. Desde luego, sonreía más cuando hablaban por FaceTime, e incluso se le escapaba alguna que otra risa los fines de semana, cuando se veían.

Recordó la Navidad anterior. Rose llevaba poco tiempo con ellos. Aún se mostraba cautelosa. Aún ponía a prueba los límites. Pero hubo un momento —la noche de Navidad, después de los regalos, después de la cena— en que Rose se había acurrucado a su lado en el sofá sin que nadie se lo pidiera.

Una película sobre pingüinos. Colores vivos y humor de golpes y porrazos que Gardner no acababa de seguir, aunque se había reído cuando tocaba.

En algún momento, la cabeza de Rose había acabado apoyada en su hombro.

Gardner se había quedado muy quieta para no molestarla.

Había respirado con regularidad. No había dicho nada.

Una hora después, Rose se había quedado dormida.

Confianza. Eso era lo que había sentido. El principio de la confianza.

Aún no había abordado con ella la muerte de Jack.

Esperaba que recuperasen el cadáver —algo muy poco probable— para poder celebrar un funeral y despedirse de él como era debido.

Ya había hablado con Barry al respecto y habían acordado que, si no recuperaban los restos antes de finales de enero, se lo contarían a Rose y seguirían adelante con el funeral.

Recordó las veces en que había creído vislumbrar en los ojos de Rose la misma mirada que había visto en los de su padre. Fría y vacía. Aquella forma de mirar, directa e inquietante. A medida que crecía, cada vez se le notaba más a Jack en las expresiones.

—Rose nunca será Jack —dijo Gardner en voz alta.

Lo decía en serio. Tenía que decirlo en serio.

El navegador emitió un pitido. Faltaban tres minutos.

Ya estaba a dos calles de casa de Barry.

Las viviendas le resultaban cada vez más familiares.

Había llevado allí a las niñas decenas de veces.

Y había ido a recogerlas otras tantas. Sabía qué vecino sacaba los cubos de basura demasiado pronto, cuál tenía el gato agresivo y en qué casa estaba el carillón de viento que sacaba de quicio a Barry en otoño.