Capítulo 45
L a alarma de Gardner sonó a las seis.
Vio un mensaje en el móvil que debía de haberle llegado mientras dormía:
Feliz Navidad, Emma. Última oportunidad: este año Pat prepara el pavo (me han prohibido entrar en la cocina). La puerta siempre está abierta. Mike x
Ella le respondió.
Gracias por la invitación… otra vez. Pero pasaré la mañana con las niñas y luego saldré a correr por la llanura. Que lo paséis bien x
Se sentía sorprendentemente animada pese a que sus hijas no estaban en casa. Lo atribuía a haber dormido bien: no había tenido pesadillas con Bernie y aquel incendio, y pasar un par de horas con ellas era, desde luego, mejor que nada.
Barry y las niñas irían a casa de los padres de él por la tarde. Por supuesto, ella estaba invitada, pero había preferido no ir. Nunca se había llevado bien con su suegra y no quería exponerse a comentarios moralistas sobre cómo estaban las cosas en ese momento.
Así que saldría a correr por la llanura.
Después de desayunar, metió en una bolsa los regalos envueltos.
Para Rose: un estuche de pintura de lujo. Lápices, pinturas, pasteles, pinceles… todo cuanto podía desear una artista en ciernes. Últimamente dibujaba mucho. No se los había enseñado por FaceTime, pero Barry le había enviado fotos con el móvil.
Para Anabelle: un cuaderno de tapa dura con un dragón en la cubierta —había recorrido tres tiendas hasta encontrar el adecuado— y un juego de bolígrafos de purpurina.
Ana estaba orgullosísima de su cuento del dragón, el que había ganado la estrella dorada.
Ya había dado lugar a cuatro secuelas. Emma esperaba avivar aquella chispa.
Por supuesto, había muchos otros regalos —de Barry y de ella—, pero estaban envueltos y esperando bajo el árbol.
Aquello no era más que un pequeño extra.
A las siete y media fue a maquillarse un poco y vio que tenía mucho mejor aspecto.
Las ojeras se habían atenuado. Tenía el rostro menos demacrado.
Supuso que la sertralina estaba surtiendo efecto.
Luego, mientras tomaba café, se preguntó qué estaría haciendo Riddick aquella mañana.
Sabía que seguía en York. Ray la mantenía al corriente. Por lo que contaba, continuaba progresando. Se lo tomaba con calma —la mayoría de los días trabajaba detrás de un escritorio— y era escrupuloso con la medicación.
Se preguntó si habría conocido a alguien. Ray tendría cuidado de no dejar escapar algo así.
A esas alturas, la química entre ellos no era precisamente un secreto.
En cierto modo, esperaba que hubiera conocido a alguien.
No tenía a nadie más, y pensar que pudiera pasar solo el día de Navidad la entristecía.
La idea le rondó durante un rato y, de hecho, acabó mirando el número de Riddick en el móvil. Ray se lo había dado.
Por supuesto, no lo había utilizado.
Ni pensaba hacerlo.
Llámalo , pensó. Limítate a desearle feliz Navidad. Nada más. Averigua si está bien.
¿Y después qué?
¿Reavivar sus esperanzas?
Él estaba rehaciendo su vida y, solo porque ella se encontrara atrapada en una mala racha, ¿de verdad tenía que arrastrarlo consigo?
Volvió a guardarse el móvil en el bolsillo.
Abrió la puerta. Salió a la mañana fría y luminosa.
Día de Navidad. No había helado. Bien. De lo contrario, tendría que renunciar a salir a correr.
A su alrededor, las luces navideñas parpadeaban en muchas ventanas.
Subió al coche. Arrancó el motor.
Se encendió la radio: alguna comisaría estaba poniendo canciones navideñas. Slade, «Merry Xmas Everybody». Dejó que sonara.
Y sonrió.
Incluso se miró en el retrovisor mientras lo hacía.
Quería inmortalizar el momento.
Felicidad.
Salió del camino de entrada y puso rumbo a casa de Barry.
Rumbo a sus hijas.