Los Asesinatos de la Granja (Los Crímenes de Yorkshire 8) Capítulo 44
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Capítulo 44

C raig pasó el resto de la noche despierto en la oscuridad.

Varias veces se planteó levantarse para barrer los cristales que había junto a la cama y los restos de la lámpara destrozada cerca de la ventana. Otras veces, pensó en bajar al lago para buscar la garza.

Poco antes del amanecer, decidió ir al baño.

Al pasar junto al cuarto de invitados, vio que la puerta estaba abierta y se asomó.

Keith yacía en la cama, completamente vestido, con las manos cruzadas sobre el pecho. Tenía los ojos cerrados. Respiraba de forma lenta y regular.

Recordó a Keith cuando tenía once años. Quizá doce. Un grupo de chicos del pueblo se había abalanzado sobre él cuando volvía del colegio. Tres contra uno. Cobardes.

Craig lo había encontrado en la cama aquella noche, acurrucado, intentando no llorar. Un ojo morado, varias costillas magulladas y el labio partido.

También entonces se había quedado en el umbral y, cuando Keith se durmió, lo había observado durante un buen rato.

Al día siguiente, Craig fue a buscar a los chicos. Uno por uno. Para que las peleas fueran justas. A uno de aquellos desdichados matones le arrancó tres dientes de un puñetazo.

Nadie volvió a meterse con Keith.

Craig habría hecho cualquier cosa por su hermano pequeño.

Pero algo había cambiado a medida que Keith crecía. De algún modo, se había agriado.

Y Craig había presenciado aquella transformación. La había presenciado sin hacer nada.

¿Podría haber cambiado aquel desenlace si hubiera actuado antes?

¿Acaso no se había perdido entre sus propias preocupaciones y responsabilidades?

Aquella noche, había parecido que su hermano le pedía ayuda:

—Creo que eres el único que puede detenerme.

¿Lo había dicho en serio?

¿O solo estaba manipulándolo?

¿Cómo podía ayudar a alguien que, la mayor parte del tiempo, parecía estar muerto por dentro?

Cerró los ojos y recordó el sueño de antes, en el que la niña de Ahmići lo miraba con tristeza. —No puedes hacer nada. Los viste arder y ahora no puedes hacer nada.

¿Era en verdad tan distinto?

¿Acaso no había visto también arder a su hermano sin hacer nada y ahora ya era demasiado tarde?

Abrió los ojos, entró en el cuarto, rodeó la cama y se quedó de pie junto a su hermano dormido.

Y qué ironía: ahora estaba observándolo dormir.

Quizá no fueran tan distintos.

Craig creía tener una especie de código moral, pero ¿se estaba engañando a sí mismo?

¿Estaba tan trastornado y era tan insidioso como Keith?

La mano de Craig rozó la mesilla de noche y un resplandor repentino hizo que volviera la cabeza.

Se inclinó para dar la vuelta al móvil iluminado de su hermano...

Se le helaron las entrañas.

No.

Cerró los ojos con fuerza y deseó que fuera fruto de su imaginación, igual que la niña de Ahmići a la que había visto antes en el jardín.

Por favor, Dios. No.

Abrió los ojos.

El fondo de pantalla. Dos niñas sonrientes, abrazadas.

Rose y Anabelle Gardner.

Ralentizó la respiración de forma deliberada. Tenía que mantener la calma.

Observó más de cerca el fondo de pantalla. Era una foto de otra foto. Distinguía el borde de un marco, la esquina de una repisa de chimenea. Keith había entrado en casa de alguien para sacarla.

Esperaba que fuera la casa de Emma, pero ¿y si no lo era?

¿Y si era la de Barry?

Donde se alojaban aquellas niñas.

Ahora tenía todo el cuerpo helado. Dejó el móvil sobre la mesilla de noche.

Contempló a su hermano, abrumado. Aún podía ver en él al hermano magullado y maltrecho al que había adorado desde niño.

¿Por qué te volviste así?

¿Es culpa mía?

¿He permitido que ocurra?

Craig miró los rostros de las niñas, aún iluminados por la pantalla del móvil sobre la mesilla.

Rose, morena y seria. Anabelle, rubia y sonriente.

No tienen ni idea, pensó. Ni idea de lo que está irrumpiendo en sus vidas.

De lo que las acechaba.

Su mirada se desplazó hacia una almohada de más que había caído al suelo.

—Creo que eres el único que puede detenerme.

¿Te referías a esto?

¿Es esto lo que quieres?

Se agachó para recoger la almohada.

Quizá se refería a esto, mamá.

Volvió a mirar hacia abajo. Keith seguía respirando de forma lenta y regular. Apacible. Confiado.

Intentó no ver a aquel niño de once años, acurrucado y llorando.

Intentó borrar de su mente las súplicas, la desesperación y el dolor que había visto en su hermano a lo largo de los años.

Un movimiento rápido.

Eso era lo único en lo que debía pensar.

Apretar. Sujetarla. Todo habría terminado en cuestión de minutos.

Craig tensó la almohada entre las manos.

Hazlo.

Hazlo por los niños de esa granja.

Hazlo por Grace Drake y Sophie Spring.

Hazlo por Rose y Anabelle.

Hazlo por todos los niños a los que ha hecho daño, por todos aquellos a quienes hará daño, por todos aquellos a los que no has sabido proteger...

Colocó la almohada sobre la cara de Keith.

Tensó los brazos...

El rostro de su madre.

No. Otra vez no.

—Prométemelo, Craig. Prométeme que cuidarás de él.

¡Déjame!

—Es tu hermano.

Piensa en lo que hará.

—No está bien, Craig. Lo sé. Siempre lo he sabido. Pero sigue siendo mi hijo. Sigue siendo tu hermano.

Está destrozado...

—Prométemelo.

Tienes que dejar que...

—Prométeme que no permitirás que nadie le haga daño.

Las cosas que hará...

—Prométemelo.

A Craig le temblaban las manos.

Aferraba la almohada.

El pecho de Keith subía y bajaba, subía y bajaba.

Dejó caer la almohada. —Te lo prometo.

Dejó caer la cabeza hacia delante. Estaba agotado.

Se sentó en el borde de la cama de su hermano sin pensar.

Una mano le tocó en mitad de la espalda.

Craig se quedó paralizado.

—Deberías haberlo hecho —dijo Keith. Su voz era suave. Casi amable.

Craig no se movió. No podía moverse.

La mano se apartó de la espalda de Craig.

—Mientras tenías ocasión —dijo Keith.

Craig permaneció sentado en silencio durante un rato y, cuando por fin se volvió, Keith había cerrado los ojos, se había puesto de lado y dormía.

Craig se puso en pie, comprendiendo con absoluta certeza que jamás encontraría refugio.

Mientras su hermano siguiera con vida, solo existiría el purgatorio.

Y Keith era un superviviente.