Capítulo 43
D espués de amenazar a Clive, le había costado tranquilizarse, convencida de que sus compañeros se presentarían en cualquier momento.
Sorprendentemente, no ocurrió.
Le costaba creer que se hubiera tragado su excusa de que era policía, así que supuso que debía de estar tramando algo. ¿Quizá estaba acechando a alguien de su calle? ¿Quizá le estaba poniendo los cuernos a su mujer?
Fuera como fuese, parecía que había esquivado una bala, porque probablemente le habrían dado otro mes de baja o, peor aún, la habrían suspendido de empleo.
Cuando por fin logró dormir un poco, no fue durante mucho tiempo.
Bernie fue a visitarla.
En sueños, él sonreía y la silicona se tensaba sobre sus dientes. Le aferraba la mano con la suya enguantada y, cuando ella apartó la mano, parte de la piel de la palma se quedaba pegada a él y se estiraba como un hilo.
Se despertó a las dos con el corazón golpeándole las costillas. Fue al baño y mantuvo la mano bajo el chorro de agua fría hasta que empezó a dolerle.
Se miró la palma. Le dio la vuelta. Examinó cada línea, cada pliegue.
Ni quemaduras ni rojeces. Solo su mano.
Solo tu mano.
Observó cómo el agua se arremolinaba antes de desaparecer por el desagüe.
No pierdas la cabeza, Emma.
Ya completamente desvelada, pasó de largo ante su dormitorio y se detuvo frente al despacho.
Abrió la puerta y encendió la luz.
Había pasado algún tiempo, y la desnudez de la pared la impresionó.
Entornó los ojos y entonces pudo recordarla. Al menos, su estructura. La cara de Drake aquí, la de Spring allá, las líneas que los unían como una telaraña tejida con su propia obsesión.
Las cajas estaban en un rincón. Sabía lo que contenían. Las fotografías. Las fundas de plástico. Los nombres de los muertos.
Llevaba tiempo pensando en quemarlo todo.
Le había mentido a Mike al decirle que ya lo había hecho.
Recordó la sensación que había tenido cuando la pared estaba llena.
La sensación de estar haciendo algo. De estar luchando contra algo. De no pasar por alto que algunos de sus mejores amigos estaban muertos.
Aquel vacío le dolía.
No era de extrañar que hubiera reaccionado así con Clive en el coche.
Saber que quienes habían matado a Crabtree, Drake y Spring seguían ahí fuera, observando, esperando.
En cualquier caso, ¿bastaba de verdad su promesa de guardar silencio, de fingir que no sabía nada, para mantenerla con vida?
Abrió el correo electrónico y fue directa a la carpeta de borradores, otra cosa que llevaba meses evitando desde lo ocurrido en la catedral.
Leyó una y otra vez el mensaje para Paul.
Cada vez que llegaba al final, escribía una línea.
Te echo de menos, Paul.
A las cinco de la mañana, ya la había escrito siete veces.
Estaba a punto de cerrar el portátil cuando escribió algo más.
¿Y si vienen a por mí, Paul?
Dejó el cursor suspendido sobre ENVIAR.
Hacía poco había hablado con Ray Barnett, en el norte. Paul se estaba recuperando, empezaba a encontrar su sitio en York e intentaba reconstruir su carrera y su vida.
Imagina que lo leía. Prendería fuego a cualquier nuevo comienzo, por frágil que fuese, que hubiera conseguido labrarse.
Cerró el portátil.
Después fue a prepararse para ir a trabajar.