Capítulo 42
C raig arrojó la lámpara contra la persona encapuchada que estaba a los pies de la cama con tanta fuerza que la lámpara arrancó el enchufe de la pared.
La lámpara no le dio, y la figura se limitó a seguir su trayectoria con la mirada hasta que se hizo añicos contra la pared. Después volvió a mirar a Craig y se quitó la capucha de un tirón.
Keith.
Craig, todavía jadeante, se llevó una mano al pecho desnudo.
—¡Por el amor de Dios!
—Lo siento, hermano, yo...
Esta vez Craig le lanzó un libro. El volumen golpeó a Keith en el hombro con un ruido sordo.
Ni siquiera se movió.
—¿Qué haces aquí?
—Me pediste que viniera —dijo Keith—. Me mandaste un mensaje.
Craig tragó saliva. Claro. Tres días atrás ya no había podido soportar por más tiempo el silencio de su hermano.
Había pensado que no saber qué se traía entre manos era, a fin de cuentas, peor que saberlo.
Ahora que su hermano estaba allí, empezaba a dudar de la sensatez de aquella conclusión.
—¿Cómo has entrado?
—Con la llave de repuesto de la tercera maceta. Es una costumbre peligrosa.
—En mi última casa estaba en la quinta maceta, listillo.
—Cierto, pero aquí solo tenías tres. Tampoco hacía falta ser un genio.
—Pues habría preferido que me avisaras.
—Pero no quería despertarte. Es tarde.
Craig arqueó una ceja.
—¿Así que, en lugar de eso, has pensado que podías quedarte mirándome mientras dormía? ¿Cuánto tiempo llevas ahí sentado?
Se inclinó y encendió la lámpara de la otra mesilla.
Keith sopesó la pregunta.
—Un rato.
—¿Cuánto? —exigió Craig.
—Una hora. Quizá dos. Lo suficiente para ver que estabas teniendo alguna clase de pesadilla.
A Craig se le revolvió el estómago.
—Una hora, quizá dos... Jesús... ¿Quién hace algo así?
Keith se encogió de hombros.
—Siempre acabo entrando en una especie de estado meditativo.
Craig negó con la cabeza.
—¿Así que ya lo habías hecho antes?
Keith asintió.
—¿Cuántas veces?
—No lo sé. Eres mi hermano. ¿De verdad es tan malo?
Craig contempló a su hermano. La ropa pulcra. El pelo peinado. El cuerpo fuerte.
De no ser por los ojos, Keith tenía un rostro bastante agradable. De pequeño parecía incapaz de romper un plato; Craig lo adoraba.
Ahora lo entristecía pensar en lo destrozado que había acabado.
—Yo solía observar a padre mientras dormía —dijo Keith—. Cuando estaba enfermo, hacia el final. Me resultaba... apacible.
—Nunca supe que te importara —gruñó Craig.
—Claro que me importaba. Aunque a veces pensé en ayudarlo a marcharse. Sufría tanto...
Keith ladeó la cabeza.
¿Cómo iba a olvidarlo? , pensó Craig, consciente de que, en el fondo, él había tenido la misma idea. Pero al final le había dado demasiado miedo hacer nada. Temía echarlo demasiado de menos. Temía que sumar más culpa a la que ya se había traído de Bosnia fuera demasiado.
—¿Qué te detuvo? —preguntó Craig.
—Tú. Siempre estuviste muy unido a él. Sabía que no lo aprobarías. Siento si te molesta que te observe.
Craig negó con la cabeza.
—Da igual.
Además, al recordar algunas de sus propias vigilias, con la almohada en la mano, era un poco como ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio.
—¿Dónde has estado? —preguntó Craig—. Han pasado meses. Ni una palabra.
—Trabajando para Control.
—¿Haciendo qué?
—Sabes que no puedo contártelo.
—No estoy seguro de querer saberlo.
Keith asintió.
—Me alegré de que me mandaras el mensaje.
—¿De verdad? ¿Por qué?
—Porque significa que vuelves a necesitarme. Que algo ha cambiado.
Craig negó con la cabeza.
—No... No... No es eso.
Solo me preocupaba lo que pudieras estar haciendo. —Solo quería comprobar que seguías vivo. Eso es lo que hace la familia.
—Entonces, ¿no tiene nada que ver con Emma Gardner?
—No.
—¿Su situación sigue igual?
—Sí, sigue bajo vigilancia.
Keith se levantó y se desperezó.
—Buscaré algún sitio donde dormir. Tú descansa.
Caminó hacia la puerta. Se detuvo con una mano apoyada en el marco.
—Gracias por preocuparte por mí.
Keith empezaba a sonar extraño. Sentimental.
—No quiero que te jubiles, hermano.
Demasiado sentimental.
—Ya lo he hecho. ¿Por qué? ¿Pasa algo?
—No importa.
Otra vez aquel tono, tan impropio de él.
Desvalido.
—Inténtalo.
—Creo que eres el único...
Bajó la voz. Casi amable. Casi humano.
—... que puede detenerme.
Se interrumpió.
—¿De qué, Keith?
Keith lo miró a los ojos. Parecían más cálidos que de costumbre. ¿Estaba fingiendo?
—Por favor, no te jubiles.
Por favor.
Keith nunca decía por favor. Keith no pedía las cosas: las cogía.
—Como ya te he dicho, ya me he jubilado —dijo Craig.
A Keith se le tensaron los hombros. Solo por un instante.
—Sí...
Entonces asintió. Apartó la mirada, volvió a mirarlo y asintió de nuevo.
—En ese caso, supongo que no hay nada más que decir.
Keith salió de la habitación y dejó a Craig con una sensación fría y nauseabunda en lo más hondo.