Capítulo 41
A lguien estaba vigilando.
Gardner tropezó.
No estaba borracha, solo se tambaleaba de miedo.
Consiguió llegar a la cocina.
Dejé de investigar , pensó mientras revolvía un cajón. ¡Claro que lo dejé!
Encontró el cuchillo de cocina.
Después volvió al salón.
Debería llamar a alguien. A Mike, quizá. Pero ¿y luego qué? Los cabrones se habrían marchado antes de que llegara.
No.
No pienso seguir haciéndolo.
No pienso acobardarme.
Salió por la puerta principal en calcetines y cruzó la hierba mojada, con la hoja baja, pegada al muslo.
Ya estaba bien.
El motor del coche no estaba en marcha, pero la figura seguía dentro.
Estaba en medio de la calzada.
¿Lo ves?
El acero que empuñaba relampagueó bajo la luz de la farola.
Tú te lo has buscado.
La ventanilla empezó a bajar.
Levantó el cuchillo.
Vio el rostro de un hombre. Sesenta y tantos. Barba gris. Gafas. Y unos ojos que se abrieron de par en par, aterrados.
—¡Jesucristo! —Levantó las manos—. Por favor...
—Bernie —chilló ella—. ¿Eres Bernie?
Él se apartó de la ventanilla, echándose hacia atrás.
—No sé...
—¿Eres Bernie sin esa máscara?
Ahora gimoteaba.
—Soy Clive. No soy Bernie... Por favor...
—¿Por qué estás delante de mi casa?
—¡Me he perdido! —La voz del hombre se quebró—. ¡Estoy buscando Salton Close! ¡El navegador se me ha apagado y he parado para mirar el móvil!
Seguía protegiéndose la cara con las manos.
Ella respiró hondo y bajó el cuchillo.
—Déjame verte. Si dices la verdad, lo sabré.
Él bajó las manos poco a poco, con cautela.
Ella lo miró a los ojos. Lo miró de verdad.
No había vacío. Nada frío.
Solo miedo. Miedo corriente, humano.
No era el hombre que se hacía llamar Bernie.
Y estaba demasiado asustado para ser un asesino de ninguna clase.
Eso, o era un actor increíble.
La realidad se impuso.
—Creía que estabas vigilando mi casa.
Dio un paso atrás.
—¿Por qué? —preguntó Clive.
—Es complicado.
Clive arrancó el motor.
—¡Estás loca! ¡Voy a llamar a la policía!
—Te ahorraré la espera. Te daré mi número de identificación policial para que presentes una denuncia.
En cuanto volviera al trabajo, volverían a darle la baja...
—Si esperas aquí, iré a buscar mi placa...
Dio otro paso atrás.
—Y podrás apuntar el número.
Mientras regresaba a la casa, oyó que el coche se alejaba a toda velocidad.
La señora Henley, del número cuarenta y dos, estaba asomada a la ventana. Mirándola fijamente.
Gardner la saludó con la mano. La señora Henley no le devolvió el saludo.
Ya dentro, cerró la puerta con llave. Devolvió el cuchillo al cajón. Fue al baño.
Estaba hecha un desastre.
Ojos hundidos. Piel pálida. El pelo sin lavar, lacio alrededor de un rostro que apenas reconocía. ¿Cuándo se le habían marcado tanto los pómulos? ¿Cuándo se habían vuelto moradas las ojeras?
¿Quién eres?
Recordó que le había dicho a Rose:
—Todo va a salir bien...
No era de extrañar que la pobre chica no hubiera parecido muy convencida.