Los Asesinatos de la Granja (Los Crímenes de Yorkshire 8) Capítulo 40
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Capítulo 40

E n el sueño de Craig, la niña de Bosnia lo guiaba de la mano, pequeña y fría.

—¿Adónde vamos?

Ella no respondió. En vez de eso, lo arrastró más adentro, hacia la oscuridad y después hacia el humo.

Se quedó paralizado y respiró hondo al ver las llamas lamiendo las ventanas y la luz anaranjada danzando sobre la nieve.

La granja.

—No —dijo.

Ella le tiró de la mano con insistencia.

—No, no puedo. —Miró a su alrededor. No había ningún Land Rover—. Keith… ¿Dónde está…?

Unos gritos lo interrumpieron.

La niña dejó de tirar de él y alzó la mirada.

—¿Debería ayudarlas? —preguntó.

La niña asintió. Le habló en su idioma, pero, por algún motivo, él la entendió.

—Esta vez. Esta vez puedes ayudarlas.

Actuó con rapidez, moviéndose a la velocidad que alcanzaba cuando era mucho más joven.

Cruzó la puerta y se adentró en el calor y el caos.

—¿Dónde estáis? —gritó.

Se lanzó a lo más denso del humo, consciente de que sus posibilidades de salir con vida eran escasas, aunque no estaba seguro de que le importara.

Durante un instante, el aire pareció despejarse y vio a tres niñas acurrucadas en un rincón.

La menor debía de tener cinco o seis años; la mayor, la edad que tendría ahora su nieta.

Las llamas devoraban los muebles que las rodeaban y trepaban por las paredes. Por el momento, parecían estar en una pequeña burbuja.

No duraría mucho.

Aturdidas por el aire envenenado, las niñas extendieron los brazos hacia él entre toses, llantos y gritos. Él les tendió la mano…

Su hermano surgió del humo.

A Keith se le iban los ojos muertos de un lado a otro. Tenía el cuerpo en tensión, no de miedo, sino de excitación.

—Déjalas, hermano. Tenemos órdenes.

—Son niñas. Quiero ayudarlas.

Keith ladeó la cabeza, intrigado.

—Pero nunca las has ayudado antes.

De pronto, las llamas se volvieron voraces y el pequeño espacio en el que estaban se encogió a una velocidad alarmante. Aún veía las manos de las niñas tendidas entre el humo, pero sus rostros habían desaparecido entre sus pliegues.

Sintió en la suya una mano conocida, pequeña y fría, que lo conducía fuera de la granja.

En el exterior, la niña bosnia que lo había llevado hasta allí estaba llorando.

Craig cayó de rodillas y la sujetó por los hombros.

—¿Qué puedo hacer? Dímelo, ¿qué puedo hacer?

La niña de Ahmići lo miró con tristeza.

—No puedes hacer nada. Las viste arder y ahora ya no puedes hacer nada.

Empapado en sudor, Craig despertó jadeando y agitando los brazos. Algo se hizo añicos en el suelo.

La lámpara… la lámpara…

—No encontraba el interruptor; le temblaban demasiado los dedos.

Solo un sueño. Solo un sueño. Contrólate. Solo un ⁠ —

Encontró el interruptor.

— sueño.

—La luz se encendió.

Solo un ⁠ —

Cerró los ojos e hinchó las mejillas.

— sueño.

Se dejó caer de nuevo sobre la cama.

Gracias a Dios⁠—

Abrió los ojos.

Había alguien sentado a los pies de la cama, con la capucha puesta, observándolo.