Capítulo 39
L a ventana situada detrás del portátil de Gardner mostraba la calle: ya estaba oscuro y apenas eran las seis.
Noviembre se había instalado por completo y sin pedir disculpas.
Escarcha en el cristal. La mancha anaranjada de una farola.
Se ciñó más el cárdigan y volvió la mirada hacia la pantalla y hacia sus niñas.
En FaceTime se veía el salón de Barry. La estantería, la lámpara…
La normalidad.
Cuánto la envidiaba ahora.
Ana preguntó:
—En una escala del uno al diez, ¿cuánto mejor te encuentras, mamá?
—Ocho, cariño. Este fin de semana será un diez.
—¿Por qué?
—Porque estaré con vosotras dos.
—¿Sigues tomando esas pastillas? —preguntó Ana.
Gardner asintió.
—Sí, y me han ayudado.
La médica le había aumentado la dosis tres semanas atrás y, por fin, algo había cambiado; no había sido una mejoría espectacular, sino más bien una serena estabilización, como sacos terreros dispuestos a lo largo de un dique. Lo agradecía.
Ana frunció el ceño.
—No tomes demasiadas…
—No lo haré, cariño. Es una al día.
—Rose dice que a veces la gente toma demasiadas cuando está triste… y se muere.
Gardner palideció.
—¿Rose?
Rose se encogió de hombros.
—¿Dónde has oído eso?
—Salió en un programa de televisión.
Fue entonces cuando Gardner se dio cuenta de que Rose apenas había dicho nada durante la conversación. Por ese motivo, no le preguntó qué estaba viendo; en vez de eso, tomó nota mentalmente de hablar con Barry sobre sus hábitos televisivos.
—No hay nada de qué preocuparse. No voy a tomar más de una al día, tal como dijo la médica.
Ana asintió, satisfecha.
—Ah, mamá, hoy me han puesto una estrella dorada. Por mi cuento sobre un dragón que tenía miedo al fuego. Papá dice que te lo enviará para que lo leas.
—Estoy deseando leerlo.
—La señorita Perkins ha dicho que tengo un don para la ironía —dijo Ana—. Significa lo contrario de lo que esperas.
—Ah —dijo Gardner, mirando a su hija con adoración—. Ya entiendo. El dragón que tenía miedo al fuego… Claro.
Miró a Rose, que ahora miraba hacia algo fuera de cámara, con el rostro inexpresivo.
—Muy bien, Ana… ¿Rose? ¿Estás bien, cariño?
Rose la miró con aquellos ojos oscuros que había heredado de su padre.
—Bien. ¿Por qué?
—Por nada. ¿Qué tal el colegio?
—Como siempre.
—¿Qué tal están tus amigas?
Se encogió de hombros.
—Igual.
Un año atrás, antes de que todo se fuera a la mierda y Gardner se marchara de Knaresborough, Rose habría hablado durante horas. De libros, de amigas, de las injusticias de los deberes y de la política del patio del colegio.
Ya había habido indicios antes de que se mudara con Barry: momentos de silencio, una tendencia excesiva a quedarse ensimismada, algunos informes del colegio que señalaban que se distraía; pero solo ahora estaba viendo el verdadero impacto de todo aquello.
Sin embargo, desde que se había ido a vivir a tiempo completo con Barry dos meses atrás, el deterioro había sido rápido.
Y, en realidad, era perfectamente comprensible.
Su madre la había abandonado por culpa de las drogas y después había perdido a su padre por lo peligroso que era.
Había encontrado una oportunidad —un hogar— con Emma, su tía.
Y ahora tenía que enfrentarse de nuevo al abandono.
—Todo va a salir bien, Rose —dijo.
Rose asintió, pero en sus ojos había desconfianza.
Se está distanciando de ti , pensó Gardner. Intenta protegerse.
Por dentro, Gardner estaba destrozada, no solo por aquello, sino también por la abrumadora culpa de no haberle hablado aún a Rose de Jack.
Pero tenía que mantenerlo enterrado; no podía permitir que se manifestara en su voz ni en su rostro.
Tenía que ser la máscara perfecta para sus dos niñas.
—Estaba pensando —dijo Gardner, manteniendo un tono desenfadado— que el sábado podríamos ir a Queen Elizabeth Gardens, dar de comer a los patos y ver los cisnes.
A Ana se le iluminó la cara.
—¿Rose?
Rose asintió, pero no miró a la cámara.
—¿Te gustaría?
—¡Sí! —dijo Ana.
—¿Rose?
Hubo una pausa. Después:
—No está mal.
No está mal.
La presencia de Gardner sería tolerada, pero no bienvenida.
—Debería dejaros. Ya casi es hora de acostarse.
—¿Llamarás mañana? —preguntó Ana.
—Claro, como todos los días.
Después de la llamada, se quedó sentada en silencio.
Barry le había advertido de que lo de Rose estaba empeorando, pero verlo ella misma durante las últimas llamadas había sido traumático.
Cerró los ojos, arrepentida de pronto de haber decidido poner fin a sus cuatro semanas de baja y volver al trabajo al día siguiente. Pero ya era demasiado tarde. Ya se había puesto en contacto con Recursos Humanos.
Había estado convencidísima de que lo peor ya había pasado.
Pero parecía que su casa estaba hecha de paja y que la reacción de Rose era el soplido del Lobo Feroz.
Dudó entre el vino y correr cinco kilómetros.
Tomó la decisión equivocada.
A las nueve y media, después de dos copas de vino, fue a cerrar las cortinas del salón.
Fuera vio un BMW negro con las lunas tintadas.
Había una figura sentada al volante.
Se llevó una mano al pecho, al lugar donde le había quedado la cicatriz de un ataque con cuchillo muchos años atrás, mientras la sangre se le helaba en las venas.
Cerró las cortinas, se quedó de pie un par de minutos y volvió a asomarse.
La figura seguía allí.