Capítulo 38
L levaba un mes en su nueva casa de campo y Craig aún seguía intentando dejar su huella en ella.
Parecía demasiado bueno para ser verdad. Y temía que, si se entregaba de lleno a instalarse, acabaría gafándolo todo.
Cerró el manual de su Harley, lo dejó en la mesilla de noche y se acercó a la ventana. La noche era oscura, sin luna, y había demasiadas nubes para ver las estrellas.
Un vacío.
No era el purgatorio.
Pero tampoco un refugio.
Ojalá pudiera ver la garza.
Estaba a punto de apartarse cuando creyó percibir movimiento en el jardín. Se le cortó la respiración. No podía ser.
Entornó los ojos.
La niña de Ahmići, en abril de 1993.
No.
La que lo había agarrado de la mano y le había hablado en un idioma que él no conocía.
Imposible.
La misma ropa. El mismo polvo en la cara. Los mismos ojos desesperados.
Había ocurrido hacía más de treinta años.
Y ¿por qué podía verla cuando todo lo demás estaba tan oscuro?
Aun así, le habló, le dijo lo mismo que le había dicho entonces, en Bosnia.
—Lo siento… Siento lo que te hicieron.
Los ojos de la niña se clavaron en los suyos, y su reproche fue inequívoco:
—¿Por qué no nos ayudaste?
Cerró los ojos y, cuando volvió a abrirlos, ella había desaparecido.