Capítulo 36
E n la mesa más cercana a Craig, una familia estaba terminando de comer.
Madre, padre, dos hijos.
La hija tendría unos doce años; llevaba el pelo oscuro recogido en trenzas y se reía de algo que había dicho su padre. El padre estaba imitando una voz —la de algún personaje de una película, supuso Craig— y la niña se reía tanto que apenas podía respirar.
Mientras los observaba, Craig recordó una Navidad en la que Kelly, con ocho o nueve años, se reía de sus patéticos intentos de hacer mímica.
Recordó una de sus representaciones: aceleraba una moto imaginaria y daba botes como si estuviera saltando por encima de algo.
La gran evasión .
Cuando lo adivinó, ella se le había echado al cuello.
Pensó en Cecilia, su hija, y en Kelly. Hubo un tiempo en que todos se profesaban un afecto sencillo, sin complicaciones.
Pero entonces ninguno de ellos sabía a qué se dedicaba en realidad.
¿Habría sobrevivido su cariño si hubiesen descubierto la verdad?
La niña de la mesa volvió a reírse.
Claro que no.
Quizá, entonces, debía agradecer que nunca fuese a tener que afrontar aquella consecuencia.
Se bebió un segundo whisky y cerró los ojos.
Escuchó las risas de los niños. Era un sonido muy agradable. Relajante.
Rebosaba calidez.
El whisky le quemaba la garganta.
Pero entonces: los fríos vientos de Busovača, azotándole la cara.
Y comenzaron otros recuerdos.
Llamas. Una columna de humo negro atravesando el cielo. Observando —sin intervenir— desde un Land Rover.
Siluetas en las ventanas.
Manos apretadas contra el cristal caliente.
Intentó regresar a las risas de aquellos niños en el Drover’s Rest… Casi lo consiguió.
Excepto:
Arranca, Keith.
Todavía no.
Keith, arranca.
No había calidez ni compasión en aquellos ojos.
Pura fascinación.
Las risas de los niños del pub eran ahora los gritos desgarradores de aquellos niños en la granja.
Craig abrió los ojos. Respiró hondo varias veces. Se llevó una mano al pecho.
El corazón le latía desbocado.
La familia lo miraba con preocupación. Ya no se reía nadie.
Él levantó una mano. —Lo siento —articuló sin voz—. Estoy bien.
Buscó otro sitio donde sentarse para dejarlos disfrutar de su felicidad. De camino, pidió otro whisky.
Y sus pensamientos volvieron a Keith.
Al menos, cuando estaba allí, podía ver lo que hacía. Vigilarlo. Controlarlo, en la medida en que alguien podía controlar a Keith.
¿Dónde estaría encontrando placer en aquel preciso instante?
Pensó en él aquella noche en el calabozo.
Una monada.
Pensó en el rostro chamuscado de Keith, en cómo se había arrodillado sin inmutarse, en aquellos ojos muertos que reflejaban las llamas del bidón de aceite. La silicona desprendiéndose. El olor.
No puedo salvarte.
El silencio de Keith resultaba aún más aterrador que su presencia.
Quizá debería llamarlo.
Pero no le agradaba la idea de llamarlo desde allí, desde un lugar que consideraba su nuevo hogar, su santuario.
Así que, en vez de eso, volvió a pensar en la garza y se preguntó si habría regresado.
Esperando. Paciente. Con la mirada fija en algo que solo ella podía ver.