Capítulo 35
G ardner e Imogen salieron del coche y cruzaron juntas la calle, sin prisas. Con profesionalidad.
No querían que nadie advirtiera su presencia y pusiera a Ernie sobre aviso de lo que ocurría.
Un chico miraba un folleto mientras Ernie trataba de convencerlo. Gardner e Imogen se acercaron lo suficiente para oírlo.
—... quitándote los trabajos antes incluso de que termines el instituto.
Ernie señaló el centro escolar.
—Esa es la verdad que no te cuentan ahí dentro. ¿En qué curso estás, Kayden?
—En tercero —dijo Kayden.
Gardner apretó los dientes. Trece o catorce años. Un menor.
—Pídeles a tus profesores que te cuenten la verdad, Kayden. A ver qué te dicen. Para cuando termines el instituto, tendrás que vivir de las sobras. Y no eres demasiado joven para cambiar las cosas... Y, si quieres venir a las reuniones, entonces...
—¿Señor Slade? —dijo Gardner.
Ernie se volvió. Examinó la placa de Gardner. Su expresión se endureció.
—Inspectora jefa Gardner, Policía de Wiltshire. Esta es la sargento detective Hathaway. Nos gustaría hablar con usted. —Miró a Kayden y sonrió—. Vete al instituto, Kayden.
Él asintió.
—Y antes de que te vayas... —Le arrancó el folleto de las manos y lo hizo una bola.
Kayden se dio la vuelta y se marchó.
—¡No puede hacer eso! ¡Los he pagado yo!
—¿Qué cree que está haciendo, señor Slade? —preguntó Gardner.
Él torció el gesto.
—Estoy ejerciendo mi derecho a la libertad de expresión. ¿A usted qué le parece? —No retrocedió ni bajó los folletos que llevaba en la mano—. ¿O es que ahora eso es ilegal?
—Distribuir material destinado a incitar al odio racial es ilegal. Artículo 19 de la Ley de Orden Público.
—¿Odio racial? —Slade soltó una carcajada áspera y amarga—. Esto no es odio. Es la verdad. Alguien tiene que proteger a estos chicos de lo que se avecina.
—Son menores —dijo Gardner—. Es vergonzoso.
—Como ya he dicho, necesitan protección.
—¿Convirtiéndolos en armas? —dijo Imogen.
Gardner miró a Imogen y negó rápidamente con la cabeza.
A Imogen no pareció sentarle bien que la hiciera callar, y a Gardner la asaltó de pronto la paranoia de que quizá estuviera protegiéndola demasiado.
—Nunca se ha conseguido cambiar nada quedándose de brazos cruzados —dijo Ernie.
Gardner suspiró.
—Ha habido numerosas quejas contra usted. El centro le ha pedido que pare. Los agentes de la policía local le han pedido que pare.
—Pedido. No ordenado. ¿Por qué no le echa un vistazo? —Le plantó un folleto delante a Gardner—. Y dígame qué tienen de odioso los hechos y las cifras.
Gardner negó con la cabeza.
—Me temo que...
—Usted misma. —Se volvió y ofreció un folleto a una chica que pasaba por allí.
—¿Se niega a parar? —preguntó Gardner.
Él se volvió de golpe y gritó:
—¡Pues claro que me niego, joder!
Gardner reparó en que varios estudiantes aminoraban el paso y observaban.
—Entonces voy a tener que pedirle que nos acompañe a comisaría —dijo Gardner.
—¿Y si me niego?
Una chica con un aro en la nariz había sacado el móvil.
Pronto aparecerían más móviles. Gardner debía asegurarse de que aquello transcurriera de la forma más fluida y tranquila posible.
—Si se niega, será detenido.
Ernie tensó la mandíbula. Miró a Imogen y luego de nuevo a Gardner.
—Ustedes. Todos son iguales. Los protegen a ellos mientras los demás sufrimos. Mi hija tardó tres años en conseguir una vivienda de protección oficial. Tres años. Pero ellos llegan aquí y se la ponen en bandeja.
—Señor Slade...
—Mi hijo perdió su trabajo en la fábrica. Llevaba veinte años trabajando allí. Veinte años. Entonces traen a trabajadores que lo hacen por la mitad del sueldo y, de repente, él sobra. —Le salían salivazos de la boca.
El grupo de estudiantes se hizo más numeroso. Cada vez había más móviles en alto.
¡Mierda!
—¿Quiere detener a alguien? Detenga a los políticos que vendieron este país. Detenga a las empresas que prefieren pagar una miseria en vez de un salario digno. No venga a por mí por contar la puta verdad.
Gardner mantuvo la voz serena.
—Ernest Slade, queda detenido como sospechoso de distribuir material escrito destinado a incitar al odio racial, en contravención del artículo 19 de la Ley de Orden Público de 1986.
Él se inclinó hacia ella.
—Esto es una gilipollez.
Gardner sintió entonces la saliva de Slade en la cara.
—La detención es necesaria para permitir una investigación rápida y eficaz de este delito. No está obligado a declarar. Pero puede perjudicar su defensa si, al ser interrogado, no menciona algo en lo que más tarde pretenda basarse ante un tribunal. Todo lo que diga podrá ser utilizado como prueba.
Slade abrió mucho los ojos y, por un momento, Gardner creyó que intentaría golpearla.
Negó suavemente con la cabeza, tratando de convencerlo de que no lo hiciera.
No funcionó. Todo su cuerpo temblaba ya de rabia.
—Piense en los niños —dijo ella.
Él se volvió y miró a los chicos, que lo grababan todo.
Agachó la cabeza y tragó aire con dificultad.
Cuando pareció calmarse, levantó la vista y dijo:
—Aunque no lo crea, estaba pensando en ellos.
—Dese la vuelta, por favor, señor Slade. Las manos a la espalda.
Ernie se volvió y quedó de cara a los chicos y a la hilera de móviles.
—Tenéis que ver esto —dijo Ernie—. Están intentando silenciarme.
Gardner ya estaba detrás de él con las esposas. Clic. Clic. Las esposas se cerraron sobre las muñecas de Slade.
—Recordad mis palabras —dijo a su público—. La gente está despertando, y vosotros también deberíais despertar.
—¡Abuelo! —Un joven llegó corriendo desde el otro lado de la calle. Tenía más o menos la edad de Kayden: trece o catorce años. Llevaba uniforme escolar. La misma mandíbula prominente que Ernie, los mismos ojos azul claro.
—Tyler —dijo Ernie.
—¿Qué está haciendo? —Tyler se encaró con Gardner—. ¡Es mi abuelo! No puede...
Imogen le puso una mano en el brazo.
—Su abuelo está siendo detenido. Apártese, por favor.
Gardner se volvió con Ernie y lo condujo hacia el coche.
—¡Está intentando ayudar a su país, zorra! —gritó Tyler.
—Ya basta —dijo Imogen—. Apártese.
—Traidora —siseó Tyler.
La palabra golpeó a Gardner como un puñetazo.
—¡Eso es lo que eres, zorra! Una puta traidora.
Ella se detuvo.
Pensó en la cápsula que habían obligado a tragar a Harriet Spring, en la palabra que contenía. La que habían grabado en el brazo de Timothy Drake.
Traidora.
Entonces recordó la mano enrojecida y en carne viva de Crabtree y empezó a sentir pánico.