Capítulo 30
E l garaje de Craig olía a silicona quemada y aguarrás.
Se quitó la máscara y la dejó caer en un bidón de aceite. Contempló cómo el rostro de Felix se arrugaba, reducido a humo tóxico en cuestión de segundos.
A su espalda, oía a su hermano dar vueltas alrededor de la vieja Harley en la que llevaba un tiempo trabajando.
—Va tomando forma —dijo Keith.
Craig torció el gesto. Keith no sabía nada de motos. Tampoco le importaban. Solo estaba llenando el silencio, como hacía la gente normal.
—¿De qué año era? —preguntó Keith.
—Es de 1978.
Hacía tres años que Craig había adquirido la Harley-Davidson FLH Electra de una viuda de Portsmouth.
La resurrección avanzaba despacio. Los tubos de escape cromados, apagados por el abandono.
El carburador Tillotson, una pesadilla de surtidores corroídos.
La transmisión de cuatro velocidades, rechinando como un molinillo de café.
Pieza a pieza, la estaba devolviendo a la vida.
A Cecilia le habría encantado, pero ya llevaba cuatro años muerta.
A menudo habían hablado de recorrer Europa en una Harley: los Alpes, los Dolomitas, atravesar Francia hasta el Mediterráneo.
Siempre el verano siguiente. Siempre cuando las cosas se calmaran.
Pero las cosas nunca se calmaron, y entonces llegó el cáncer de ovario.
Cuando acababa de comprarla, había visto a su nieta Kelly sentarse en aquel sillín. Por entonces tendría unos diez años. Se había aferrado al manillar.
—¿Puedo ir contigo, abuelo? ¿Cuando vayas a Europa?
—¿Por qué no? —había respondido él—. Cuando seas mayor.
Probablemente también podía archivar aquello entre las cosas que ya nunca sucederían.
Su hija le había impedido ver a Kelly después de que él dejara medio muerto a golpes a su novio, un inútil, infiel y maltratador. Había elegido al hombre que las trataba como basura, tanto a ella como a Kelly, por encima del padre que moriría por defenderlas.
Su única esperanza era que Alan se largase algún día. Que Kelly volviera. Que él terminara la Harley y cruzara los Alpes con su nieta detrás, tal como Cecilia siempre había soñado.
Craig añadió más leña menuda al bidón. Encendió otra cerilla. Las llamas se elevaron.
—Quítate la máscara —le dijo a Keith.
Keith se acercó y se quedó frente a él. Sonrió, o sonrió la máscara: el rostro de aquel desconocido canoso se estiró de una manera que no parecía natural.
A la luz vacilante de las llamas, Craig reparó en que la silicona se estaba despegando por el borde, junto al cuello de Keith.
Keith no le hizo caso. Extendió las manos sobre el bidón para calentárselas con el calor ascendente.
—He dicho que te la quites. Ya estoy harto de hablar con esa cara.
Keith llevaba conteniendo aquella ira latente desde que habían salido de la catedral. No tardaría mucho en empezar a hervir. Craig se desabrochó la camisa.
—Nos miró.
Dejó caer la camisa dentro del bidón y la vio prender.
—Emma Gardner nos miró directamente. Nos persiguió a través del portón.
Keith asintió y después se quitó la camiseta. Bajó la vista hacia las llamas.
—No fue demasiado difícil escapar...
Craig se arrancó el cinturón y lo arrojó con fuerza al bidón. La hebilla metálica resonó con estrépito.
Su hermano ni se inmutó.
—No deberíamos haber tenido que «escapar». Ella nunca había conocido a Felix ni a Bernie. Nunca había visto esas caras. Ni siquiera había visto nuestros rostros de verdad. Entonces, ¿cómo?
Arrojó dentro los pantalones. Los calzoncillos. Los calcetines y los zapatos. Todo ardía ya entre el rugido de las llamas.
—¿Cómo lo supo de repente?
Bajó la mirada hacia su torso desnudo y cubierto de cicatrices mientras respiraba hondo, intentando conservar la calma.
Dos heridas de bala de sus tiempos en el ejército. Una cicatriz de cuchillo que le cruzaba las costillas, de Sarajevo.
—Keith. Solo voy a preguntártelo una vez más.
Alzó la vista hacia el techo de chapa ondulada.
—Y después voy a arrancarte los brazos.
Decía la verdad. Volvió a mirar a su hermano a los ojos.
—¿Qué ocurrió?
Keith apartó los ojos de las llamas.
—Me acerqué mucho a ellas.
—¿Por qué?
Keith se limitó a mirarlo fijamente.
—Quítate esa puta máscara —dijo Craig, cada vez más furioso—. Y dime por qué.
En lugar de eso, Keith se quitó los pantalones y los calzoncillos y los echó al fuego. De modo que, como Craig, ahora estaba desnudo, salvo por aquella máscara. Su físico era impresionante, esculpido a base de entrenar de forma obsesiva.
La verdad era que Keith podría partir a Craig por la mitad si quisiera.
Pero nunca había levantado la mano contra su hermano mayor.
Craig rodeó el bidón hasta situarse junto a su hermano. Lo bastante cerca para oler su sudor.
—¿Por qué?
Keith miró a su hermano. No sonrió, pero había cierta satisfacción en su rostro.
—Quería estar cerca.
Craig tragó saliva al pensar en el guante envenenado del que se habían deshecho arrojándolo al río.
—¿Tocaste a Emma Gardner?
—No.
Pero entonces se le pasó por la cabeza otra idea espantosa.
—¿Tocaste a esas niñas?
La máscara se estiró de forma horrenda cuando sonrió.
—¿Qué clase de persona crees que soy?
Sé lo que eres , pensó Craig.
—¿Lo hiciste?
—No.
—Bien.
Craig asintió.
Keith volvió a mirar las llamas. Craig permaneció allí un momento, observando a su hermano menor. Irritado por la máscara, irritado por sus acciones sin sentido. Estaba a punto de volverse cuando Keith alzó de nuevo la mirada.
—Pero pensé en hacerlo.
A Craig se le revolvió el estómago.
—Rose. Tenía el pelo bonito. Llevaba coletas.
Craig contempló las llamas reflejadas en los ojos muertos de su hermano.
—¿Pensaste en matarla allí mismo?
—Por supuesto.
A Craig le temblaban las manos.
—¿Por supuesto?
—Sí.
Keith ladeó la cabeza y la máscara se desplazó de forma antinatural con el movimiento.
—Pero decidí no hacerlo.
Craig se acercó más. Tanto que su aliento rozaba la silicona del rostro de Bernie. Su hermano no se amilanó. Nunca se amilanaba. El dolor no lo asustaba: lo fascinaba. Aceptaba la violencia como otros hombres aceptaban el tiempo.
—Pensé que sería eficiente —dijo Keith.
Craig tragó saliva.
—Sé cuánto deseas que esto termine, hermano —dijo Keith.
Craig abrió mucho los ojos. Agarró la gruesa y musculosa muñeca de su hermano.
—No hagas eso. No me atribuyas tus necesidades.
—Quieres retirarte, ¿verdad?
—Sí. Pero no puedes retirarte si estás muerto.
Keith sonrió; Bernie sonrió. De nuevo aquel estiramiento grotesco.
—¿No crees que Control apreciaría la iniciativa?
—No es un objetivo activo. No la pasaron a pendiente hasta esta semana.
Pendiente significaba que aún estaban ultimando los detalles. No significaba actuar.
—Pendiente está lo bastante cerca.
Craig apretó con más fuerza la muñeca de su hermano.
—No. No lo está. ¿Crees que aceptarían que quebrantásemos sus reglas? Imagínate que la hubieras matado: una agente de policía en activo, durante un acto público, delante de sus hijos y sin haber recibido la orden. Estaríamos muertos.
—¿Lo seríamos?
Craig apretó los dientes.
El fuego crepitaba entre ellos. El humo ascendía en volutas hacia el techo.
Craig tomó conciencia de su propia desnudez, del hormigón frío bajo sus pies, de lo absurdo de que dos hombres adultos permanecieran desnudos alrededor de un bidón de aceite en llamas mientras hablaban de asesinato.
Y uno de ellos aún llevaba el rostro de otro hombre.
Al final soltó la muñeca de Keith.
Parecía inútil. Su ira no lo llevaría a ninguna parte. Su hermano no tenía arreglo.
—No puedo salvarte —dijo Craig.
—Rose. La de las coletas.
Una sonrisa. El rostro de un desconocido canoso abriéndose en algo que no debería existir en ningún ser humano.
—Es una auténtica monada.
Craig lanzó una patada y barrió el pie de Keith. Su hermano cayó de rodillas. Retorciéndole el brazo con una mano y sujetándolo por la nuca con la otra, Craig empujó el rostro de Keith hacia el bidón de aceite.
Le costó contenerse. Keith debía de estar a solo un par de centímetros de las llamas. El calor tenía que ser abrasador. El humo, asfixiante. Pero no opuso resistencia.
—No les harás daño a esas niñas. ¿Me oyes?
Keith no respondió.
Craig acercó más el rostro de su hermano. Vio que la máscara empezaba a derretirse.
—¿Me oyes?
La silicona burbujeó y se deformó; los bordes se fundieron con la piel de Keith allí donde el adhesivo entraba en contacto con la carne. El pelo gris se ennegreció y se rizó.
Aun así, no emitió sonido alguno.
—¡Respóndeme!
La nariz de Bernie se ablandó, se dobló y empezó a chorrear como cera de vela. El olor era acre, químico, antinatural: plástico quemado y algo peor debajo.
—¿Qué coño te pasa? ¡Contesta!
Keith gimió por primera vez.
No sería por miedo. Sería por el dolor de la silicona al adherirse a sus pómulos, su mandíbula y la delicada piel alrededor de los ojos.
—Lo que... tú... digas... hermano...
Lo soltó. Lo apartó de un empujón.
Keith rodó hasta quedar boca arriba, jadeando.
Cuando apartó las manos, se llevó consigo tiras de silicona que se desprendieron como cintas y dejaron al descubierto la piel en carne viva y cubierta de ampollas.
Ya había desaparecido la mitad de la máscara; la otra mitad estaba fundida.
El pelo gris de Bernie se había ennegrecido, pero, cuando Keith arrancó la peluca, su cabello natural parecía intacto.
Se arrancó la nariz falsa, que se había convertido en una mancha de goma color carne.
—¿Por qué nunca te defiendes? —preguntó Craig.
Su voz sonaba hueca. Agotada.
Keith gemía en el suelo del taller. Había conseguido quitarse los últimos restos de silicona. Sin duda, las ampollas que bordeaban su rostro quemado empeorarían durante las horas siguientes, lo atormentarían una temporada y dejarían cicatrices.
Pero Craig había visto cosas peores. Mucho peores, en el campo de batalla.
Un par de segundos más, sin embargo, probablemente habrían tenido un desenlace mucho más sombrío.
Desnudo como Dios lo trajo al mundo, Craig contempló la Harley en la que Cecilia y Kelly nunca montarían y comprendió, casi con total certeza, que, si su hermano seguía así, él estaría muerto antes de poder retirarse.
Y tampoco llegaría a montar nunca en ella.