Los Asesinatos de la Granja (Los Crímenes de Yorkshire 8) Capítulo 29
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Capítulo 29

A ntes de que sus manos llegaran a tocarse, Bernie dijo:

—He oído hablar mucho de ti, inspectora jefa Emma Gardner.

Ella retiró la mano de golpe.

—¿Quién eres?

De pronto, Bernie pareció erguirse, como si hasta entonces hubiera estado ocultando lo alto que era.

De inmediato, la mirada de Gardner se desvió hacia el cuello de la camisa.

Cerca de donde la tela se encontraba con la piel había una línea fina e irregular.

De no ser por el intenso sol, quizá habría resultado invisible.

A ambos lados de aquella línea, la piel parecía tener una textura distinta.

Al comprender por qué, dio un paso atrás.

No era piel. Era otra cosa: silicona, quizá. Una máscara. El borde se estaba despegando con el calor.

—¿Quién eres? —repitió.

Lo miró a los ojos y una sensación gélida se apoderó de ella.

Había crecido con unos ojos como aquellos. Los había observado al otro lado de la mesa durante el desayuno, había visto cómo calculaban y evaluaban sin sentir absolutamente nada.

Tienes que correr , siseó Yorke desde el fondo de su mente.

—Aléjate de mi familia.

Y entonces se desató el caos.

Unos sanitarios se abrían paso entre la multitud más adelante. La gente jadeaba, se arremolinaba y estiraba el cuello. El ambiente festivo se había agriado hasta convertirse en algo completamente distinto.

Gardner se apartó a un lado para ver mejor. Los sanitarios se dirigían hacia la catedral.

Por el rabillo del ojo, vio que Bernie se daba la vuelta y se alejaba.

—¡Eh, detente!

Pero él la ignoró, y la gente que quería ver qué ocurría empezó de pronto a apiñarse a su alrededor.

—Mierda —dijo, mirando alternativamente a Bernie, que ya estaba casi fuera de su alcance, y la caótica entrada de la catedral—. Mierda… mierda…

Optó por la catedral.

—Esperad aquí y no os mováis —le dijo a Barry.

Después empezó a abrirse paso entre la multitud, alzando su acreditación policial.

—Policía. Apártense, por favor.

La gente la apretujaba por todos lados: los curiosos, los preocupados y quienes solo se sentían importunados. Alzó aún más la acreditación y endureció la voz.

—Policía. Déjenme pasar.

Un hombre con sombrero panamá se apartó de mala gana. Una mujer estrechó a su hijo contra sí. La puerta occidental de la catedral se abría ante ella como una boca oscura y fresca.

Dentro, los turistas se agolpaban en la nave, susurrando y señalando hacia el claustro.

Gardner se abrió paso entre ellos y cruzó el claustro casi a la carrera, mientras la galería cubierta amplificaba el sonido de sus pasos.

A través de los arcos oblicuos, el sol abrasaba el cuadrado de césped.

Más adelante, un corrillo se había congregado a la entrada de la sala capitular; tenían los rostros pálidos y hablaban en voz baja.

La escena del interior la dejó helada.

Un hombre yacía despatarrado sobre las baldosas medievales, rodeado de sanitarios con uniformes verdes.

Rondaba los setenta. Tenía aspecto de académico: pelo gris, gafas de montura metálica torcidas y una chaqueta de tweed arrugada bajo el cuerpo.

Cerca del pilar central había quedado tirado un bastón.

Los sanitarios trabajaban con desesperación —compresiones torácicas, palas del desfibrilador, inyecciones—, pero Gardner comprendió por sus caras que no había esperanza.

—Parece un infarto —dijo uno de ellos, sentándose sobre los talones—. Probablemente haya muerto rápido.

Gardner se acercó y sus instintos de detective se impusieron a todo lo demás. Estudió la escena. La posición del cadáver. La ausencia de traumatismos evidentes.

Pero algo no encajaba.

El rostro del hombre había quedado petrificado en una expresión de agonía; no mostraba la confusión laxa de un paro cardiaco, sino algo más violento. Su piel presentaba una extraña coloración rojiza y moteada.

Cuando se acercó demasiado, uno de los sanitarios le hizo un gesto para que retrocediera.

—Le pasa algo en la mano. Algún tipo de contaminante.

La mano derecha tenía un color anómalo. Rojo. Casi parecía quemada.

Gardner mostró su acreditación y se inclinó hacia él.

—¿Qué crees que ha sido?

—¿Envenenamiento?

Asesinado, pensó.

¿Otro traidor?

Inspiró hondo.

—Esto es una escena del crimen. —Miró al sanitario—. Da el aviso. Hay que asegurar la zona…

Su mente volvió de golpe al extraño individuo.

Bernie.

En su mente, vio a aquel cabrón tendiéndole la mano.

Un guante de cuero negro.

La otra mano desnuda.

La máscara.

Dios mío.

Había estado justo a su lado.

Se volvió. Dos agentes jóvenes le mostraron sus acreditaciones policiales.

—Estamos fuera de servicio —dijo una de ellas— y hemos oído el alboroto.

—Asegurad la escena —dijo Gardner. Intentaba que el pánico no se notara en su voz, pero apenas lo conseguía—. Creo que lo he visto.

—¿A quién? —preguntó la otra agente.

—Al hombre que ha hecho esto. Y había estado hablando con mi familia. Lo siento, pero tengo que irme.

Las agentes parecieron atónitas ante su repentina marcha.

Gardner volvió a abrirse paso entre la multitud y salió.

La concurrencia ya había disminuido. Nada acababa tan rápido con un ambiente festivo como una muerte.

Examinó a la gente hasta que divisó a Barry y a las niñas en el césped.

Solo ellos.

Respiró aliviada y se acercó deprisa para abrazarlos a todos, conteniendo las lágrimas.

—¿Qué ha pasado ahí dentro? —preguntó Barry, apartándola de las niñas.

—Un hombre se ha desplomado. Ha muerto. Dicen que ha sido un infarto —respondió en voz baja.

Miró por encima del hombro y vio a Rose y Ana corriendo en círculos, con las carpas que estaban desmontando como telón de fondo.

—Qué pena —dijo Barry.

Gardner volvió a mirarlo y asintió, pero tenía los sentidos y la paranoia en máxima alerta. Sabía que había sido un asesinato. Y sabía —con una certeza que le revolvía el estómago— que ella también había estado a punto de convertirse en una víctima.

—¿Quién era ese hombre? —preguntó Gardner.

El hombre que intentó estrecharme la mano.

El hombre que intentaba matarme.

—¿Bernie? —dijo Barry—. Ni idea. Apareció de la nada y se puso a hablar con Rose y Ana.

Decía que de pequeño le encantaban los helados.

Que a Rose le quedaba muy bien el pelo recogido en dos coletas.

Preguntó si podía tocárselas. Dijo que era una monada.

—Frunció el ceño—. Intenté no ser grosero, pero estaba a punto de decirle que se apartara.

Por suerte, apareciste tú y rompiste la tensión.

Una monada.

A Gardner se le revolvió el estómago y el corazón le dio un vuelco.

Agarró a Barry por el brazo.

—¿La tocó? ¿A Rose?

Él negó con la cabeza.

Parecía asustado, probablemente porque ella tenía los ojos muy abiertos.

—¿Por qué? ¿Qué está pasando, Emma? Esto no me gusta.

Gardner negó con la cabeza.

—No pasa nada, yo…

Se interrumpió al ver a dos hombres de pie cerca del límite del recinto de la catedral, observándola.

Y, aunque los separaba cierta distancia, supo sin más que uno de ellos era Bernie.

—Dios mío —dijo Gardner, saboreando en el fondo de la lengua el champán que había bebido antes.

—Emma… ¿qué…?

Se soltó del brazo de Barry y empezó a caminar hacia ellos.

Los hombres no se volvieron.

No parecían estar haciendo nada. No susurraban ni señalaban, ni tampoco se apresuraban hacia las salidas. Permanecían completamente inmóviles.

Con la quietud de unos depredadores que no necesitaban darse prisa.

Notó que Barry intentaba cogerla de nuevo por el brazo, pero ella se zafó de un tirón.

—Quédate atrás, Barry.

Bernie mantenía las manos entrelazadas con soltura delante del cuerpo. Una de ellas estaba enguantada.

El otro hombre era más bajo, pero también más corpulento y mayor. Su postura indicaba que estaba más tenso que su compañero. Sus ojos eran distintos. Cansados. Casi tristes.

Eran dos.

Sintió cómo se encendían todas y cada una de sus terminaciones nerviosas.

¿Qué coño queréis?

¿Pero no es evidente? , imaginó que preguntaba Yorke.

Estás mirando en la dirección completamente equivocada , había dicho Fairweather.

Miró a su espalda, hacia el escenario en el que Fairweather había estado antes.

Por supuesto, hacía rato que se había marchado.

¿Tenía razón?

¿Estaba mirando en la dirección equivocada?

Volvió la vista hacia los dos hombres. Se alejaban en dirección contraria. No corrían. No se apresuraban. Se limitaban a caminar con calma, de manera deliberada y sin prisas.

¿Estaba ocurriendo algo más allí?

El Artículo SE es una idea, había dicho Fairweather.

Así que, si el Artículo SE era una idea, pensó, ¿qué coño había escupido aquel caldo tóxico?

Necesitaba saberlo, de modo que aceleró el paso en la dirección que habían tomado.

—¿Emma? —la llamó Barry a su espalda.

Avanzó deprisa, esquivando a una familia con un carrito de bebé y a un grupo de turistas congregados en torno a un guía.

Mantuvo los ojos fijos en las dos figuras que caminaban delante: Bernie, con sus ojos muertos, y su compañero de mayor edad, uno junto al otro en dirección al portón de High Street.

Los perdió de vista cuando atravesaron un grupo de turistas que fotografiaban el arco medieval.

Mierda… ¡no!

Aceleró. El corazón le golpeaba con violencia dentro del pecho.

El portón de High Street se alzaba ante ella: una construcción de piedra del siglo XIV, con la estatua de Eduardo VII observando desde su hornacina y la oscura boca del arco que conducía a la ciudad.

Setecientos años atrás, aquel portón había albergado una cárcel.

Ahora no era más que el umbral entre el recinto catedralicio y el mundo moderno.

Lo atravesó.

Al otro lado, la calle High Street de Salisbury se extendía ante ella, llena de compradores, turistas y furgonetas de reparto.

La multitud de la tarde se había vuelto más densa.

Un músico callejero tocaba la guitarra delante de una cafetería.

Un grupo de adolescentes se reía de algo que veían en un teléfono.

Miró a la izquierda. A la derecha.

Buscó a Bernie y a su compañero de mayor edad.

Nada.

Se adentró más en la calle, girando despacio sobre sí misma. El pulso le martilleaba. El sudor le hormigueaba en la nuca.

Estaban allí. Justo allí.

Comprobó un callejón lateral. Estaba vacío, salvo por unos contenedores y una entrada de mercancías.

Volvió sobre sus pasos y miró hacia la plaza del mercado.

Habían desaparecido.

Se habían esfumado entre la multitud como si nunca hubieran existido.

Gardner permaneció en medio de High Street, en Salisbury, respirando con dificultad mientras su mente trabajaba a toda velocidad.

Pensó en las palabras de Fairweather: Hay un límite a lo que puedo hacer .

Pensó en la máscara. En el guante. En la mano quemada.

Pensó en aquellos ojos apagados y vacíos: los ojos de Jack en el rostro de un desconocido.

Pensó en las coletas de Rose y en cómo Bernie había pedido permiso para tocarlas.

Tus hijas son preciosas.

Sabían dónde estaba. Conocían a su familia.

Y querían que ella supiera que lo sabían.