Los Asesinatos de la Granja (Los Crímenes de Yorkshire 8) Capítulo 28
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Capítulo 28

—¡ S ocorro! —gritó Felix—. ¡Que alguien ayude! ¡A este hombre le está dando un infarto! ¡Llamen a una ambulancia!

Harold se retorcía y se debatía en el suelo. Intentaba comprender lo que ocurría a su alrededor, pero se alejaba rápidamente de la realidad.

La gente iba y venía apresurada. Las manos parecían surgir de la nada y abalanzarse sobre él. Las voces se atropellaban unas a otras.

En un momento dado, Harold vio entre la bruma un rostro irreconocible, de expresión preocupada, y sintió unos dedos en la garganta.

—Aún tiene pulso, pero lo tiene muy acelerado… demasiado acelerado.

Incluso en ese instante final, mientras las fauces de la muerte se cerraban sobre él, pensó en aquella carpeta, en la verdad y en todas las promesas que contenía.

¿Había sido siquiera real?

Claro que no.

No había sido más que un cebo. Un señuelo para atraerlo hasta allí, hasta aquel lugar, a morir bajo ochocientos años de piedra.

¡Qué ingenuo había sido! ¡Qué necio por confiar!

Ahora tenía ácido en la sangre, y el corazón le daba tumbos y se le agarrotaba como un motor que se queda sin combustible.

Sobre él, el techo abovedado daba vueltas. El friso medieval se emborronaba y ondulaba: Adán tendiendo la mano hacia el fruto prohibido, Eva aceptando el regalo de la serpiente, Noé contemplando cómo subían las aguas del diluvio.

El precio del conocimiento, pensó, presa de la desesperación. El precio de hacer preguntas.

Pensó en la Carta Magna, dentro de su vitrina de cristal. La Gran Carta. La promesa de que nadie —ni siquiera un rey— estaba por encima de la ley.

Mentiras, pensó. Todo eran mentiras.

Sobre él, el pilar central pareció oscilar: aquella esbelta columna de mármol oscuro que sostenía el peso de los siglos.

Y entonces todo se volvió negro.