Capítulo 27
— L os de la SEROCU juegan con fuego —dijo Fairweather—.
Pero lo hacen protegidos por un escudo: el uniforme, la agencia, el peso institucional de lo que representan.
Si atacas a uno de ellos, se te echan encima cuatro cuerpos de policía y medio Whitehall.
Nadie paga ese precio de buen grado. Contigo no se paga el mismo precio, Emma.
Para la gente a la que investigas, no eres más que una mujer en una casa de alquiler con una pared llena de hilos rojos. Ningún coste. Solo trabajo de rutina.
—¿La gente a la que investigo? —Gardner soltó un bufido—. Eres tú, Fairweather, nadie más. Si me ocurre algo, sabrán que habrá sido por ti. He tomado medidas.
¿Así que una pared llena de fotos, teorías a medio cocer y un correo emotivo a Paul Riddick podían considerarse medidas? , pensó con la voz de Yorke.
Fairweather suspiró.
—Estás mirando en la dirección completamente equivocada.
Acabo de mencionar el Artículo SE. Lo que te pone en peligro es que los desafíes a ellos; no soy yo personalmente.
La realidad, Emma, es que tienes que dejar de mirar en todas direcciones.
Tienes que dejar de jugar con fuego. Déjaselo a la SEROCU.
La verdad es que suena igual que tú, Mike , pensó Gardner.
—Hablando de fuego —dijo Gardner—, acaban de quemar vivo a mi hermano en una favela brasileña.
Fairweather bajó la mirada con tristeza.
—Lo sé y lo siento. Le tenía cariño a Jack.
—¿Cariño a un sociópata? —Gardner soltó un bufido.
—No siempre es tan fácil encasillar a la gente. Jack...
—Ahórratelo. Conozco a mi hermano. ¿Mandaste matarlo?
Él alzó la mirada.
—Una vez más, insisto en que no soy un asesino.
—No te estoy grabando. Déjate de teatro.
—No es teatro.
—El año pasado lo ayudaste a huir del país; le diste una identidad nueva.
Fairweather se encogió de hombros.
—Sé que trabajaba para ti. Y lo sacaste de la cárcel para que te ayudara. ¿Por qué? ¿Qué hizo por ti?
La expresión de Fairweather no cambió.
—¿Mató él a los Pendleton?
—No sé de qué estás...
—¡Mataron a una familia! Incluido su hijo.
Él clavó la vista en el vacío.
—También eran traidores, supongo —insistió Gardner. Le temblaban las manos. Las entrelazó para ocultarlo—. Y Phil Rice...
—El padre de Phil Rice era un hombre espantoso.
—Phil no. Y Lucy, desde luego, tampoco.
Él volvió a mirarla. Tenía la expresión petrificada. Ni un atisbo de culpabilidad.
—Me enteré de lo de aquella joven... Fue una lástima.
Como si estuviera hablando del tiempo.
Ella alzó la voz.
—Porque el padre de Phil vendió información a potencias extranjeras hostiles durante treinta años, yo he perdido a dos de mis mejores amigos.
—Siento tu pérdida.
Se encogió de hombros con un gesto elegante, ensayado.
—Eres un animal. ¿Sabes cuántos años tenía Lucy O’Brien?
Fairweather asintió, pero no mostró culpabilidad.
—La edad de Collette.
Pareció que le temblaba un párpado.
—Y era igual de inocente.
Sus ojos se desviaron primero a la izquierda y luego a la derecha.
—Qué pérdida tan lamentable.
¿Lamentable?
Lucy, que la había abrazado en la oscuridad de su dormitorio y le había susurrado «te quiero» mientras Gardner permanecía paralizada, incapaz de corresponderle con esas mismas palabras.
Lucy, que le llevaba flores en los días malos y la hacía reír en los peores.
Lucy, a quien habían disparado por la espalda mientras huía para salvar la vida, asesinada por el delito de estar en el lugar equivocado en el momento equivocado.
¿Lamentable?
—¿Eso es todo lo que tienes que decir? Lamentable. Qué palabra tan débil y patética.
Le entraron ganas de abalanzarse sobre él allí mismo, de arañarle la cara, pero Graham se les echaría encima en cuestión de segundos, empuñando el arma.
—¿También será lamentable cuando muera yo?
Él la fulminó con la mirada.
—Jamás te haría daño.
—Ja.
Había algo en su fría expresión que daba a entender que hablaba en serio.
—¿Y eso por qué?
Él abrió la boca para responder, pero volvió a cerrarla.
—¿Por qué?
Esta vez sí habló.
—Basta.
Dio un paso hacia ella y bajó la voz. Su colonia era cara y sutil: sándalo con algo más oscuro por debajo, como flores pudriéndose bajo el perfume.
—Tienes que parar. Sea lo que sea lo que crees que estás haciendo, déjalo.
—¿Y si no lo hago?
Por el rabillo del ojo, vio que Graham avanzaba hacia ellos con paso decidido.
Fairweather levantó una mano para indicarle que se mantuviera alejado.
—Escúchame, Emma. Se acabó. Tus hijas son preciosas. Parecen felices. Sanas. Llenas de vida.
Tus hijas.
¿Un desliz deliberado? ¿Un recordatorio de que consideraba a ambas un medio de presión?
El hielo se extendió por su pecho.
—Cómo te atreves...
—No te estoy amenazando; te estoy avisando. Hay un límite para lo que puedo hacer.
—Dios mío, ¿qué es esto? ¿De pronto estás de mi parte? Mi caballero andante.
Graham estaba ya a un metro de ellos.
—Señor, ¿va todo bien?
Fairweather levantó la mano para imponer silencio a Graham sin apartar los ojos de Gardner.
—Solo soy un hombre de negocios preocupado por el patrimonio y la comunidad. Espero y rezo para que te resignes a aceptarlo, Emma, antes de que sea demasiado tarde.
Se alejó y sus guardaespaldas lo siguieron. Gardner se quedó paralizada, con las manos temblorosas, el corazón desbocado y la mente a toda velocidad.
Le gritó:
—¡Cabrón mentiroso!
Y aunque él no se volvió ni dijo nada, sus palabras de antes regresaron como un bumerán.
Tus hijas son preciosas.
Se dirigió hacia la multitud, buscando a Barry y a las niñas.
Se abrió paso entre los cuerpos con el pulso desbocado. Una mujer con un carrito le bloqueó el paso; Gardner la esquivó y estuvo a punto de chocar con un camarero que llevaba una bandeja de copas. Todos los rostros junto a los que pasaba parecían borrosos. Cada segundo se le hacía eterno.
Buscaba más o menos por el lugar donde habían estado antes.
Los encontró en el césped, pero no estaban solos.
Un hombre. De unos cincuenta años. Canoso. Inclinado sobre sus hijas.
A Gardner le dio un vuelco el estómago.
Aceleró el paso. Después echó a trotar. La multitud se espesó a su alrededor —familias que deambulaban, copas de champán que atrapaban la luz— y los perdió de vista durante tres segundos espantosos, hasta que la gente se apartó y pudo ver cada vez más cerca la expresión desconcertada de Barry y, junto a él, al hombre de pelo gris, encorvado sobre sus hijas como un cuervo sobre la carroña.
Al acercarse, vio que el hombre se movía de un lado a otro mientras hablaba con Barry.
Entonces se volvió hacia ella y la miró directamente.
No lo reconoció.
Por encima del hombro del hombre, captó la expresión perpleja de Barry y un encogimiento de hombros que decía: No tengo ni idea de quién es este .
—Me llamo Bernie —dijo el hombre.
Llevaba un guante a pesar del calor. De cuero negro. Ceñido. La otra mano, desnuda.
Le tendió la mano.
Gardner la miró. Lo miró a él. Miró unos ojos que, de pronto y por algún motivo, le resultaban familiares.
Su mano avanzó hacia la de él casi en piloto automático. Los buenos modales. El condicionamiento. El instinto de ser educada.