Los Asesinatos de la Granja (Los Crímenes de Yorkshire 8) Capítulo 25
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Capítulo 25

E n un abrir y cerrar de ojos, el guardia de seguridad se interpuso entre Gardner y Fairweather. Tenía la mano pegada a la pierna, donde debía de ocultar un arma.

—Graham, esta es la inspectora jefa Emma Gardner —dijo Fairweather—. Esto no es necesario.

—Señor, yo...

—¿Tengo que repetírselo? Es inspectora jefa. ¿Cree que va a asesinarme delante de una catedral? Aunque no esté de acuerdo con mis ideas políticas.

—¿Señor?

—Nada de numeritos. Tómese cinco minutos... ahora.

Graham se alejó con cara de estar tremendamente cabreado. Fairweather observó a Gardner con el paciente interés de un hombre que disponía de todo el tiempo del mundo. Después acortó la distancia que los separaba.

El corazón de Gardner latía desbocado.

¿Qué demonios estás haciendo, Emma? El pensamiento le llegó con la voz de Yorke. ¡Se suponía que ibas a parar!

Miró de reojo a Barry. Rose y Ana habían vuelto junto a él.

Respiró hondo, intentando calmarse, pero, cuando volvió a mirar a Fairweather, él también estaba observándolos.

—No —siseó ella—. No los mire.

Fairweather la contempló. Hinchó las mejillas y, por un instante, pareció dolido.

—¿Por quién me toma? Yo también tuve una hija, por si no lo recuerda. La quería.

Collette Willows. Su sargento detective en Wiltshire.

La mujer a la que Gardner había dejado sola en aquel piso de un bloque de gran altura mientras perseguía por las escaleras a un adolescente armado con un cuchillo.

Cuando regresó, Collette yacía destrozada en el parque infantil, doce plantas más abajo.

Gardner se culpaba desde entonces. Y aún seguía haciéndolo.

Pero Collette también era hija biológica de Fairweather, algo que Gardner no descubrió hasta mucho después. Un secreto que ni siquiera la propia Collette había conocido.

—No me haga reír. —No pudo contenerse—. Usted solo ama el poder.

Neville negó con la cabeza y luego esbozó una amplia sonrisa. Una sonrisa de político: cálida, ensayada.

—Todo el mundo ama el poder. Pero eso no significa que no haya espacio para amar otras cosas.

—Ella ni siquiera sabía que usted era su padre. Nunca se lo dijo.

—¿No hemos hablado ya de esto, Emma? Era mejor así. No quería ponerla en peligro. No estaba conmigo para que pudiera protegerla; por tanto, el anonimato siempre era la mejor opción.

—Podría haberse limitado a cambiar de trabajo —siseó Gardner.

—Amo demasiado a mi país para hacer eso.

—Eso mismo acabo de oírle decir a sus entregados admiradores. Todo un cruzado. Lástima que no sepan que carece por completo de escrúpulos.

—Camine conmigo, Emma.

—Preferiría no hacerlo.

Buena decisión , pensó con la voz de Yorke. Puede que no vuelvas.

Él puso los ojos en blanco. Su expresión lo decía todo. Si quisiera hacerte desaparecer, ya habrías desaparecido.

—Está a salvo.

—¿De verdad?

—Por el alma de mi hija.

Gardner suspiró y ambos echaron a andar por la hierba reseca, alejándose del escenario y de la catedral.

Y, lo que era más importante, alejándose de su familia.

—Collette siempre decía que era usted una detective tenaz. Apasionada.

Collette siempre había conocido a Fairweather como amigo de la familia. El acuerdo había sido decisión de él: era lo más cerca que se permitía estar. La madre de Collette se había mostrado conforme. Gardner imaginaba que la remuneración habría sido considerable.

—En el poco tiempo que hace que la conozco, no he visto nada que indique lo contrario. Debería haber previsto adónde acabaríamos llegando. Tal vez debería haber sido más cauto.

—¿Qué cree que habría pensado Collette de todo esto? —preguntó Gardner—. Que su padre biológico es un monstruo... ¿Ese es el verdadero motivo por el que nunca se lo dijo?

¿Por qué lo estás provocando? , preguntó Yorke desde su conciencia.

Fairweather suspiró, dio unos pasos más, volvió a detenerse y se giró hacia ella.

Sus miradas se encontraron.

—A veces, solo los monstruos pueden mantener a salvo este país.

Ella arqueó una ceja. No pudo contenerse y recitó los nombres de sus dos víctimas más recientes.

—Timothy Drake. Harriet Spring. Asesinados por ser unos traidores. ¿Se refiere a eso?

Fairweather respiró hondo. Al exhalar, dijo:

—Es mejor no hablar de cosas que no entiende.

—Entiendo de asesinatos. Mejor que la mayoría. Forma parte de mi trabajo.

—No he matado a nadie en toda mi vida.

—Dar la orden es lo mismo.

Él apartó la mirada.

—No sé de qué está hablando, inspectora jefa Gardner.

—¿Forma parte del Artículo SE?

Fairweather asintió.

—Ah... El enemigo de la SEROCU. Sabía que estaba muy unida a Michael, pero ¿cuánto le ha contado?

—La miró con preocupación—. El Artículo SE es una idea.

Como lo fue el comunismo. Siempre se puede conseguir que el enemigo encaje en una idea.

La SEROCU siempre ha sido muy buena en eso: en hacer que sus objetivos encajen en sus ideas.

Siempre me ha parecido un poco como intentar meter clavijas cuadradas en agujeros de bala.

Lo dijo casi con afabilidad, como quien le quita importancia a un pequeño contratiempo.

En algún lugar a su espalda, un sonido atravesó la extensión de hierba: un grito o una carcajada, uno de esos ruidos propios de un festival que podían significar cualquier cosa. Gardner no se volvió.

Estaba demasiado ocupada sosteniendo la mirada de aquel cabrón.