Capítulo 24
N ada más entrar en la catedral, Harold notó que la temperatura descendía de golpe; ochocientos años absorbiendo a las mil maravillas el calor de finales de verano. Ante él se extendían arcos góticos de estilo inglés temprano.
Se detuvo a recobrar el aliento, apoyado contra uno de los grandes pilares, mientras contemplaba la luz que se filtraba por las ventanas del claristorio en haces cargados de polvo.
El corazón, que fuera se había mantenido bastante sereno, le latía desbocado.
No se encontraba demasiado bien.
¿Adrenalina?
No deberías estar aquí. La voz en su cabeza le hizo estremecerse. Nunca conseguiría acostumbrarse a ella, pese a que lo acompañaba desde el ictus.
Se había intensificado cuando empezó a investigar el Novichok.
A la cadena de suministro que conducía, capa tras capa, hasta COLSIS Ltd, un contratista británico de defensa.
Después de recobrar el aliento, entró en el claustro, una galería cubierta que rodeaba un cuadrado de césped. Allí el sol brillaba con más fuerza y hacía más calor, pues sus rayos penetraban por los arcos inclinados.
Entró en la sala capitular, un edificio octogonal anexo a la galería oriental.
En el centro se alzaba una esbelta columna de oscuro mármol de Purbeck que sostenía un techo abovedado de una complejidad sobrecogedora.
Bancos de piedra recorrían las paredes octogonales, y un friso medieval representaba escenas del Génesis y el Éxodo: Adán y Eva tratando de alcanzar el fruto prohibido, Noé embarcando animales en el Arca, la torre de Babel elevándose hacia el cielo.
Al fondo había una vitrina de cristal con temperatura controlada que contenía uno de los cuatro ejemplares originales de la Carta Magna que aún se conservaban.
Los cimientos del derecho inglés: nadie, ni siquiera un rey, está por encima de la justicia.
Los turistas deambulaban y hacían fotos.
Una pareja de ancianos descansaba los pies sentada en uno de los bancos de piedra.
Un hombre robusto y curtido se acercó a él. No era lo que Harold esperaba. Se había imaginado a un tipo nervioso, con gafas y documentos apretados contra el pecho.
Felix Wilkes sujetaba una carpeta con sus manos fuertes y gruesas.
Parecía más un soldado que el académico que Harold había imaginado.
—¿Profesor Crabtree?
Harold asintió. La voz no le salía.
—Soy Felix...
—Lo sé —graznó. De repente sintió que le ardía la cara. Se desabrochó el botón superior de la camisa; de verdad tenía que dominar la ansiedad.
—¿Se encuentra bien? —preguntó Felix.
—Sí, por supuesto. ¿Por qué aquí? Hay tanta gente y hace tanto calor...
—A la vista de todos —dijo Felix—. Es el lugar más seguro para esconderse.
—Sí... quizá, si no hiciera tanto calor.
Se desabrochó otro botón.
—Hace calor —dijo Felix, y suspiró—. ¿Quiere sentarse? —preguntó.
—Vayamos al grano... Estoy... —Harold bajó la vista hacia su mano y se dio cuenta de que se estaba desabrochando un tercer botón, dejando al descubierto una maraña de pelo blanco.
¿Qué estaba haciendo?
Volvió a abrocharse rápidamente dos botones. Percibió compasión en los ojos de Felix. —Sí... —dijo Harold—. Quizá deberíamos...
Se interrumpió y se miró la mano derecha.
Le hormigueaba. La levantó y vio que le temblaban los dedos.
Abrió mucho los ojos.
Mierda... ¿Estaba volviendo a pasarle?
—¿Me entiende? —dijo Harold, temiendo estar arrastrando las palabras—. Creo que me está dando un ictus.
Felix asintió. —Le entiendo, pero está pálido. Siéntese.
El hormigueo se intensificó en la mano temblorosa de Harold.
Se quedó mirándola. Flexionó los dedos. Le dio la vuelta.
Y entonces el cálido hormigueo se convirtió en una sensación de ardor.