Capítulo 22
E l profesor Harold Crabtree siguió el sendero que discurría junto a los jardines, pero abrirse paso seguía siendo una pesadilla de mil demonios.
—Disculpen… Perdón… Déjenme pasar… ¡Cuidado, anciano a la vista!
Su bastón repiqueteaba contra el hormigón con cada paso trabajoso. Diez años después del ictus, su lado izquierdo aún le fallaba.
¡Los gestos de compasión podían contarse con los dedos de una mano! La mayoría se limitaba a verlo como un viejo chocho con un pie en la tumba.
Así que no sentía el menor remordimiento cuando, si alguien tardaba demasiado en dejarle sitio, se veía obligado a darle un golpe en la pierna con el bastón. Siempre refunfuñaban, pero siempre se apartaban.
En cuanto el empresario de cabello plateado subió al escenario, la multitud se desplazó hacia allí y le dejó más espacio.
Pero para entonces ya estaba agotado.
Sesenta y ocho años, y notaba cada uno de ellos. El calor tampoco ayudaba. El sudor le empapaba la chaqueta de lino y él arrastraba la pierna mala a cada paso.
Cerca de la entrada de la catedral, captó algunos fragmentos del discurso.
¡Sobre proteger los valores! ¡Una Gran Bretaña fuerte y segura! ¡Lo que nuestros hijos merecen!
De no haber dejado atrás sus mejores años, quizá se habría detenido a burlarse de los tópicos de siempre y de las promesas vacías; una versión más joven de sí mismo hasta podría haber soltado alguna pulla.
En sus años de formación había sido bastante hábil provocando a la élite de Wiltshire.
La puerta occidental de la catedral le brindó un respiro frente al sol implacable.
Consultó el reloj. Casi las dos y media.
A pesar de la multitud, había tardado bastante poco.
Su contacto le había dicho que se encontrarían a las dos y media, cerca de la sala capitular.
—¿Profesor Crabtree?
Se volvió, sobresaltado.
Un hombre había aparecido a su lado: tendría poco más de cincuenta años y llevaba el pelo gris muy corto, casi pegado al cráneo.
—Sí. Harold entornó los ojos. Era un hombre de aspecto peculiar. —¿Lo conozco?
—Bernie Town. Se acordará de mí, ¿verdad?
Harold no lo recordaba en absoluto. Aunque tampoco era extraño.
Habían pasado muchos alumnos por sus clases a lo largo de su carrera.
Aun así, prefería no mostrarse descortés con quienes habían compartido sus intereses.
—¿Cómo está? En realidad, no mentía; se limitaba a no corregir una impresión equivocada.
Bernie le tendió una mano enguantada.
¡Cuero ceñido con aquel calor! ¡Qué cosa tan rara! Aun así, se la estrechó.
El cuero era suave. Estaba caliente por el calor corporal del hombre. El apretón era firme, demasiado quizá, y se prolongó una fracción de segundo más de lo necesario.
Sus movimientos, como su aspecto, también resultaban extraños.
Era enérgico y vivaz, y se movía como un hombre más joven.
—Profesor, no sabe usted el honor que supone esto para mí.
Sus clases en Exeter me cambiaron la vida.
De verdad. La manera en que explicaba los enlaces químicos, la elegancia de la estructura molecular…
me abrió los ojos a un mundo que jamás había visto.
Harold vaciló.
También había algo extraño en sus ojos.
No parecían más jóvenes, sino demasiado inexpresivos… vacíos.
Pensó en las ventanas sucias de una casa abandonada cerca de donde vivía.
—Gracias —dijo Harold.
—Yo era un estudiante adulto —explicó el hombre con soltura—. Química, promoción de 1998. Empecé tarde la universidad; antes había estado en el ejército. Seguramente no se acuerda de mí. Éramos muchísimos y yo me sentaba al fondo. Pero yo sí me acuerdo de usted.
Harold asintió. Nada de aquella explicación le resultaba verosímil, pero había enseñado a miles de alumnos a lo largo de las décadas. Los rostros se confundían. Los nombres se desvanecían.
—Me encantaría charlar —mintió Harold—, pero he quedado con alguien.
—No se preocupe. Bernie levantó las manos en un gesto de sumisión.
Solo llevaba un guante.
Harold frunció el ceño. No pudo evitarlo.
Bernie debió de advertir su expresión. —Ah… el guante. Ja.
—No pasa nada —dijo Harold, pensando que era descortés esperar una explicación.
—Por el servicio militar del que le he hablado. Quedó dañada. Mucho.
—Siento oír eso.
—No lo sienta. Todavía funciona lo bastante bien como para estrecharle la mano al hombre que me inspiró. —Entonces sonrió, y la piel alrededor de la boca pareció plegarse y arrugarse, quizá más de lo que debería en un hombre de cincuenta y tantos años, y de pronto pareció mayor en vez de más joven.
—Bueno, de acuerdo, me alegro de verlo —dijo Harold mientras se daba la vuelta.
Bernie asintió. —Que tenga un buen día.
Harold entró en la catedral, pero algo lo impulsó a mirar atrás.
Bernie seguía allí de pie. Observándolo. Con aquella sonrisa afable clavada en el rostro y la piel plegada y arrugada a su alrededor. Sus ojos, ventanas planas y sucias, lo observaban, pero sin emoción alguna.
Un escalofrío le recorrió la espalda porque aquel hombre, Bernie, no parecía un hombre; al menos, no uno como ninguno que hubiera conocido hasta entonces.