Los Asesinatos de la Granja (Los Crímenes de Yorkshire 8) Capítulo 21
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Capítulo 21

P ese a que la aguja de la catedral de Salisbury era la más alta de Inglaterra —ciento veintidós metros de piedra pálida—, no parecía ofrecer demasiada sombra.

Además, hacía un calor poco habitual para finales de septiembre.

Gardner se despegó la blusa de la piel y contempló, incrédula, cómo Rose y Ana se perseguían por el inmenso césped del recinto catedralicio: el más grande de Inglaterra, treinta y dos hectáreas de verde impecablemente cuidado cercadas por murallas medievales.

¿Es que no se cansan nunca?

De un momento a otro tendría que llamarlas para darles instrucciones: que se pusieran las gorras y sacaran las botellas de agua.

Habían levantado carpas blancas sobre la hierba, con las lonas laterales enrolladas en un intento inútil por atrapar algo de brisa.

Las guirnaldas de banderines colgaban flácidas entre los postes.

Las banderas británicas colgaban lánguidas en el aire inmóvil.

Una pancarta proclamaba: Patrimonio y seguridad: protegiendo la Gran Bretaña tradicional.

Justo en el centro de las carpas había un pequeño escenario.

Torció el labio superior al pensar en quién aparecería dentro de poco. Aun así, ya no había forma de salir de aquella situación.

Cuando había quedado allí con Barry y las niñas, no tenía ni idea de que aquel monstruo fuera a dar un discurso. Creía que se trataba de un acto para recaudar fondos. No de una especie de mitin político.

Uno insidioso, sin duda; al menos, si la persona que estaba a punto de subir al escenario tenía algo que ver.

Barry, que llevaba un rato fuera reuniendo canapés gratis, emergió de entre la multitud con dos copas de champán.

—¿Hablas en serio? —dijo Gardner.

—Ya ves, ¿eh? Champán gratis. Yo creía que estaban recaudando fondos, no gastándoselos.

—Justo estaba pensando lo mismo.

Durante los dos minutos siguientes, Barry parloteó sobre la catedral; sobre su valor patrimonial: la historia, la arquitectura medieval. Era evidente que el aire tan inglés del evento lo había contagiado.

Se preguntó hasta qué punto seguiría entusiasmado su ex si supiera más sobre el hombre que estaba a punto de subir al escenario.

Aunque ella no pensaba advertirle.

Últimamente se había esforzado mucho por pasar inadvertida. Yorke la tenía vigilada, y sus advertencias acerca de la vulnerabilidad de sus hijas habían dado en el blanco.

La idea aún le rondaba la cabeza —en el fondo, pero también en primer plano, a decir verdad—, pero, por el momento, estaba demostrando estar a la altura.

Rose se acercó corriendo, sin aliento y con las coletas agitándose.

En el vestido llevaba prendida una chapa donde podía leerse «HOY CUMPLO 11» en letras brillantes.

—¿Podemos tomar un helado? ¿Por favor? Hace muchísimo calor.

—¿No estás llena después de tanta tarta? —preguntó Barry.

Habían ido directamente desde casa de Barry, donde las niñas se habían esmerado preparando una tarta con forma de castillo.

Ana apareció junto a su prima; llevaba el flequillo rubio pegado a la frente por el sudor. —¿Helado… por favor?

—¿Hay eco aquí? —dijo Barry.

Gardner dejó unas monedas en la palma de Rose. —No salgáis de donde podamos veros. Ninguna de las dos.

Las vio correr hacia la furgoneta de los helados, dos figuritas con vestidos de verano que zigzagueaban entre grupos de adultos con copas de champán en la mano.

Se le encogió el corazón al recordar la noche anterior.

Rose había preguntado por su padre.

Estaban acurrucadas en el sofá de casa de Gardner, con una película de dibujos animados en la televisión —colores vivos y animales parlantes cuyo argumento Gardner era incapaz de seguir—.

Estaba a punto de quedarse dormida, como le ocurría siempre con aquellas películas, cuando Rose se volvió hacia ella con sus serios ojos oscuros.

Aquello sacó a Gardner de su sopor.

Porque, durante un breve instante, había visto a Jack detrás de aquellos ojos.

A medida que crecía, su padre se manifestaba cada vez más en sus expresiones y sus gestos.

No poseía, claro, la misma mirada gélida que Jack, pero sí aquella franqueza inquietante, y a Gardner se le erizaba la piel.

—No paro de soñar con papá —había dicho Rose—. Tengo pesadillas.

Gardner quiso coger el mando y apagar la televisión, pero de pronto se le quedaron las manos paralizadas. Por suerte, Ana comprendió la situación y apagó el televisor.

Aún no se lo había contado a Rose. Seguía sin encontrar las palabras.

Ella misma continuaba intentando asimilarlo.

Era comprensible. No resultaba fácil aceptar que a tu propio hermano lo hubieran quemado vivo dentro de una pila de neumáticos en una favela brasileña, que el microondas lo hubiera reducido a cenizas y fragmentos de hueso mientras los miembros del cártel se mantenían al margen, sosteniendo su pasaporte falsificado como si fuera un trofeo.

Ni siquiera se lo había contado aún a Barry, porque sabía que la presionaría para que se lo dijera de inmediato a Rose, y con razón.

Pero Gardner seguía sin poder evitarlo. Tranquilizó a Rose, le dijo que no tenía por qué preocuparse y añadió: —Seguro que tu padre está pensando en ti ahora mismo. Deseando poder estar aquí por tu cumpleaños.

Después de que las niñas se acostaran, la culpa, siempre presente, se volvió insoportable. Gardner permaneció sentada a oscuras durante más de una hora, luchando contra un ataque de pánico e intentando desesperadamente impedir que su mente reconstruyera la escena.

Los neumáticos apilados alrededor de Jack. El olor acre y químico de la gasolina. Aquel primer momento terrible en que comprendió lo que estaba a punto de suceder. Había imaginado sus gritos hasta quedarse sin respiración.

Se había levantado varias veces, decidida a subir, despertar a Rose y darle la noticia, pero siempre se acobardaba cuando las siguientes palabras se abrían paso hasta la punta de su lengua: «Feliz cumpleaños, cariño.

Han asesinado a tu padre. Lo han quemado vivo.

Ni siquiera hay un cuerpo que enterrar».

Se extendió una oleada de aplausos.

A Gardner se le oprimió el pecho.

Una mujer con un vestido de flores ocupaba el escenario. —Acompáñenme a dar la bienvenida a nuestro orador principal. Un hombre que no necesita presentación. Un defensor del patrimonio británico y de la seguridad nacional. El presidente de Aegis Dynamics, el señor Neville Fairweather.

Gardner cerró los puños a ambos lados del cuerpo.