Capítulo 17
— H ace buen día para esto —dijo Keith desde el asiento del acompañante.
Craig gruñó. Keith estaba tomándoselo a la ligera. Le daba igual el tiempo. El sol de junio.
A aquel cabrón enfermo le daría igual el tiempo que hiciera.
Al fin y al cabo, estaban apostados frente a un colegio de primaria.
Eran las tres y cuarto y los hijos de Gardner estaban a punto de salir.
El colegio era un edificio victoriano de una sola planta, con altos ventanales y una valla de hierro pintado.
Los cristales estaban cubiertos de trabajos infantiles: huellas de manos de vivos colores, flores de papel de seda, una hilera de autorretratos con cabezas enormes y cuerpos de monigote.
Un conserje barría sin prisas el camino junto al portón, silbando una melodía sin ton ni son.
Todo era tan normal. Tan insoportable y repugnantemente normal.
Dentro del coche hacía calor. Craig había bajado la ventanilla un par de centímetros, pero aun así notaba cómo el sudor se le acumulaba bajo el cuello de la camisa.
Keith no se había movido. No había tocado el aire acondicionado.
No había cambiado de postura ni una sola vez en los cuarenta minutos que llevaban aparcados allí.
Esa inmovilidad. Esa paciencia aterradora.
Craig pensó en la cara de Sophie en el asiento trasero del Vauxhall. En el conejo al que le faltaba una oreja. En cómo Keith había encañonado a una niña de siete años sin el menor atisbo de vacilación.
Y ahora estaban aparcados frente a un colegio.
Esperando a que salieran los niños.
Apretó las manos sobre el volante. No estaba allí para hacer daño a nadie.
Solo era una misión de reconocimiento. Una evaluación de posibles medios de presión.
Pero, sentado allí, en aquel coche, junto a aquel hombre, vigilando aquellos portones, sentía que la línea entre observador y depredador se desdibujaba hasta casi desaparecer por completo.
—No me puedo creer que le hayas perdido el gusto —dijo Keith.
Por fin , pensó Craig.
Aquella mañana, por fin le había contado a Keith que solo le quedaban dos objetivos para retirarse, y hasta ese momento no había obtenido respuesta.
—No estoy seguro de que me haya gustado nunca.
—Eso no es verdad.
—Puede ser.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Sentarte en el jardín? ¿Jugar con tu nieta?
—Estaría bien tener un jardín. —Suspiró—. Aunque no sé si algún día conseguiré siquiera acercarme a mi nieta.
Los padres iban saliendo del patio, con sus hijos detrás. El caos habitual de la hora de recogida. Madres charlando. Padres mirando el móvil. Niños corriendo, gritando, viviendo sus vidas corrientes.
Craig los observó con algo muy parecido a la envidia.
Keith también los observaba, y Craig no quería ni imaginar qué se le estaría pasando por la cabeza.
—Ahí están —dijo Keith, inclinándose hacia delante.
Su expectación le revolvió el estómago a Craig.
La multitud de gente corriente se hizo más densa.
No lo saben, pensó Craig. Ninguno de ellos. Creen que el mundo es seguro. Creen que sus hijos crecerán, irán al colegio, se enamorarán y tendrán sus propios hijos. No saben que existen hombres como nosotros. Sentados en coches. Observando. Esperando.
A su lado, Keith también observaba.
Pero de otra manera.
Sus ojos pasaban de un rostro a otro, catalogando, evaluando.
Un depredador examinando un rebaño.
—Los veo —dijo el depredador.