Capítulo 18
G ardner recordó cómo había mirado Jack a Rose cuando se reencontraron: como si ella fuera la única luz en medio de su oscuridad.
Entonces recordó la carta que le había dejado cuando desapareció en noviembre, cómo le había dicho que estaba orgulloso de ella y que la quería. —No sé qué sentir —dijo Gardner cuando Yorke regresó de la barra con un vaso de agua para ella.
—Es comprensible. Se sentó con otra pinta.
Ya había decidido volver andando a casa. No vivía demasiado lejos.
—Jack atormentó a mis padres. Señaló una cicatriz. —Ya sabes lo que me hizo.
—Sí.
—Pero seguía siendo mi hermano. Y creo que quería a Rose. De verdad.
Yorke asintió.
—Entonces, ¿qué debería sentir? ¿Es aceptable guardar luto por ese hombre?
Yorke no respondió. No era de los que te decían qué debías sentir. Era de los que se quedaban a tu lado mientras lo sentías, algo infinitamente preferible.
Permanecieron un rato en silencio antes de que Yorke dijera:
—Hay algo más.
Gardner arqueó una ceja. —Adelante.
—Tienes que parar ya, Emma. De verdad.
No iba a insultar su inteligencia preguntándole a qué se refería. Era obvio. Pero no le importaba hablarle claro. —Ahora no puedo con esto.
Yorke dio un trago a la cerveza. —No, Emma, tiene que ser ahora.
Ella lo miró mientras sentía que la frustración le abrasaba por dentro. —¿Recuerdas la última vez que hablamos de esto? Su tono era cortante. Intentó contenerse —él era una de las personas más importantes de su vida—, pero estaba realmente al límite.
—Sí —dijo Yorke—. Dijiste: “Precisamente tú deberías saber lo que significa descubrir la verdad”.
—Pues me remito a eso...
—No es tan sencillo. Y ahora me voy a poner firme.
Ella soltó un bufido. —¡Te vas a poner firme!
A él se le encendieron las mejillas. —El Artículo SE trae problemas, y quiero que pares.
Artículo SE era un término utilizado exclusivamente por la SEROCU. Aludía a un amplio conjunto de organizaciones delictivas agrupadas bajo un mismo paraguas que, aunque independientes, a menudo estaban interconectadas de algún modo.
—Entonces, ¿me estás confirmando que Aegis Dynamics forma parte del Artículo SE?
Yorke suspiró. —¿Te sorprende?
—No... El Artículo SE, Fairweather, Aegis... Todos son igual de malos. Tal para cual. Me alegra que por fin me lo confirmes.
—Sí, bueno, ahora que lo sabes, ya sabes que tienes que apartarte.
Gardner sonrió. —¿Retirarme? Esto se pone interesante...
Yorke tamborileó sobre la mesa, frustrado. —Emma, esto no es algo que puedas tomarte a la ligera. Fairweather es un hombre peligroso, pero, si cuenta con el respaldo de otras organizaciones del Artículo SE, es dinamita. Si sigues pinchándolo, no puedes esperar que no explote.
—Eso es precisamente lo que esperaba.
Yorke hizo una mueca. —Eres insoportable. Había olvidado hasta qué punto.
—Tú me enseñaste todo lo que sé. Escucha. ¿Qué van a hacer? Soy inspectora jefa. Te lo digo desde ahora: Neville Fairweather y sus compinches no querrán atraer tanta atención.
—¿De verdad vas en serio ahora mismo?
El pulso de Gardner se aceleró ante la repentina exasperación en la voz de Yorke.
—Sí... Para Fairweather sería un quebradero de cabeza...
—¿Has olvidado lo que ocurrió en el norte?
Ella se estremeció y apartó la mirada. Tenía razón, por supuesto. Aun así... —Phil era...
—¡Inspector!
—Lo sé, pero aquello tenía que ver con los vínculos de su padre con la organización...
—Pero eso no viene al caso. Aun así mataron a un policía. ¿Crees que la placa significa algo para esa gente? Están muy por encima de la ley, o eso creen.
—Es que parece arriesgado para él...
—Sin ánimo de ofender, ha caído gente mucho más poderosa y con más contactos que tú.
—Lo sé, pero no todos contaban con... Suspiró. —¿Al inspector jefe Michael Yorke cuidando de ellos? Arqueó una ceja. —Está bien, ganas tú. Te escucho.
—Paras. Ahora mismo.
Ella apretó los dientes.
—¿De acuerdo?
—¿No puedo limitarme a echar una mano?
Él señaló la mesa. —Para por el bien de tus hijos.
Ella inclinó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos.
El pub pareció contraerse a su alrededor. Las risas se apagaron. La máquina tragaperras enmudeció.
Gardner pensó en Rose. En Ana.
—Ellos no...
—¿Has olvidado lo que le ocurrió a la hija de Drake? Claro que podrían hacerlo. No sé por qué no ves lo evidente.
Ella tragó saliva.
—Pero no eres ciega, ¿verdad?
Ella negó con la cabeza.
—¿Es que no puedes parar?
Ella asintió y abrió los ojos. —Mataron a mis amigos.
—Te suplico que pares. Él la cogió por la muñeca. —Te suplico que vuelvas a casa, desmontes ese muro y lo dejes de golpe.
Le soltó la muñeca.
Ella pensó en lo que Riddick le había dicho en un sueño allá por abril. Pero no te olvides de vivir mientras te empeñas en morir por la verdad.
Tal vez debía empezar a escuchar a quienes tenía más cerca.
Ambos terminaron sus bebidas.
Antes de dar el día por terminado, Gardner preguntó:
—¿Cómo se lo cuento a Rose? Lo de su padre.
La pregunta los sorprendió a ambos.
La expresión de Yorke se dulcificó.
—Ella lo quería —dijo Gardner—. Lo echaba de menos.
Yorke la miró con compasión. —Creo que deberías decírselo con Barry.
Gardner asintió.
—Y después, estate a su lado, al lado de los dos, todo lo posible, y deja en paz el otro asunto.
Fuera, en el coche, permaneció mucho tiempo sentada a solas.
Jack está muerto.
No parecía real.
Había pasado tanto tiempo preparándose para el enfrentamiento que jamás tendría lugar. Para las preguntas cuyas respuestas pensaba exigirle.
Solo quedaba el silencio.
Las lágrimas llegaron sin previo aviso.
No sollozó. No emitió sonido alguno. Se quedó allí sentada mientras las lágrimas le resbalaban por el rostro, con el dolor, el alivio y la culpa enredados en un nudo que no podía deshacer.
Cuando por fin arrancó el motor, supo lo que tenía que hacer.
Mike tenía razón.
Paul tenía razón.
Había llegado el momento de dejarlo atrás.