Capítulo 16
G ardner alzó la vista hacia el rostro tallado de Dioniso sobre la puerta de The Wyndham Arms: el antiguo dios del vino, que sonreía al verte entrar, pero fruncía el ceño cuando te marchabas.
Entrar allí era como retroceder en el tiempo.
Alfombras rojas, cómodos bancos de madera, el olor a cerveza de barril y madera vieja; y el murmullo apagado de los parroquianos que bebían allí desde antes de que ella naciera.
El inspector jefe Michael Yorke estaba en el reservado a un lado, rodeado de fotografías históricas y viejos mapas de Wiltshire.
Por lo general, parecía satisfecho mientras saboreaba una pinta de Summer Lightning, la cerveza más famosa del pub, pero en aquel momento fruncía el ceño igual que Dioniso cuando ella se marchaba.
El hecho de que le hubiera pedido que se reuniera con él allí, en uno de sus lugares más sagrados, decía mucho.
Necesitaba un lugar seguro: algo preocupante le rondaba la cabeza.
No hacía falta ser un genio para deducir de qué se trataba probablemente.
Al fin y al cabo, dirigía la SEROCU, la Unidad Regional contra el Crimen Organizado del Sudeste, y por eso estaba involucrado con las mismas organizaciones que Gardner había colocado temerariamente por toda su pared.
Su antiguo jefe, de cuarenta y nueve años, tenía ya hebras plateadas en el pelo; conservaba el cuerpo enjuto de un corredor de maratones, aunque sus contornos se habían suavizado. Costaba creer que hubieran pasado diez años desde que había sido el padrino de Anabelle.
Sonrió a la persona a la que respetaba más que a nadie. Siempre había ejercido el mando con integridad y haciendo especial hincapié en el trabajo en equipo, y a menudo se enorgullecía de llamarlo su mentor y su inspiración, aunque eso lo hiciera ruborizarse.
Sin embargo, no se lo dijo en ese momento. No parecía estar de humor para trivialidades.
Al sentarse, reparó en el vasito de whisky que acompañaba a su cerveza.
En los veinte años que llevaba conociendo a Yorke, jamás lo había visto pedir un whisky para acompañar la cerveza.
—¿Qué tal el trabajo? —preguntó mientras se sentaba.
—Mucho jaleo. Sus ojos cansados lo decían todo.
Los de la SEROCU eran quienes se enfrentaban al crimen organizado grave en cuatro demarcaciones policiales: Thames Valley, Hampshire, Surrey y Sussex.
Redes de narcotráfico. Trata de personas.
Operaciones que atravesaban las fronteras del tráfico de drogas comarcal y también las internacionales.
Yorke tenía acceso a información de inteligencia y contactos con los que Gardner solo podía soñar.
Información y contactos que convertirían su mísera pared en el hazmerreír de cualquiera.
—¿Y el tuyo? —preguntó Yorke.
—Tranquilo —respondió ella—. ¿Y si organizamos un intercambio de puestos?
Él arqueó una ceja ante la ocurrencia. Se abstuvo de hacer el comentario más obvio: que ella aprovecharía su autorización para exprimir toda la información posible sobre Fairweather y Aegis Dynamics. Probablemente porque sus motivos para hacerlo tenían que ver con la pérdida de dos compañeros.
—Así que... —dijo ella—. Me has traído aquí para darme una mala noticia.
Él suspiró y asintió mientras miraba alrededor. De pronto pareció arrepentirse de haberla llevado allí. Al fin y al cabo, en el Wyndham no debía ocurrir nada malo. La peor noticia tendría que ser la cancelación de un partido de dardos o que se agotara un barril.
—Primero ve a por algo de beber.
—Estoy bien.
Él empujó el whisky hacia ella.
—Ja. No soy una bebedora empedernida.
Él volvió a suspirar y bajó la mirada, como si la noticia que iba a darle pudiera terminar provocando precisamente eso.
—Vamos, suéltalo ya, Mike.
—Es Jack —dijo Yorke.
Su hermano. A Gardner se le encogió el estómago. Sabía lo que él iba a decir a continuación.
—Ha muerto, Emma.
A su espalda, la máquina tragaperras escupió unas monedas. Alguien lanzó un grito de júbilo.
—Lo siento —dijo Yorke.
Ella tragó saliva. —Ah. Se dio cuenta de que la palabra le había salido plana. Vacía.
Él alargó la mano para coger la suya. —Lo siento muchísimo.
Ella esquivó su mano y, en su lugar, fue a por el whisky que le había ofrecido.
Se lo bebió como si fuera una medicina.
Asintió, cerró los ojos, sintió el ardor y esperó a sentir algo.
Pero no llegó nada.
Jack. Su hermano. Su hermano sociópata, manipulador y peligroso. El hombre que le había fracturado el cráneo cuando tenía ocho años. El hombre que había engendrado a Rose y luego la había abandonado.
Muerto.
Abrió los ojos. —¿Cómo?
Yorke metió la mano en la chaqueta y sacó el móvil. Lo desbloqueó, buscó una fotografía y lo deslizó por la mesa hacia ella.
Un pasaporte.
La cara de Jack. Debajo, el nombre: Michael Anderson.
—Lo utilizó para salir del país en noviembre.
Desde entonces ha estado en Sudamérica. La imagen de este pasaporte fue enviada a la Policía Federal de Brasil hace tres días, junto con una nota en la que los acusaban de infiltrar a un espía en una favela controlada por uno de los cárteles dedicados a la trata.
La policía brasileña la remitió a Interpol.
Los datos biométricos coincidían con nuestros archivos.
Gardner contempló la fotografía. Aquella cara. Aquellos ojos. El vacío donde debería haber habido calidez, aunque nunca la había mostrado.
Noviembre.
Cuando murieron Lucy y Phil.
Cuando ella dejó Knaresborough para regresar a Salisbury.
Siete meses atrás, y todavía parecía una pesadilla oscura y fragmentada que había sido tan vívida que no conseguía olvidarla.
—No lo entiendo —dijo Gardner, frotándose las sienes.
Yorke alargó el brazo y puso la mano sobre la de Gardner. —No tiene demasiado sentido.
—¿Por qué iba a estar en una favela?
—Ni idea.
Ella arqueó las cejas. —¿Dónde está el cadáver?
Yorke vaciló, suspiró y la miró con tristeza. —Lo siento, no hay cadáver.
—Entonces, ¿en realidad no sabemos si está muerto?
—La policía brasileña está segura. Hay precedentes. Cuando ocurre esto, nunca se recupera el cadáver. Bajó la vista hacia su pinta. —No es agradable...
—Cuéntamelo. Ella retiró la mano de debajo de la suya.
Él volvió a levantar la mirada. —Los cárteles de Brasil tienen un método. Bueno...
—Mike.
Él le sostuvo la mirada. —Lo llaman micro-ondas .
Microondas. Meten a la víctima en una pila de neumáticos, los rocían con gasolina y les prenden fuego.
Hizo una pausa. —El cadáver queda carbonizado en cuestión de minutos.
No queda más que ceniza y fragmentos de hueso.
Es imposible identificarlo por medios convencionales.
El pasaporte es su trofeo, su advertencia a la policía para que no envíe a nadie más.
Horrible.
Tragó saliva, deseando tener otro whisky.
Rose jamás podría conocer los detalles reales de la muerte de su padre.
Al menos, no hasta que fuera lo bastante mayor.
Aunque ¿alguna vez se podía ser lo bastante mayor para algo así?
Gardner hizo una mueca. —¿Por qué iba Jack a trabajar para la policía de Brasil?
—Aún no sabemos gran cosa, Emma. Lo siento. ¿Puedo traerte algo de beber?
Ella negó con la cabeza. —Tengo que conducir. Señaló su vaso con un gesto. —Y puede que tú necesites que te lleve a casa.
Él negó con la cabeza. —No beberé más.
—Pero ¿y ahora qué? —preguntó Gardner—. ¿Qué van a hacer los brasileños al respecto?
La expresión de Yorke lo dijo todo.
—¿Nada?
La voz de Yorke sonó plana. Profesional. La voz que empleaba en las reuniones informativas. —Los brasileños lo consideran una ejecución de un cártel. Caso cerrado.
—¿Hay algo que podamos hacer desde aquí?
—Lo intentaré...
Lo cual significaba que había pocas esperanzas.
—¿Y si esos asesinos se equivocaron de persona? —preguntó Gardner.
—Puede —dijo Yorke—. Pero supongo que, si tenían el pasaporte, creían tener a la persona de la fotografía... Yo no albergaría demasiadas esperanzas, Emma... Dios, cuánto lo siento...