Los Asesinatos de la Granja (Los Crímenes de Yorkshire 8) Capítulo 15
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Capítulo 15

E mma estaba de pie junto a la torre del homenaje, sola.

A sus pies, el río Nidd serpenteaba por el desfiladero, negro e inmóvil bajo los arcos del viaducto. La piedra estaba fría contra su espalda. No había luces en el pueblo. No se oía nada salvo el viento entre los árboles desnudos.

Conocía aquel lugar. Había estado allí cientos de veces desde aquella primera noche.

Sintió la presencia de Paul a su lado.

—Aquí fue donde nos conocimos —dijo él.

—No deberías estar aquí —dijo ella, mirándolo.

—Tú tampoco.

—Bueno, en realidad, yo siempre estoy aquí. Casi todas las noches. Sola. No sé por qué.

—No estás sola. Leo lo que me escribes.

—Nunca te lo envío.

Paul alargó la mano y tomó la de ella. Tenía los dedos calientes.

—Lo único importante es que comprendas que ha llegado el momento de parar.

—¿Parar qué?

—Lo de la pared de tu despacho.

A sus pies, el río Nidd empezó a moverse. Despacio al principio y luego más deprisa, como si de pronto se hubiera desbordado. El estruendo rompió el silencio.

Ella apartó la mano.

—¿Tú pararías?

Él no contestó.

—Utilizaron a una niña para matar a un padre —dijo ella.

—Lo sé.

—Quemaron a una joven que tenía toda la vida por delante.

Él asintió.

Ella se volvió hacia él, fulminándolo con la mirada.

—Mataron a Phil y a Lucy.

Él le cogió ambas manos y se las apretó con fuerza.

Ella cerró los ojos.

—Y también van a matarme a mí, ¿verdad?

Él no respondió. No hacía falta.

Eso era lo que tenían los sueños: en ellos no se podía mentir.

—Deja que otro cargue con esto —dijo Paul.

Ella abrió los ojos, volvió a apartar la mirada y se soltó.

—Tú no lo harías.

—Eso no es verdad. Te lo dije cuando desperté. Cuando me salvaste. Ya no quería seguir persiguiendo fantasmas.

Ella respiró hondo.

—Y…

—Y tú te marchaste, Emma.

—Lo sé…

—Me dejaste.

—Paul…

Intentó cogerle la mano, pero sus dedos se cerraron sobre el vacío.

Solo las almenas desiertas. Solo el viento.

—No te olvides de vivir —dijo su voz, que ya se desvanecía— mientras te empeñas en morir por la verdad.

Ella volvió la mirada hacia el paisaje. El río había subido ya hasta la base del viaducto y engullía el sendero por el que habían paseado juntos por primera vez. Donde todo había comenzado.

Observó cómo subía. Como si se alimentara de su miedo.

Gardner despertó con un jadeo.

Su despacho. Su escritorio. La lámpara aún encendida. Durante unos instantes, todavía sintió el frío de la piedra del castillo contra la espalda.

Después se desvaneció. Como hacía él siempre.

Se incorporó despacio, con el cuello dolorido por la postura incómoda. El reloj de su portátil marcaba las 2.47 de la madrugada.

Tenía la cara mojada.

Se tocó la mejilla. Lágrimas. Había estado llorando en sueños.

No te olvides de vivir mientras te empeñas en morir por la verdad.

Abrió el correo para Riddick.

¿Se refería a eso?

Si lo enviaba, ¿volvería a vivir?

Su dedo quedó suspendido sobre el botón de enviar.

Un clic. Eso era todo lo que hacía falta. Un clic y él lo sabría todo. Su investigación. Sus miedos. Sus sentimientos.

Un clic y quizá ya no se sentiría tan sola.

Cerró el portátil sin enviarlo.

Después hizo lo que hacía casi todas las noches cuando los niños no estaban.

Trabajó durante toda la noche. Cotejando datos. Tomando notas. Añadiendo conexiones.

Poco antes del amanecer, las manos empezaron a temblarle. No sabía si era por el agotamiento o por la pena.

Apoyó la cabeza en el escritorio.

Y no soñó nada.