Capítulo 14
D e rodillas, con la mano enguantada de Keith metida a la fuerza en la boca, Harriet se revolvía y tenía arcadas mientras le arañaba los brazos.
Si estaba mordiéndole, Keith no parecía sentir molestia alguna.
Esto era lo que él había temido: que aquellos momentos de agitación reprimida de Keith estallaran sin freno tras su gélida fachada.
Craig salió del coche y sacó la pistola. Salvó la distancia a grandes zancadas mientras enroscaba un silenciador; su aliento se condensaba en el aire ante él.
Ahora oía con mayor claridad la angustiosa lucha de Harriet.
Arcadas. Ahogos. Vómitos secos.
Era repulsivo.
A un metro de ella, levantó el arma.
Los ojos de Harriet encontraron los suyos. A través de las lágrimas, de los ahogos, de lo que fuera que Keith le estaba haciendo, lo vio. Vio la pistola.
Lo siento , pensó.
Le disparó en la cabeza.
Sonó un golpe sordo y amortiguado, y el cuerpo de Harriet se desplomó de lado, dejando la mano enguantada de Keith suspendida sin propósito, reluciente de saliva.
Keith asintió y luego bajó la vista hacia su chaqueta.
Craig siguió su mirada y vio las salpicaduras de sangre.
—Mira lo que has hecho —dijo Keith.
—¡No hablarás en serio! —dijo Craig, notando cómo la sangre le subía a la cabeza.
—Me has arruinado la chaqueta.
—¿Qué demonios estabas haciendo? Dijimos que sería rápido. Lo acordamos. Me lo prometiste.
—Quería que se atragantara con su culpa… —Keith se encogió de hombros—. Quería que se ahogara con la verdad de lo que era: una traidora.
Craig empujó a su hermano, que apenas se movió. —¿Y qué coño significa eso?
Keith le dirigió una mirada que daba a entender que jamás lo comprendería.
Craig se inclinaba a darle la razón. —Recoge la carpeta.
Keith se arrodilló y la recogió.
—Ahora dime… —Craig respiró hondo— qué le estabas metiendo a la fuerza…
Keith lo interrumpió levantando una mano. —Escucha.
Craig escuchó.
La sangre se le heló en las venas.
Un llanto.
Apagado, infantil, procedente de la parte trasera del coche de Harriet.
—Dios mío —dijo Craig.
Caminó hacia la parte trasera del Vauxhall. Apoyó sus manos enguantadas en el techo, aún sujetando la pistola con silenciador, y miró por la ventanilla con los ojos muy abiertos.
Cabello rubio y enmarañado. Ojos hinchados y rojos.
Abrazada a un conejo de peluche al que le faltaba una oreja.
Buscando a su madre.
Craig sintió las piernas huecas. La adrenalina empezaba a disiparse y dejaba en su lugar algo frío y nauseabundo.
—Ha traído a su hija —dijo Keith a su espalda.
—Sophie —dijo Craig.
Sophie oyó su nombre y alzó la mirada hacia Craig.
—Se suponía que estaría con su abuela. Los viernes por la noche. Siempre está con su abuela.
—Esta noche no —dijo Keith a su espalda.
¿Por qué coño parecía tan satisfecho?
Craig observó el reflejo de su hermano en el cristal: aquella quietud, aquella paciencia, superpuestas al rostro aterrorizado de la niña.
—No deberíamos habernos equivocado en esto —dijo Craig.
—No podemos pretender acertar siempre —dijo Keith.
En el reflejo, Craig vio que su hermano sacaba la pistola.
—Es una desgracia —dijo Keith.
Craig se volvió con los ojos muy abiertos. —¿Ahora sacas la pistola? —Enseñó los dientes y negó con la cabeza. Señaló a Harriet—. ¿Y antes, cuando se suponía que tenías que hacerlo?
—Cálmate, hermano —dijo Keith—. Nos ha visto.
—Tiene siete años.
—Ya tiene edad para hablar. ¿De verdad puedes estar seguro de que no sabría describirnos con claridad?
Craig se apartó, negando con la cabeza. Volvía a percibir aquella oscuridad en su hermano, a punto de estallar.
Cuando se volvió de nuevo, Keith apuntaba directamente a la niña, que ahora se tapaba la boca con una mano.
Se interpuso entre su hermano y la ventanilla.
—Guarda la pistola —dijo Craig—. Está demasiado oscuro. Es una niña de siete años.
Keith no se movió. Aquellos ojos vacíos ni siquiera parpadearon. Seguía apuntando con el arma. Si disparaba ahora, la bala atravesaría el corazón de Craig.
—No dejamos testigos —dijo Keith—. Esa es la norma. Siempre lo ha sido.
—Son circunstancias excepcionales.
—No estoy de acuerdo.
—Claro que no… Pero es una niña… Así que guarda la pistola o mata a tu propio hermano.
Por un instante, Keith vaciló. Algo se agitó tras sus ojos. ¿Se lo había planteado? ¿De verdad?
Craig decidió que no. Si lo hubiera hecho, ya estaría muerto.
Ahora fue Craig quien sintió que algo estallaba en su interior.
Le arrancó la pistola de la mano a su hermano.
Había sido demasiado fácil, lo sabía. Su hermano se lo había permitido. Pero eso no lo calmó.
Fuera de sí, Craig abofeteó con fuerza a Keith. La palma le golpeó el pómulo con un chasquido y violencia suficiente para hacerle girar la cabeza.
Keith volvió lentamente la cabeza. Su expresión apenas cambió.
—¿Qué clase de monstruo eres? —siseó Craig.
Keith no respondió. Craig creyó distinguir la sombra de una sonrisa en la cara de aquel cabrón insolente, lo que volvió a enfurecerlo.
Craig agarró a su hermano por el cuello de la chaqueta. Tiró de él y lo acercó. Lo bastante para ver el vacío tras aquellos ojos. Lo bastante para oler su aliento.
—Vuelve al puto coche.
Keith le sostuvo la mirada. Aquella mirada larga y calculadora.
Estaba sopesando sus opciones.
Craig soltó el cuello de la chaqueta de su hermano y lo empujó. —Ahora.
Keith se alisó la chaqueta salpicada de sangre. El instante se prolongó. El viento arreció e hizo susurrar las hojas de la carpeta que Keith llevaba en la mano.
En algún lugar a lo lejos, chilló un zorro.
Keith se dio la vuelta y regresó al coche. Se sentó en el asiento del copiloto y cerró la puerta.
Craig se quedó solo en el aparcamiento, con la pistola de Keith en la mano.
Miró el cuerpo de Harriet. El agujero en la cabeza. La sangre que se acumulaba bajo ella, negra a la luz de la luna.
Luego se volvió y miró el rostro de Sophie pegado al cristal, observándolo con unos ojos que jamás olvidarían aquel momento.
Otro fantasma que añadir a la colección.
Quizá los dos seamos monstruos , pensó Craig.
Quizá debería dejar de intentar convencerme de lo contrario.