Capítulo 7
C raig consiguió acercar la almohada a poco más de un centímetro de la cara de su hermano antes de echarse atrás.
Más cerca que nunca, pero no hubo suerte.
Inspiró hondo, se dio la vuelta y arrojó la almohada sobre su propia cama.
Al levantar la vista, recordó el momento en que su madre le había aferrado la mano en su lecho de muerte.
—Protégelo —había dicho Margaret Webb.
Él había asentido.
—No está bien de la cabeza… pero sigue siendo tu hermano.
—Lo sé.
—Entonces prométemelo —había insistido ella.
—Te lo prometo.
Volvió a bajar la mirada hacia su hermano dormido.
De no ser por aquella promesa, ¿habría sido capaz de hacer lo impensable?
¿O, mejor dicho, lo misericordioso?
La promesa había acompañado a Craig durante la expulsión de Keith y las acusaciones que deberían haber acabado con su carrera, pero que nunca llegaron a prosperar. Durante el trabajo que los llevó a ambos a lugares donde las reglas eran distintas.
Durante noches como aquella.
A lugares donde hombres como Keith podían prosperar.
Su hermano abrió los ojos. Una serena satisfacción se dibujaba en su rostro. —Lo hemos hecho bien, hermano.
¿No te preguntas por qué estoy de pie junto a tu cama, Keith?
Craig regresó a la ventana.
El cielo había cambiado mientras él sopesaba la posibilidad de quitarle la vida a su hermano.
El morado había desaparecido ya por completo, sustituido por un tenue dorado y un tono rosado.
Nubes finas se extendían por el horizonte como viejas cicatrices.
Los primeros coches salían del aparcamiento del hotel, aún con los faros encendidos y el vaho de los tubos de escape flotando en el aire.
Sin volverse, preguntó:
—¿Qué hiciste?
Hubo una pausa. —¿Perdona?
—¿Qué le hiciste al objetivo?
Se produjo otra pausa antes de que Keith contestara:
—¿A Tim?
Craig se volvió para mirar a su hermano. —No te hagas el tonto.
Keith estaba sentado en la cama. Se encogió de hombros. —Está muerto. ¿No era ese el plan?
—¿La mutilación formaba parte del plan?
Keith sonrió.
—Idiota. —Craig volvió la vista hacia el exterior—. Dime qué hiciste.
—Era un traidor.
—He dicho que me lo cuentes.
Keith le habló de las letras que le había hecho grabarse. Una por una. De cómo Tim había sollozado. De cómo la sangre le había corrido por el brazo hasta formar un charco sobre el escritorio. De cómo había vomitado a mitad de camino y habían tenido que recordarle lo que estaba en juego.
—Conviene ser más sutil, hermano —dijo Craig.
—Amenazamos a su hija. No creí que la sutileza fuera una prioridad.
Craig odiaba que hubieran hecho aquello. Pero algunos periodistas preferían morir antes que revelar la verdad; a veces, la familia era la única forma de asegurarse de que todo saliera como debía.
—Obligaste al padre de esa pobre niña a hacerse cortes —dijo Craig.
—Sí. ¿Y qué?
—Yo la miraba a los ojos mientras tú hacías eso.
—Sigo sin entender…
—Algún día crecerá sabiendo que su padre sufrió cuando murió. Cargará con eso para siempre. En cada pesadilla. Cada vez que cierre los ojos. Y sabrá que yo fui quien se lo hizo.
—Le estás dando demasiadas vueltas, hermano.
Craig negó con la cabeza y volvió a mirar por la ventana. El dorado se había vuelto más intenso. En algún lugar ladró un perro. Una mujer con un abrigo rojo cruzó el aparcamiento con un vaso de café en la mano.
—Si hubiera sabido cómo te sentías… —dijo Keith.
Ni se te ocurra decirlo , pensó Craig.
—… podría haberme encargado de la niña. De la chica.
No voy a dejar que te acerques a ningún niño.
—Has cambiado —dijo Keith—. Antes creías que los traidores eran traidores.
Craig no se dejó provocar. No tenía sentido. El dolor era la obsesión de su hermano. Su apetito. Infligirlo. Observarlo. Ver cómo deformaba los rostros, quebraba las voces y reducía a los seres humanos a animales suplicantes. Keith lo coleccionaba como otros hombres coleccionaban sellos.
Le repugnaba.
Siempre le había repugnado.
Pero solo ahora, después de mirar a los ojos a una niña de doce años, se había dado cuenta de que ya no podía tolerarlo.
—Voy a ducharme —dijo Keith.
Craig lo oyó desaparecer en el cuarto de baño. Un momento después, escuchó correr el agua.
Miró la almohada fuera de lugar sobre la cama en la que no había dormido.
Algún día, hermano.
Algún día, pronto.