Los Asesinatos de la Granja (Los Crímenes de Yorkshire 8) Capítulo 8
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Capítulo 8

G ardner gimió cuando sonó el despertador.

Probablemente apenas había logrado dormir tres horas y, desde luego, no le apetecía saltar de la cama, pero el deber la llamaba.

Tras los sucesos de Yorkshire y un breve permiso por motivos personales, se había reincorporado al trabajo con jornada reducida en Salisbury: treinta horas semanales en lugar de las más de cuarenta habituales.

Se habían portado bien con ella y no quería causarles problemas, así que se obligó a salir de la cama.

Trabajaba en la Unidad de Seguridad Comunitaria, un pequeño equipo dedicado a los delitos de odio.

Cinco agentes, incluida ella. Investigaban casos de abusos racistas, discriminación religiosa y ataques contra la comunidad LGBTQ+.

Un trabajo importante, pero mesurado. Predecible.

De esos que le permitían salir a una hora razonable y, las semanas que le correspondían, recoger a sus hijos del colegio.

Durante su primer mes, se había ocupado de un caso de vandalismo en la mezquita de Salisbury: habían pintado esvásticas con espray por toda la entrada y las CÁMARAS DE VIGILANCIA, muy oportunamente, no funcionaban.

Había rastreado la pintura hasta una ferretería de Amesbury e identificado a tres adolescentes de un instituto público de la zona.

Sus padres se habían quedado horrorizados.

Los propios chicos parecían más desorientados que llenos de odio; se limitaban a repetir la retórica que habían asimilado de sus hermanos mayores y de foros de internet.

Gardner había abogado por la justicia restaurativa en lugar de llevarlos ante los tribunales y había organizado encuentros entre los chicos y el imán.

Había tenido la sensación de que aquello era un avance.

Después había llegado la campaña de acoso contra una mujer transgénero de Wilton: meses de cartas anónimas, animales muertos abandonados ante su puerta y neumáticos rajados.

Gardner había colaborado con el equipo de delitos informáticos para rastrear las direcciones IP hasta identificar finalmente a un vecino que, durante la primera visita a su domicilio, había parecido de lo más agradable. Ahora estaba a la espera de juicio.

Y justo la semana anterior, una familia polaca de Tidworth había encontrado las ventanas de su casa destrozadas y una nota en la que les decían que se «volvieran a su país».

El padre trabajaba como contratista civil en Salisbury Plain, llevaba quince años viviendo en Inglaterra, pagaba sus impuestos y entrenaba al equipo de fútbol de su hijo.

Gardner se había sentado junto a la madre mientras lloraba y le había prometido una justicia que no estaba segura de poder ofrecerle.

Un trabajo importante. Un trabajo necesario.

Un trabajo que no acababa matando a sus compañeros.

Pero nunca bastaría para mantenerla alejada de la pared del piso de arriba.