Capítulo 5
C raig Webb llevaba observando el cielo desde que habían llegado al hotel.
Había acercado una silla a la ventana, separado las cortinas y permanecido allí sentado durante horas.
El cielo se teñía de púrpura con la proximidad del amanecer.
Keith, su retorcido hermano, agotado por la adrenalina y la dopamina, había dormido todo ese tiempo. No roncaba, pero su respiración era lenta y pesada.
A Craig le habría costado dormir incluso aunque hubiera querido. Sarah Drake había presentado una resistencia feroz cuando él llegó y, a sus cincuenta y ocho años, ya no era ningún jovencito. Se había golpeado la espalda durante el forcejeo y ahora estaba pagando las consecuencias.
Se estiró con una mueca de dolor.
Había llegado el momento de descansar, y no se refería solo a dormir bien una noche.
No. Pensaba en retirarse.
Su deterioro físico era una cosa, pero ¿la mirada de Grace mientras él le apretaba aquel cuchillo contra la garganta? Eso había sido la gota que colmaba el vaso.
Lo había invadido un cansancio que le calaba hasta los huesos.
La firme sensación de que ya había terminado.
Se acabó.
Craig había visto tantas cosas. Había hecho tantas cosas. Y, sin embargo, aquella niña aferrada al osito de peluche, con el miedo reflejado en los ojos, había sido la gota que colmaba el vaso.
Volvió a ver el hilo de sangre en el cuello de Grace y gimió.
Cerró los ojos y regresó al valle de Lašva. Bosnia, 1993.
Formaba parte del contingente de mantenimiento de la paz de la UNPROFOR, destinado cerca de Vitez con el Regimiento de Cheshire. Su misión era proteger los convoyes humanitarios, aunque la mayor parte del tiempo se limitaban a observar.
Mientras la limpieza étnica arrasaba la región.
La aldea de Ahmići. Abril. Habían llegado horas después de que los paramilitares croatas acabaran su trabajo. Las casas aún humeaban. Había cadáveres en las calles. El olor a carne asada no lo abandonaría jamás.
Y los niños.
Los niños.
Recordaba a una aferrada a sus piernas. Otra niña. Tendría unos doce años. Había señalado unos cuerpos carbonizados. Sus padres. Los escombros. Su hogar.
Él le dio una botella de agua.
Cuando se disponía a marcharse, ella le había agarrado la mano y se había negado a soltarlo. Él no entendía ni una palabra de lo que decía.
—Lo siento… Siento lo que te han hecho.
Porque esto era lo que ocurría cuando los hombres traicionaban a su propio pueblo.
Esto era lo que ocurría por culpa de los traidores.
Su teléfono vibró. Una alerta de noticias.
Leyó el titular:
El periodista de investigación Timothy Drake, de 53 años, hallado muerto en su piso de Richmond. La policía confirma que la vida de su hija fue amenazada en otro lugar. Varias fuentes apuntan a que hubo mutilación.
¿Mutilación?
Craig frunció el ceño. Había permanecido todo el tiempo en la habitación de la hija, siguiendo las instrucciones de Keith a través del auricular. Había oído los gritos del periodista, sus súplicas, pero no había visto qué le estaba obligando Keith a hacer.
Miró a su hermano.
¿Qué has hecho?
Keith se removió en sueños.
Keith solo tenía seis años menos que Craig, pero resultaba difícil creerlo cuando estaban uno al lado del otro.
Parecía diez, quizá quince, años más joven de lo que era: sin arrugas alrededor de los ojos, ni una cana en el pelo, con la piel tersa y sin marcas.
Como si la crueldad lo conservara. Como si el peso que aplastaba a otros hombres sencillamente resbalara por su espalda.
Craig, por el contrario, cargaba con todo. Los recuerdos. Los rostros. Las cosas que había hecho y que ya no podían deshacerse. Se notaba en cada arruga, cada dolor, cada cana.
Las necesidades de su hermano eran crueles y egoístas. Se alimentaba del dolor ajeno y disfrutaba especialmente causándolo.
Craig lo había advertido muy pronto, por supuesto.
Lo había visto sonreír cuando otros niños lloraban en el colegio.
Después empezó a notarlo más con sus padres.
Incluso consigo mismo. Keith había parecido feliz en el funeral de su padre, pese a que había sido un padre bastante bueno con ellos.
Pero fue durante aquel periodo de servicio en Bosnia cuando la verdad quedó confirmada.
Se levantó de la silla. Cruzó hasta su propia cama. Cogió una almohada.
La tensó entre las manos mientras recordaba una granja ardiendo a las afueras de Busovača en el invierno de 1994.
Estaban patrullando la carretera cuando vieron las llamas. Craig había querido detenerse para buscar supervivientes, pero las órdenes eran claras: observar e informar, no intervenir.
Keith, que conducía, redujo la velocidad del Land Rover hasta avanzar a paso de hombre. No para ayudar. No para evaluar la situación. Solo para mirar.
Craig aún podía oír los gritos procedentes del interior de aquella granja. Aún podía ver las siluetas tras las ventanas, con las manos apoyadas contra un cristal que ya estaba demasiado caliente para tocarlo.
Y durante todo ese tiempo había visto el rostro de su hermano iluminado por el resplandor de las llamas: sereno, fascinado.
—Conduce —le había dicho Craig a su hermano menor.
—Todavía no.
Craig oyó a su hermano respirar hondo, alimentando el oscuro apetito que se agitaba tras aquellos ojos.
—Keith. Conduce. Ahora.
Keith se había vuelto hacia él, mostrándole la frialdad y la oscuridad habituales en su mirada.
Craig ya sabía que Keith carecía de compasión por sus semejantes. Pero no fue hasta aquel momento cuando comprendió la verdad más cruel: que incluso su propio sufrimiento y su dolor habrían alimentado aquella oscuridad en su hermano menor.
Una revelación devastadora, pero importante.
Craig se aseguró de mantener a su hermano alejado del lecho de muerte de su madre.
No podía permitir que Keith encontrara alimento alguno en el sufrimiento de su madre.
¡Y qué irónico resultaba ahora que, aunque era Keith quien se nutría del sufrimiento de cuantos lo rodeaban, fuese Craig quien estuviera allí de pie sosteniendo aquella almohada!
Pero Craig lo consideraba un acto de misericordia.
No obtendría ningún placer de ello.
Trataría de hacerlo rápido.
Habría cierto forcejeo, inevitablemente. Unos minutos de presión.
Y después todo habría terminado.
El mundo se libraría de algo irremediablemente roto.
Y su hermano ya no tendría que seguir soportando aquella existencia.
Acercó la almohada. A dos centímetros de su rostro. A menos.
No era la primera vez que lo intentaba.
Se preguntó si esta vez lo conseguiría.
Porque allí había alguien que disfrutaba viendo sangrar a los niños.
Y nadie con semejante afición debería seguir viviendo.