Capítulo 4
A gotada, Gardner se descubrió escribiendo una y otra vez las mismas palabras en sus notas.
Aegis Dynamics.
Aegis Dynamics.
Aegis Dynamics.
Aflojó la mano y dejó caer el bolígrafo.
Aegis Dynamics era la empresa de defensa que había trabajado para el Gobierno en labores de contrainteligencia a principios de la década de 2000. Ciberseguridad. Desarrollo de drones. Operaciones clasificadas que seguían siéndolo incluso ahora, dos décadas después.
Neville Fairweather era el principal accionista.
Gardner había averiguado más sobre Aegis Dynamics en los últimos dos meses que durante el año anterior, pero casi todo eran testimonios de oídas. Resultaba imposible conseguir pruebas.
Cerró los ojos y se masajeó las sienes, intentando pensar en otra cosa para poder relajarse y quizá dormir un poco.
Inevitablemente, esa otra parte resultó igual de perturbadora.
Abrió un correo nuevo dirigido al INSPECTOR Paul Riddick:
Paul:
Sé que a los dos nos vendría bien que una mañana me despertara y hubiera desaparecido esta necesidad de escribirte.
Lo que sentimos el uno por el otro es real. Ahora lo entiendo. Quizá sea más real que cualquier otro sentimiento que haya tenido en mi vida.
Pero eso no significa que esté bien.
Quiero decir... ¿cómo podría estarlo?
Las cosas que suceden... ¿las tragedias?
No hace falta que las enumere aquí, pero nos ha tocado lo nuestro.
Sería demasiado simplista decir que la tragedia nos persigue.
La verdad es que, de algún modo, nosotros la alimentamos. La impulsamos.
Al menos, eso es lo que he llegado a creer.
Y por eso, cada mañana, me despierto con la esperanza de que se desvanezca esta necesidad de escribirte.
Pero la verdad, Paul, es que pienso en ti casi constantemente.
Dejó de escribir. ¿Qué demonios estás haciendo, Emma? Enviarle a Paul un correo así sería como agitar un trapo rojo delante de un toro. Cogería el siguiente tren y se plantaría aquí.
Respiró hondo y fue entonces cuando comprendió que jamás lo enviaría.
Abrió el cajón del escritorio y sacó una fotografía.
INSPECTOR Phil Rice. Calvo, de mediana edad. Un bárbaro del norte.
Brusco y dogmático, jamás temía levantar ampollas; era la clase de hombre capaz de discutir sobre cualquier cosa, desde el fútbol hasta la Científica. Su padre había sido un viejo cabrón despiadado, y eso había convertido a Phil en piedra.
¡Qué terriblemente mal lo habían juzgado!
Bajo aquella coraza, tenía un corazón de oro.
Y ella había metido a Neville Fairweather en su vida.
Y ahora estaba muerto. De un disparo en la cabeza.
Luego sacó una segunda fotografía:
AGENTE DETECTIVE Lucy O’Brien.
Hermosa, compasiva. Sabía sacar lo mejor de cuantos la rodeaban. Escuchaba sin juzgar y creía con fiereza en la bondad de los demás.
Lucy dejaba barritas de cereales en el escritorio de Gardner cuando esta tenía un mal día.
También había compartido su cama durante seis meses, antes de que todo se viniera abajo.
Puede que la relación estuviera condenada al fracaso, pero Lucy la había comprendido como ni siquiera Riddick lo había hecho.
Siempre habría habido un vínculo entre ellas.
Y ella también había metido a Neville Fairweather en la vida de Lucy.
Y ahora Lucy estaba muerta. De un disparo por la espalda.
Gardner cerró el cajón antes de que brotaran las lágrimas. Ya había llorado bastante. Llorar no devolvía la vida a nadie. Llorar no metía a los asesinos en la cárcel.
Volvió la mirada al correo que estaba redactando. Seleccionó tres frases:
Sería demasiado simplista decir que la tragedia nos persigue.
La verdad es que, de algún modo, nosotros la alimentamos. La impulsamos.
Sintió el impulso desesperado de borrarlas, pero, al mirar las fotografías de sus amigos muertos, ¿cómo podía negarlas?
Era cierto.
Reconocerlo era incendiario.
Pero lo necesitaba.
Siguió escribiendo:
Pero reconocerlo también trae esperanza.
Porque, del mismo modo que la alimenté, puedo matarla de hambre.
Del mismo modo que la ayudé, puedo destruirla.