Capítulo 3
C uchillo en mano, observaba a Grace Drake.
La niña de doce años había retrocedido hasta quedar pegada al cabecero, aferrada a su oso contra el pecho, meciéndose y sollozando, mirándolo como si fuera una criatura surgida de una pesadilla.
Mantuvo el dedo enguantado sobre los labios, indicándole que guardara silencio.
Pero entonces vislumbró la sangre en su cuello y sintió repulsión. No había querido hacerle eso. Ella se había resistido con más fuerza de la que había previsto.
Y entonces, casi inevitablemente, le vino a la mente su propia nieta de trece años.
Kelly.
Grace y Kelly podrían haber pasado por hermanas. Ambas tenían esa inocencia en sus jóvenes ojos.
Una voz zumbó en su oído.
—Está acabado. La arteria bombea como una fuente. Precioso.
Él no pudo responder.
Había entusiasmo en aquella voz.
Palabra equivocada.
Júbilo.
Apagó la cámara.
—Lo siento —le dijo a Grace.
Se detuvo un momento, preguntándose si había algo más que pudiera decir.
Al no ocurrírsele nada, suspiró, salió de la habitación y recorrió el pasillo.
Allí echó un vistazo al dormitorio, a la madre atada a la cama, debatiéndose contra la cinta americana y gimiendo tras la mordaza.
Vio el terror en los ojos de aquella pobre mujer.
Solo había una cosa que pudiera darle a Sarah Drake que valiera algo.
—Tu hija está bien.
Ella se quedó inmóvil por un instante, y él vio un destello de esperanza en sus ojos.
Después desapareció y ella volvió a forcejear.
—Te lo prometo —dijo él, asintiendo.
Después salió por la puerta de la cocina a la noche de marzo.
No lograba quitarse a Grace de la cabeza.
Una niña de doce años, temblando, sangrando, sin entender nada de aquello.
Nunca lo entendería. No de verdad. Llegaría la policía. Llegarían las preguntas. Llegarían las pesadillas.
Se le tensó la mandíbula. Su padre le había hecho pasar por aquello, pero a los muertos no se los podía castigar.
Los vivos, en cambio, podían quedar atormentados para siempre, y Craig Webb era en aquel momento prueba de ello.