Capítulo 2
L a inspectora jefa Emma Gardner cerró con llave la puerta de su despacho desde dentro. Era innecesario, por supuesto.
Esa semana le tocaba a Barry quedarse con los niños; no había nadie allí que pudiera molestarla.
Apoyó la frente contra la puerta y evaluó el silencio.
No era un silencio apacible. Era un silencio vacío. De esos que te oprimían los oídos y te recordaban todo lo que no estaba allí.
Se apartó de la puerta sin molestarse en encender la luz principal. Nunca lo hacía. La lámpara del escritorio bastaba: un pequeño charco amarillo en la oscuridad que dejaba en penumbra los rincones de la habitación.
Se subió la cremallera de la sudadera con capucha. Era marzo y en la planta de arriba de la casa que tenía alquilada hacía bastante más frío.
Puede que hubiera pasado ya la una de la madrugada, pero iba por su cuarta taza de café. Últimamente, dormir parecía algo que solo les ocurría a los demás.
Entonces se volvió y miró la pared que mantenía bajo llave.
Fotografías, recortes de periódico, notas adhesivas cubiertas con su letra apretada.
Hilo rojo que conectaba rostros con nombres, empresas y fechas.
Copias impresas de registros mercantiles, documentos de propiedad de terrenos y números de cuentas en paraísos fiscales.
Artículos de prensa sobre muertes aparentemente inconexas.
Parecía una locura. Ella prefería llamarlo progreso.
Ya habían pasado dos meses. Dos meses de noches en vela y madrugones, de horas robadas y teorías a medio formar. Dos meses contemplando aquella pared, esperando que le revelara algo que aún no supiera.
Ahora miró hacia donde siempre buscaba inspiración. Hacia el centro de aquella red de información.
Neville Fairweather.
Cabello plateado peinado hacia atrás. Traje de diseño. La sonrisa despreocupada de un hombre que jamás había tenido que afrontar las consecuencias de ninguno de sus actos.
Un hombre que había irrumpido en su vida en Yorkshire y la había cambiado para siempre.
Se acercó lo suficiente para distinguir el ligero pixelado alrededor de sus ojos.
Lo que le había hecho a ella. Lo que les había hecho a otros.
A menudo se sentaba allí, dominada por un deseo irresistible de clavarle alfileres en la cara. De arrancarlo de la pared y quemarlo.
Pero nunca lo hacía.
Impulsos infantiles. Inútiles.
Se resistía a destruir su fotografía.
Quería destruirlo a él.
Desde tan cerca distinguía aquel conocido amago de sonrisa.
Siempre parecía tan jodidamente pagado de sí mismo.
¿Y por qué no iba a estarlo?
Sabía que ella lo vigilaba. Y también sabía que era intocable.
Protegido por el dinero, el poder y gente que hacía desaparecer los problemas. Ella ya había sufrido en carne propia lo que esa gente era capaz de hacer.
Dio un paso atrás. Respiró hondo.
Y volvería a sufrirlo antes de que todo aquello terminara.
De eso no le cabía ninguna duda.
—Tendrás que pasar por encima de mi cadáver para salirte de rositas —le dijo a la fotografía.
Un pensamiento al que daba vueltas todos los días. Despierta y dormida; a veces él también se colaba en sus pesadillas.