Capítulo 1 #2
Tim se puso en pie de un salto y descargó las palmas contra la mesa.
—No. Monstruos. No. Malditos monstruos. Lo he hecho todo…
¡Ping!
Todavía tienes información.
—¡No! Lo juro, no tengo nada… ¡Lo tenéis todo!
Entonces vio la punta de la hoja suspendida cerca de su globo ocular.
—Animales… Parad. Os lo juro. He hecho todo lo que me habéis pedido.
Intentó pensar. ¿Había algo más?
No, de verdad que no. Tampoco tenía nada impreso. No mentía.
—¡No tengo nada!
¡Ping!
Sí que lo tienes.
—No… —Ahora lloraba—. Por favor, no tengo nada…
¡Ping!
Le reventaremos el globo ocular…
—Dios, no. Pues decidme dónde está. ¿Dónde está la información?
Nada.
—¿Dónde? —gritó a pleno pulmón.
¡Ping!
En tu cabeza.
A Tim se le secó la boca.
¡Ping!
Tu cabeza traidora está llena.
Tim tragó saliva.
¡Ping!
Hasta los topes.
Se pasó una manga por la boca y escupió en ella un poco de vómito.
—Escuchad, sin las pruebas, yo…
¡Ping!
Te dimos una hoja de afeitar.
Tim se inclinó por un lado del escritorio y vomitó. Unos fideos a medio digerir se derramaron por el suelo.
No saldría vivo de aquello.
Ahora no podía estar más claro.
Volvió a tener una arcada. Era él o su hija.
¡Ping!
Ahora siéntate y enséñame la hoja de afeitar que te enviamos.
Tim la recogió con una mano húmeda de vómito. Estaba impoluta. Recién salida de fábrica. Del tipo que se podía comprar en cualquier supermercado de cualquier ciudad. Imposible de rastrear. Lo habían pensado todo. Se dejó caer en la silla.
¡Ping!
Quieres a tu hija, ¿verdad?
—Más que a nada… —Negó con la cabeza mientras lloraba.
¡Ping!
Grábate una «T» en el antebrazo izquierdo.
Tim contempló el mensaje. Lo leyó otra vez. Empezó a negar con la cabeza en un rechazo lento e involuntario.
—No podéis hablar en serio.
Pero hablaban en serio. Lo sabía.
Esperó a que retirasen la exigencia. No lo hicieron.
—No puedo.
En la pantalla, el cuchillo presionó la garganta de Grace. Ella gritó contra la mano enguantada mientras se revolvía con todo el cuerpo.
Sádico.
Tim hundió la hoja en su carne.
El dolor fue cegador. Incandescente. Jadeó y estuvo a punto de soltar la hoja, pero pensar en Grace —en aquellos ojos aterrados— hizo que la aferrara con fuerza. La sangre brotó de inmediato y le recorrió el brazo en cálidos regueros.
¡Ping!
Ahora la «R».
Abrió mucho los ojos. Ya sentía que estaba a punto de desmayarse.
—Por favor…
Su hija se revolvió.
Él se grabó la R. Tuvo que detenerse dos veces. La sangre hacía que la hoja resbalara. La visión se le nubló.
—¡Ahí lo tenéis, cabrones! ¡Ahí! —Tuvo una arcada, pero no salió nada.
Termina la palabra. TRAIDOR.
Siete letras. Cada una, una eternidad de agonía. Cuando terminó, Tim se desplomó contra el respaldo, con el brazo izquierdo convertido en una ruina de sangre y carne desgarrada. La palabra parecía gritarle.
TRAIDOR.
¿Por perseguir la verdad sobre el destino de las armas británicas y los niños que morían por culpa de ellas?
TRAIDOR.
—Ahora, por favor. —Su voz apenas era ya un susurro—. Dejadla en paz.
¡Ping!
Ya casi está.
—Pero apenas puedo moverme… Estoy agotado… Es una niña… Mi pequeña.
¡Ping!
Pero no del todo.
Volvió a llorar.
—¿Qué más puedo hacer? ¿Qué más puedo daros?
¡Ping!
La última nube.
—¡Os habéis llevado las dos!
¡Ping!
No seas tonto, la que tienes en la cabeza.
La sangre se le heló. El único lugar donde aún sobrevivía la verdad. El mundo entero dio vueltas.
¡Ping!
Borra esta conversación y enséñale el teléfono a la cámara para que sepa que lo has hecho. Después, ya sabes lo que debes hacer.
Negó con la cabeza.
—No puedo… ¿Cómo voy a hacerlo?
¡Ping!
Si no lo haces, pasarás el resto de tu vida deseando haberlo hecho.
Grace se revolvió con más fuerza que nunca. El cuchillo se hundió más. La sangre resbaló por su pálida garganta.
—¡De acuerdo! De acuerdo… Parad…
El hombre se detuvo. La cámara quedó inmóvil. Mantuvo la mano sobre la boca de Grace para impedir que escapara ningún sonido.
Tim borró la conversación y mostró a la cámara el registro de mensajes. Irónicamente, la última conversación había sido con su exmujer.
Después miró la hoja de afeitar que sostenía en la mano temblorosa. La sangre que goteaba de su brazo destrozado. El rostro de su hija en la pantalla.
Doce años y el sueño de viajar por el mundo.
¿Y por qué no?
Desde luego, era una ambición mejor que la que lo había conducido hasta aquel espantoso y sangriento momento.
Acabar con los malos. ¿Y a qué precio?
Pensó en Grace. En Sarah. En el divorcio, que había sido culpa suya; en los cumpleaños perdidos y las promesas rotas. Pensó en las historias que había perseguido en vez de ejercer de padre. En la verdad, que le había importado más que el amor.
Quizá tenían razón.
Quizá era un traidor.
Tim Drake sintió la fría mordedura del acero.
Mientras sangraba, vio cómo el cuchillo se apartaba de la garganta de su hija.
Gracias a Dios…
Su hija se alejó a rastras y él sintió que algo se aflojaba en su interior. No era dolor. Era alivio.
La pantalla se volvió borrosa. El rostro de Grace se desdibujó, indistinto, como una fotografía abandonada bajo la lluvia.