Los Asesinatos de la Granja (Los Crímenes de Yorkshire 8)
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Capítulo 1
T imothy Drake se despertó sobresaltado al oír que llamaban a la puerta.
Llamaron de nuevo. Esta vez con más insistencia.
Se limpió la boca mientras se levantaba.
Cerca de la medianoche de una fría noche de marzo, probablemente no sería nadie con buenas intenciones. Por si acaso, cogió el pisapapeles con forma de oso.
—¡Ya voy! —gritó mientras recorría el estrecho pasillo de su piso de Richmond—. Y no tengas tanta prisa, joder.
Al llegar a la puerta, agarró la cadena de seguridad para cerciorarse de que estaba puesta y después pegó el ojo a la mirilla.
El pasillo exterior estaba vacío. Solo estaban el conocido papel pintado de color beis y, enfrente, la puerta del piso de la señora Lomas.
Frunció el ceño.
Nervioso, como convenía estar en su profesión, esperó un buen minuto antes de retirar la cadena y abrir la puerta.
Miró a izquierda y derecha.
Nadie. Solo aquella irritante luz parpadeante del pasillo.
Reparó en un sobre acolchado sobre el felpudo. Se arrodilló.
A la atención de Timothy Drake
Lo levantó. El paquete pesaba poco.
Tras volver a poner la cadena de seguridad, regresó al escritorio, abrió el sobre y vació el contenido junto al Mac.
Una sola hoja de afeitar.
La contempló unos instantes con los ojos cada vez más abiertos.
—¿Pero qué…?
El teléfono, situado junto al Mac, lo interrumpió con un pitido y una vibración.
Se quedó mirándolo. Igual que había mirado la hoja de afeitar.
Respiró hondo y alargó la mano hacia él.
Un mensaje de un número desconocido:
Mira el correo electrónico.
Soltó el aire, tocó el panel táctil y su Apple Mac cobró vida con un zumbido. Dos pantallas bañaron la habitación en una luz brumosa.
En la primera pantalla resplandecía un documento titulado COLSIS Ltd. Lo cerró y abrió el correo. Tenía un mensaje nuevo en la bandeja de entrada.
El remitente era solo una sucesión de cifras sin sentido. No había asunto.
Dejó el cursor suspendido sobre el mensaje, sintiendo cada latido de su corazón.
Al hacer clic se arriesgaba a infectar el ordenador, pero aquellos golpes en la puerta…
La hoja de afeitar.
El mensaje de texto.
Cualquier otro habría salido corriendo. Pero Tim era periodista y la curiosidad siempre se había impuesto a la cautela.
Clic.
En la segunda pantalla se abrió una emisión de vídeo.
La imagen estaba demasiado borrosa. En una esquina, la marca temporal indicaba 00.02.23.
Consultó el reloj. La hora exacta.
Tragó saliva.
La pantalla se aclaró cuando quien sostenía la cámara enfocó el objetivo…
Lo primero que vio fue el osito de peluche: Riley.
Se le cortó la respiración mientras sus ojos recorrían las manos que aferraban a Riley, subían por el cabello oscuro que se desplegaba sobre la almohada y llegaban hasta su rostro.
Dios… No…
Alargó la mano hacia ella. La fría e implacable superficie de la pantalla lo devolvió a la realidad.
Grace.
Con los dedos temblorosos, cogió el teléfono para responder, pero la cámara de la emisión en directo empezó a desplazarse. La imagen se volvió blanca bajo el resplandor de la luz nocturna que ella nunca apagaba y después enfocó a Taylor Swift.
Desde aquel póster pasó a su mapamundi.
Una multitud de chinchetas centelleaba como estrellas bajo el resplandor de la luz nocturna. Marcaban todos los lugares que quería visitar. La chincheta roja atravesaba Tokio; la azul, Machu Picchu.
Una constelación ambiciosa que ella compartía a menudo con él durante sus conversaciones por FaceTime.
Entonces lo asaltó una gélida certeza: su exmujer y su hija estaban a cincuenta kilómetros de allí, en Surrey. Y había alguien dentro de la casa familiar.
El teléfono volvió a vibrar. Esta vez lo agarró de inmediato:
Permite el acceso a la cámara web y al audio.
Era imposible describir el pavor que sentía en el estómago. Haría lo que le dijeran. No había duda. Pero antes debía avisar a Sarah, su exmujer. Empezó a desplazarse por la pantalla…
¡Ping!
Tragó saliva al leer una única palabra.
Inmediatamente.
Activó la cámara web y el audio del ordenador.
—¿Quién eres?
Esperó. Nada.
—¿Quién coño eres? —preguntó, enseñando los dientes apretados a quienquiera que estuviese observándolo.
Nada.
La cámara volvió a enfocar a Grace.
Ella se removió dormida y murmuró algo —siempre hablaba en sueños—, pero después volvió a quedarse quieta.
—¿Me oyes? —Golpeó el escritorio con la palma. La hoja de afeitar saltó. Pensó en el nombre de la empresa que había estado investigando: COLSIS Ltd.
Jesús… ¿Se trataba de eso? Los manifiestos de carga. Los certificados falsificados de usuario final. El tráfico de armas…
¡Ping!
Te. Oímos.
La mente le daba vueltas.
Palabras aisladas y puntuadas.
Querían intimidarlo.
Y aquellos cabrones lo estaban consiguiendo.
—¡Salid de su casa! —Miró a su hija mientras daba la orden, algo tan extraño como aterrador.
Aquella gente. Pensó en el artículo que estaba escribiendo sobre COLSIS. Las atrocidades no eran nada nuevo para ellos.
Tuvo que contener el vómito.
Ping.
¿Quieres a tu hija?
Esta vez descargó el puño sobre el escritorio. Era lo único que podía hacer para no echarse a llorar.
Vio que la hoja de afeitar saltaba por la fuerza del golpe y caía al suelo.
—¿Qué queréis? ¿Qué coño queréis?
Ping.
¿Qué crees que queremos?
Era absurdo. ¿Qué estaba haciendo? Se comunicaba de aquella manera mientras alguien se cernía sobre su hija, a cincuenta kilómetros de allí.
Debería llamar a la policía. Abrió el teléfono. 9-9…
Ping.
No hagas eso.
—Estaba escribiendo una respuesta.
Ping.
Habla. No escribas. O. Esto.
La cámara apuntó de pronto al suelo mientras quien la sostenía se movía. Cuando volvió a enfocar a su hija dormida, había una hoja apoyada contra su garganta.
Tim negó una y otra vez con la cabeza.
—No… No…
Notó las primeras lágrimas en las comisuras de los ojos.
La hoja relucía bajo la luz nocturna, igual que antes habían brillado las chinchetas.
El pecho de Grace subía y bajaba. Él alargó la mano y tocó la pantalla.
—No… Por favor…
Ping.
Todo está en tus manos.
Si era cierto, desde luego no lo parecía. Era como si el suelo ya se hubiese abierto bajo sus pies y él hubiera empezado a caer.
—Por favor… —Le fallaban las piernas—. Por favor, no lo hagáis.
Ping.
Todo está en tus manos.
Las lágrimas le corrían por las mejillas.
—Decidme qué tengo que hacer.
Entonces sintió un ardor insoportable en el estómago y el primer sabor de la bilis.
—Por favor, decidme qué tengo que hacer.
Ping.
Mira el correo y abre el archivo adjunto.
Abrió el correo electrónico en la primera pantalla.
Vio el mensaje nuevo. El archivo no seguro. Querían acceder a su sistema, sin duda. Borrarlo todo.
Miró la segunda pantalla. El filo dentado de un cuchillo estaba muy cerca del cuello de su hija.
Dios, ¿se estaba despertando?
Por favor, que no se despierte.
Tim abrió el archivo en la primera pantalla. La barra de progreso avanzó como un relámpago.
Apareció un recuadro que solicitaba una dirección de correo electrónico y una contraseña.
Ping.
Acceso a tu nube.
Estaba a punto de perderlo todo…
Miró la cara de su pequeña. Sus párpados temblorosos. Después introdujo los datos.
Se recostó y observó cómo vaciaban su nube a distancia. Alternaba la mirada entre aquello y su hija, a la que alargó varias veces la mano para tocar. No te preocupes… Pronto habrá terminado.
Al final, su nube quedó vacía.
—¿Ya está? Ahora, por favor…
¡Ping!
Ahora, tu nube de respaldo.
—No sé a qué os referís. —Apretó la mandíbula y trató desesperadamente de mantener la mentira. Ahora, más que nunca, quería que aquellos cabrones pagaran por lo que habían hecho.
Entonces sus altavoces se llenaron con una respiración sonora. Pesada. Rítmica. El hombre que estaba en el dormitorio de Grace, a escasos centímetros de su hija dormida, respiraba así. A propósito. ¿Sería una representación? ¡Dios del cielo, que solo fuera una representación!
¡Ping!
Mi compañero está perdiendo la paciencia.
—Si os marcháis ahora, os prometo que no tendréis nada de qué preocuparos…
¡Ping!
Le arrancará la carne de los huesos.
Tim se llevó la mano a la boca mientras el mundo giraba a su alrededor. Cerró los ojos para detener el vaivén, pero todo parecía demasiado poco y demasiado tarde.
—Sois unos enfermos…
¡Ping!
Disfrutará haciéndolo.
Tim saboreó una mezcla de bilis y lágrimas mientras escribía los datos y les daba acceso a su nube de respaldo. Tenía los dedos entumecidos. Desconectados. Como si pertenecieran a otra persona.
Observó cómo también la vaciaban.
Quedaoslo. Quedaoslo todo. Habéis ganado. Pero no le hagáis daño.
Ping.
Por último, abre el siguiente correo e inicia el virus. Destruirá todos tus archivos locales.
Agotado y abrumado, Tim obedeció. Después, destrozado emocionalmente, se desplomó contra el respaldo de la silla y esperó mientras el virus devoraba los últimos tres años de su trabajo.
Pruebas contra contratistas de defensa, traficantes de armas y políticos corruptos. Declaraciones de testigos. Fotografías. Rastros financieros que conducían a los rincones más oscuros del complejo militar-industrial. La investigación sobre COLSIS había desaparecido.
Alargó la mano y tocó la segunda pantalla. Sigue dormida, pequeña… Ya casi está .
Entonces, un pensamiento sobre su exmujer provocó una descarga de adrenalina en su cuerpo.
Sarah no se habría quedado quieta ante aquello. Habría luchado. Dios, ¿qué había sido de Sarah?
Se irguió de golpe.
—¿Dónde está Sarah?
Ping.
A salvo.
—Enséñamela.
Ping.
No.
—He hecho todo lo que me habéis pedido.
Esperó. Nada.
—¿Me habéis oído? Lo he hecho todo. ¡Ahora apartad el cuchillo de la garganta de mi hija!
Nada todavía.
—Si le hacéis daño a cualquiera de las dos, os mataré. Os encontraré y os mataré.
El silencio era doloroso. Empezó a gritar. A soltar obscenidades. De la desesperación regresó a la ira.
Entonces Grace abrió los ojos.
Abrió los ojos de par en par.
Dios, no…
Él tendió la mano hacia la pantalla.
—Grace…
Una mano enguantada le tapó la boca antes de que pudiera gritar. Se le abrieron aún más los ojos, buscando, suplicando, pero solo encontraron oscuridad y la sombra de un desconocido.