Los años dormidos CAPÍTULO III
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CAPÍTULO III

Los cinco días siguientes fueron los más largos en la vida de Sira.

Intentó mantenerse ocupada.

Recorrió a pie Austin, paseó por la orilla del lago Lady Bird y entró en pequeñas cafeterías donde nadie conocía su historia. Sacó fotografías, compró algunos recuerdos y fingió ante sí misma que era una simple turista española disfrutando de unos días de vacaciones.

Pero cada pocas horas miraba el teléfono.

Esperando.

Temiendo.

Deseando.

En Sevilla mientras tanto, el bufete iba de maravilla. Nadie sabía nada. Ella no lo dijo. Solo su amiga Laura lo sabía.

La llamaba cada noche.

-¿Sabes algo?

-Todavía no.

-Me tienes con el corazón en un puño.

-¿Y si soy su hija, Laura? Tengo que pensar en ello. Volver tengo que volver, pero querrán tenerme allí. Sería injusto no hacerlo.

-Tú vas y ves el lugar, cómo viven, si eres, te quedas en ese rancho unos días. Y tu decidirás qué hacer. Y si tienes que irte, vendes todo y te vas. ¿Qué problema tienes? Puedes montar un pequeño bufete allí.

-Te vienes conmigo.

-Ummm, me lo pensaré.

…

La llamada llegó cinco días después, de mañana. Era Harrison.

-Ya tenemos los resultados Sira.

Sira dejó de respirar un segundo.

-¿Y?

-El laboratorio nos ha citado dentro de una hora.

Nada más.

Nada menos.

….

El hospital parecía demasiado silencioso.

Sira llegó con las manos heladas.

Harrison ya estaba allí.

David también.

El ranchero se levantó al verla entrar.

Ninguno de los dos habló demasiado.

No hacía falta.

Los tres sabían que aquella hora iba a cambiar varias vidas.

Una doctora los condujo hasta una pequeña sala privada. Se sentaron alrededor de una mesa.

La mujer abrió una carpeta- miró los documentos. Y comenzó a hablar con voz profesional.

-Hemos comparado las muestras de ADN aportadas por ambos, su mujer Hellen, David Hellen y Sira Moreno.

Sira notó como el corazón le golpeaba contra las costillas.

David tenía los puños cerrados sobre las rodillas y Harrison estaba expectante.

-Los resultados muestran una compatibilidad biológica directa de parentesco. La probabilidad es superior al 99,9 por ciento.

El mundo se detuvo.

Nadie se movió.

Nadie respiró.

-¿Eso significa…?- susurro Sira.

La doctora sonrió con suavidad.

-Significa que no hay ninguna duda de que usted es hija biológica de Hellen Allen y David Allen

Sira sintió que las lágrimas aparecían sin poder evitarlas.

Cuando levantó la vista, vio que David estaba llorando.

Abiertamente.

Sin intentar ocultarlo.

Aquél hombre grande y fuerte que dirigía un rancho entero, tenía el rostro completamente roto por la emoción.

-Maggie…

La palabra salió apenas como un susurro.

Sira cerró los ojos.

Nadie la había llamado así desde que tenía tres años y no lo recordaba.

Y sin embargo, por alguna razón, sintió que aquella palabra encontraba un lugar dentro de ella.

David se puso en pie.

Rodeó la mesa.

Y con infinita cautela, como si temiera que todo desapareciera de un momento a otro, la abrazó.

Sira se aferró a él.

Y ambos lloraron.

Harrison se acercó discretamente hacia la ventana para dejarles aquél momento.

Después de unos minutos, David se apartó un poco.

Tenía los ojos rojos, pero sonreía.

-Te encontré.

Sira soltó una pequeña risa entre lagrimas.

-Creo que fui yo quien os encontró.

-Da igual.

Volvió a cogerle las manos.

-Da exactamente igual.

Se quedaron mirándose durante unos segundos.

Padre e hija, su princesa. Su niña bonita y mimada.

-Por fin.

Entonces David respiró hondo.

-Maggie…

Ella no corrigió el nombre.

-Ven al rancho, ven con nosotros, conoce a tu madre que está desesperada, a tus hermanos. Cuando quieras, no tiene que ser hoy.

-Será hoy. Ahora. Hablaremos de todo.

-No tienes que cambiarte el nombre si no quieres. Solo ven a casa.

Casa.

Las lágrimas volvieron a los ojos de Sira.

David sonrió entre lágrimas.

-Tu madre y tus hermanos llevan cinco días sin hablar de otra cosa, quieren conocerte.

-Iré claro que iré. Me iré contigo. Si me acompañas al hotel recojo mis cosas. Pero tengo un coche de alquiler.

-Lo dejas. Tenemos coches si necesitas venir a la ciudad.

Ella fue al lado del teniente Harrison y lo abrazó.

-Gracias teniente.- y este se emocionó.

Hasta David y él se despidieron con un abrazo.

Entonces vamos al hotel y vámonos a casa- dijo David con voz rota.- tu madre te está esperando. No vamos a decirles nada, llegaremos de sorpresa.

Le echó los brazos por los hombros a su hija y se montaron en el coche del padre. Pasaron por el hotel, recogió sus cosas y siguieron la ruta de algo que había perdido veintidós años atrás.

Su padre iba loco contándole cosas del rancho, de la casa, de todo.

Y ella iba feliz. Ahora tenía de nuevo otros padres, los suyos de verdad. Los que habían sufrido mucho por tenerla y ella no podía ahora quitarles esa felicidad.

…

El camino de tierra a las afueras de Austin parecía no terminar nunca. Sira observaba por la ventanilla del coche de su padre, las inmensas praderas doradas que se extendían bajo el cielo azul de Texas. Cercas de madera blanca, algunos caballos pastando… y la vida salpicaba el paisaje.

Su padre seguía hablando de todo y Sira había intentado hablar varias veces durante el trayecto, pero la emoción le cerraba la garganta.

De vez en cuando la miraba de reojo.

Seguía sin creerlo.

Su hija.

Su pequeña Maggie.

Veintidós años después.

Sira tampoco sabía qué decir.

Apenas unos días era una chica sevillana que buscaba información sobre sus orígenes.

Ahora viajaba junto a un hombre que acababa de descubrir, era su verdadero padre.

Finalmente David señaló hacia adelante.

-Ya casi llegamos.

Sira levantó al vista.

A lo lejos apareció una entrada enorme construida con troncos de madera oscura, sobre ella había un cartel tallado a mano.

ALLEN RANCH.

Las letras destacaban sobre la madera envejecida por el sol. El corazón de Sira comenzó a acelerarse.

David redujo la velocidad.

-No estoy segura de que sea mi casa todavía.

David sonrió con los ojos húmedos.

-Llevamos veintidós años esperándote. Para mí siempre lo ha sido.

El coche atravesó la entrada. El camino serpenteaba entre grandes robles y campos donde pastaban decenas de caballos.

Un grupo de vaqueros trabajaba cerca de unos corrales.

Algunos saludaron a David levantando la mano.

Después apareció la casa principal y enfrente dos cabañas.

Sira contuvo el aliento.

No era una casa, ni eran unas cabañitas.

Era un enorme rancho de dos plantas con amplios porches de madera, columnas bajas y tejado rojizo.

Delante había jardines cuidados, varios vehículos aparcados y una bandera americana ondeando suavemente.

Las cabañas no eran cabañitas, frente a los jardines, convenientemente separadas, no tan enormes como la casa principal, peor de dos plantas también.

-Todo era grande en Texas- le había dicho su amiga Laura.

Pero aquello parecía sacado de una película.

David detuvo el vehículo.

Nadie había salido todavía.

Se quedó inmóvil unos segundos sujetando el volante.

Respirando hondo.

-¿Estás bien?- preguntó ella.

Él soltó una pequeña risa nerviosa.

-No.

Sira sonrió por primera vez desde que salieron del hospital.

-Yo tampoco.

David apagó el motor.

-Tu madre está dentro.

No Hellen, tu madre.

Sira sintió un nudo en la garganta. David abrió la puerta y bajó.

Después rodeó el coche y abrió la puerta de ella.

Como si casi todavía fuese una niña.

Como si estuviera recuperando los años perdidos.

Como si estuviera recuperando los años dormidos.

-¿Lista?

Sira miró la gran casa.

Las ventanas.

El porche.

Los caballos.

La tierra roja.

El lugar donde debería haber aprendido a caminar.

Donde debería haber celebrado cumpleaños.

Donde alguien debería haber dejado una luz encendida durante más de dos décadas esperando su regreso.

Tomó aire.

Y asintió.

-Sí.

Juntos caminaron hacia la casa.

Y en ese instante la puerta de abrió.

Hellen apareció en el umbral.

Se quedó inmóvil.

Como si el mundo entero hubiese dejado de girar.

Y Sira compendió inmediatamente quién era, porque ella era una copia joven de ella.

Porque aquellos ojos verdes como un lago, eran exactamente iguales a los suyos.

Y Hellen se llevó una mano a la boca mientras las lágrimas empezaban a caer.

-Maggie… susurró. Perdóname hija. Perdóname, fue un segundo y ya no estabas. Te perdí.

Y tras tanto tiempo, volvió a tener a su hija.

Sira sintió un nudo en el pecho. Aquella mujer a la que se parecía tanto tenía los ojos enrojecidos de tanto llorar. Parecía querer correr hacía ella, y al mismo tiempo, no atreverse.

Hellen avanzó unos pasos.

-Eres tú…

David cerró los ojos.

Y entonces, sin poder contenerse más, quedó frente a ella.

-¿Puedo abrazarte?

La pregunta quedó en silencio en la habitación.

Sira observó aquellos ojos llenos de miedo.

Miedo a que la rechazara.

Miedo a perderla otra vez.

Miedo a que aquella segunda oportunidad desapareciera.

Y algo dentro de ella se derritió y fue Sira la que se acercó a ella y la abrazó.

Y Hellen sollozando la abrazó con fuerza.

Como si quisiera recuperar tantos años en un solo instante.

Sira la rodeó con sus brazos. Las dos lloraron.

David también. Tuvo que apartarse hacía la ventaba para no llorar tanto.

En ese momento se escuchó una voz por el pasillo.

-¿Llegamos tarde?

Sira y Hellen se apartaron lentamente.

Dos chicos altos y fuertes acababan de entrar en la casa.

Los gemelos.

Lucas y Jeremy.

Los dos se quedaron quietos al verla.

Nadie dijo nada.

Hasta que Jeremy sonrió nerviosamente.

-Bueno… supongo que hola, hermana.

Y ambos la abrazaron. Ella casi pudo distinguirlos. Cuando abrazó a Lucas, éste sin que lo oyeran le dijo- tenemos que hablar- y ella lo miró sin que nadie lo notara.

Hellen seguía sujetando las manos de su hija.

-Eres preciosa- dios mío qué bonita- decía su madre. Nunca te hubiese imaginado así.

-Bueno. Ya está madre- dijo Jeremy bromeando- no se va a ir a ningún lado. Tenemos que conocerla.

-Yo soy el hermano más guapo- y todos rieron.-Y ese amargado de ahí es Luca.

-Mentiroso, no le hagas caso- dijo Luca.

Sira soltó un a pequeña risa.

La primera desde que había llegado al rancho.

Jeremy abrió mucho los ojos.

-¡Ha sonreído! ¿Lo habéis visto? Ya me cae bien mi hermanita pequeña.

David negó con la cabeza.

-No ha cambiado desde que tenía cinco años.

-Porque alguien tiene que aportar alegría a esta familia.

Luego miró a Luca y se encontró con aquellos ojos azules, tan parecidos a los de David. Tenían una conversación pendiente según él.

Pero sus ojos eran tan parecidos a los David.

Tan serios.

Tan difíciles de leer.

Avanzó despacio y se sentaron todos en los diferentes sofás del salón. Mía, la señora que cuidaba la casa la saludó maternalmente y le dio la bienvenida. Y puso unas limonadas que Hellen sirvió.

Luca, se sentó frente a ella.

No parecía incómodo.

Parecía cauteloso.

Como alguien que llevaba toda una vida protegiendo algo muy valioso.

Y que aún no podía creer que aquello fuese verdad.

-Mis padres nunca dejaron de buscarte.

-Lo sé. La que nunca lo supo hasta hace apenas dos meses era yo.

-Cada cumpleaños tuyo, había una tarta.

Y Sira los miró a todos sorprendida y emocionada.

Luca sonrió apenas.

-Este año, veinticinco.

David cerró los ojos.

-Luca…

-Es verdad papá.

Volvió a mirar a Sira.

-Mamá siempre ponía una vela más.

Las lagrimas aparecieron de nuevo a los ojos de Hellen y Sira la abrazó como un consuelo emocionante.

-Aunque no supiéramos donde estabas.

Y entonces hizo algo que sorprendió a todos.

La abrazó.

No fue un abrazo impulsivo como los de Jeremy, no como el que le dio antes al conocerla.

Fue lento.

Firme.

Protector.

Como si estuviera diciendo sin palabras:

-“Ya estás aquí. Ya no tienes que marcharte sola a ninguna parte.”