Los años dormidos CAPÍTULO II
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CAPÍTULO II

Y entonces apareció David. No entró de golpe, se quedó en el umbral, como si el aire dentro de la habitación pesara distinto al de fuera. Llevaba la chaqueta aun puesta, sin desabrochar del todo, y la mirada fija… no en Harrison, sino en ella.

-Sira, Maggie, su Maggie.

Durante unos segundos nadie habló.

-¿Maggie?- dijo por fin.

Su voz no era fuerte. Era casi un hilo.

Ella se levantó despacio. Como si cada músculo tuviera memoria del pasado y le costará obedecer el presente.

-Hola- respondió.

Solo eso.

David parpadeó, como si esa palabra no encajara con todo lo que había vivido desde hacía años.

-No…- negó suavemente, sin agresividad- No puede ser.

Sira bajó la mirada un instante, pero no retrocedió.

-Sí puede.

El silencio que siguió fue distinto a todos los anteriores. No era de incredulidad ni de tensión. Era de reconocimiento.

David dio un paso más y se detuvo a apenas unos metros.

-¿Dónde has estado todo este tiempo?-preguntó, y la pregunta no sonó como reproche… sino como algo más cercano a una herida abierta.

Harrison, desde su silla, no intervino. Solo observaba, como si supiera que cualquier palabra sobrara.

Sira respiró hondo.

-He estado viviendo en España desde que tenía tres años. Mis padres han muerto y he encontrado esto en la caja fuerte -Y Harrison le pasó el certificado de nacimiento.

David Allen.

David cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió estaban llenos de algo que no terminaba de decidir si era alivio o dolor.

Había imaginado aquél momento miles de veces durante veintidós años. Había soñado con encontrar a Maggie en una estación, en una carretera, en un hospital, muerta o incluso en una llamada de teléfono imposible que le dijera que estaba vivía.

Pero jamás había imaginado encontrarla así.

Frente a él. Tuvo que sentarse. Las piernas le flaquearon.

Sentada frente a él, sin dejar de mirarla.

Adulta.

Con el cabello castaño claro y el pelo por los hombros y los mismos ojos verdes de un lago transparentes que recordaba de niña, grandes de largas pestañas y nariz chiquita.

-Dios mío- susurró.

Sira sintió un nudo en la garganta.

Aquél hombre era un desconocido.

Y, al mismo tiempo, algo dentro de ella le decía que no lo era.

Harrison observó en silencio la escena antes de intervenir.

David siéntate bien hombre.

El ranchero de medio lado en la silla, obedeció sin apartar la mirada de la joven.

-¿Eres…Maggie?

La pregunta quedo suspendida en el aire.

-No lo sé.

La sinceridad de la respuesta hizo que David tragara saliva.

-Me llamo Sira Moreno Herrera. Al menos eso creí toda mi vida.

Harrison asintió.

-Cuéntale lo que me has contado.

Sira respiró hondo.

-Mis padres murieron hace dos meses mi madre Cecilia, de cáncer de páncreas y cuatro, casi cinco años, mi padre Joaquín de un infarto.

Nunca supe que era adoptada, nunca me faltó de nada, ellos eran digamos ricos, una gran casa, un gran bufete de abogados.

Yo lo llevé al final un par de años con mi madre. Soy abogada.

Y cuando ha muerto mi madre encontré eso en un sobre en la caja fuerte. Y tenía que venir.

La voz empezaba a temblarle.

-Nunca jamás me dijeron nada y solo había dos certificados de nacimiento, uno con mi verdadero nombre y otro con este. Y sé que vivíamos en Madrid hasta que yo tuve tres años y nos cambiamos a Sevilla.

Respiró hondo.

-Fueron muy buenos padres. Nunca me faltó cariño, ni educación, nada.

David bajó la cabeza.

Aquello era lo más difícil de escuchar.

Porque significaba que quienes se habían llevado a su hija la habían criado como propia.

-Entonces no entiendo nada- continuó ella. – No sé si me secuestraron, si me vendieron, si ellos me compraron, si alguien me entregó. No sé qué pasó y ahora no pueden responderme. Lo más duro es que al dejar esto sabían que iba a descubrir algo que no podían decirme.

Las lágrimas aparecieron en sus ojos.

Harrison habló con calma.

-La prueba de ADN aclarará la parte biológica.

-Sí- dijo Sira. Estoy dispuesta a hacérmela, por eso he venido. Si es negativa me iré y seguiré con mi vida.

David se secó una lágrima.

-Cuando desapareciste… cuando Maggie desapareció… tenías tres años.

Ella levantó la mirada.

-Lo sé, he leído todo lo que encontré. Y lo que me resulta raro es que cambiáramos de ciudad, lejos a mis tres años.

-Te buscamos durante años.

Su voz se quebró.

-Años.

Sira observó el dolor sincero de aquél hombre.

Un dolor que no parecía fingido.

Un dolor que llevaba demasiado tiempo viviendo dentro de él.

-Lo sé. Pero qué podía hacer yo, ajena a todo esto.

David soltó una pequeña risa triste.

-Tu madre sigue dejando flores cada cumpleaños.

La joven sintió un escalofrío.

-¿Después de veintidós años?

-Nunca dejó de creer.

Sira tuvo que apartar la mirada. Porque de pronto aquella historia ya no era un artículo de un periódico.

Era una familia.

Una madre.

Un padre.

Dos hermanos gemelos adoptivos que ni siquiera sabían que aparecería.

Y una niña perdida.

Harrison levantó la cabeza.

-Voy a ordenar una prueba urgente de ADN. Con un poco de suerte tendremos los resultados en unos días.

David asintió pero no apartó la mirada de ella. Como si tuviese miedo de que desapareciera otra vez.

Finalmente habló.

-No voy a pedirte que me llames papá.

Sira levantó la vista.

-Ni voy -a pedirte nada.

La emoción endurecía su voz.

Ella permaneció en silencio unos segundos.

Solo quiero conocerte.

-Yo también quiero conocer la verdad.

Al salir de comisaría, Harrison acompañó a David hasta la puerta.

-No hagas nada precipitado.

David se pasó una mano sobre el rostro.

-¿Cómo no voy a hacerlo?

-Porque aún no tenemos el ADN.

David miró hacía donde Sira esperaba junto a su coche de alquiler.

-Es ella.

-Quizá sí, quizá no. Pero necesitas estar preparado para ambas cosas.

David no respondió.

Cuando se acercó a la joven, ella pareció haber tomado una decisión.

-Voy a quedarme en Austin unos días. Me alojo en este hotel- y les dio unas tarjetas.

-Podrías venir al rancho.

-¿Tienes un Rancho?

-Sí, a trece millas. Tenemos caballos, allí viven Luca y Jeremy y tu madre Hellen.

Sira negó con la cabeza.

-No.

-Sira…

-Todavía no.

David guardó silencio.

-No quiero causar más dolor a nadie si no soy Maggie.

-No lo causarías.

-Lo causaría si no lo soy.

Aquello lo frenó.

-Tus hijos, tu esposa… todos volverán a revivir algo que llevan muchos años sufriendo.

-David comprendió que estaba pensando en ellos antes que en sí misma.

-Prefiero esperar.

-¿En el hotel?

-Sí

-¿Y qué harás mientras tanto?

-Turismo. Me hace falta respirar.

David soltó una breve carcajada.

-No es el mejor plan turístico del mundo.

-He cruzado medio planeta para llegar aquí. Creo que puedo dedicar unos días a pasear.

…

Aquella noche, ya en el rancho, David reunió a los gemelos ya Hellen en el porche después de cenar. Siempre tomaban un café, pero ese café sería diferente.

El sol se ocultaba entre los pastos.

Los tres supieron inmediatamente que algo había ocurrido.

-¿Papá qué pasa?- preguntó Jeremy.

David permaneció en silencio.

Hellen se alarmó.

-David…

Él la miró.

Y después de veintidós años pronunciando aquel nombre únicamente en aniversarios y noche difíciles, dijo:

-Ha aparecido una joven en Austin.

El mundo pareció detenerse.

-¿Qué joven?- susurró su mujer.

-Una española, del sur.

Las manos de Hellen comenzaron a temblar.

-David…

-Cree que podría ser Maggie.

El silencio fue absoluto.

Nadie respiró.

Nadie habló.

Hasta que Hellen se llevó una mano a la boca y lloró.

-No… no me hagas esto… ¿Dónde está ahora?

-En un hotel de Austin.

-¿Quiere vernos?

-Aún no. Ha pedido una prueba de ADN. No quiere hacernos sufrir más de lo que hemos sufrido.

Los gemelos se quedaron en silencio.

Era lo más sensato.

Lo único sensato.

Porque pensaron por un segundo en que viendo así a su padres, podría ser una cazafortunas.

-Y si estáis pensando en dinero. Tiene, es abogada y tiene un bufete reconocido, suyo- les contó todo.

Hellen bajó la mirada al suelo del porche.

-Tiene miedo.

-Mucho. Es tan bonita Hellen…

-Por qué tiene miedo?

-Porque si no es nuestra habrá removido una herida abierta. Y no quiere hacernos daño. No ha querido venirse al rancho.

Hellen se secó una lágrima que había aparecido sin darse cuenta.

-¿Y cuando sabremos algo?

-En unos días.

La mujer miro a los campos que se extendían frente al rancho.

Años esperando.

Años esperando una respuesta.

Y ahora que quizá estaba cerca, sentía más miedo que nunca.

-Entonces esperaremos.

Todos pensaron exactamente lo mismo, por que ¿Qué pasaría si Maggie había encontrado por fin el camino de vuelta a casa?